Amelia
Apenas vi al desconocido salir de las sombras, algo en mi espalda se erizó. Pero no de miedo. De presentimiento. Era alto.
Demasiado. Vestía un abrigo oscuro, elegante, como si viniera de un mundo distinto al de este callejón húmedo. Su postura era relajada, casi perezosa pero los ojos no.
Sus ojos eran fríos. Metálicos. Como si estuvieran hechos para analizar, no para sentir. Y cuando esos ojos se posaron en Alexander algo en él se quebró. Alexander dio un paso hacia atrás. Minúsculo. Pero lo vi. Lo sentí. Lo conocía. Ese gesto era miedo disfrazado de rabia.
—¿Qué hacés acá? —escupió Alexander, con una voz ronca que intentaba sonar firme.
El hombre sonrió. Una sonrisa lenta.
Cruel. Condescendiente.
—Tranquilo, hermano —dijo— No vine a terminar lo que dejé inconcluso.
Hermano. Esa palabra me atravesó como un metal helado. Alexander inhaló hondo.
—No te atrevas a llamarme así —dijo él, con el tono más oscuro que le había escuchado jamás.
El desconocido ladeó la cabeza, divertido.
—¿Por qué? ¿Te duele la conciencia? ¿O te duele la verdad?
Me aferré al brazo de Alexander sin pensarlo. Él se tensó.
El hombre , el hermano, desvió los ojos hacia mi mano aferrada al cuerpo de Alexander. Y sonrió con un interés desagradable.
—Ah, con que esta es la famosa Amelia.
Mi corazón frenó un segundo.
—No la nombres —gruñó Alexander.
El hombre levantó las cejas.
—Me llamo Adriel —dijo, mirándome fijamente— Aunque dudo que Alex te haya hablado de mí.
No. No lo había hecho. Y ahora entendía por qué. Adriel tenía una belleza cruel. Oscura.
Seductora en un sentido enfermizo. La clase de belleza que no enamora. La clase que destruye. Pero había algo peor:
Tenía la misma estructura facial que Alexander. La misma sombra en los pómulos. La misma mandíbula marcada. Solo que donde Alexander tenía tormenta Adriel tenía vacío. Un vacío peligroso. Antes de que pudiera pensar, Adriel dio un paso hacia nosotros.
Alexander reaccionó como si hubiese visto una serpiente. Me empujó detrás de él. Su cuerpo se volvió una barrera. Un muro. Un escudo.
—No la mires —gruñó, casi animal.
Adriel entrecerró los ojos.
—¿Desde cuándo necesitás proteger a alguien?
Alexander no respondió. Su silencio fue peor que cualquier palabra. Adriel apoyó una mano en su propio pecho, fingiendo sorpresa.
—Ah, ya entendí. Te enamoraste.
Alexander tensó la mandíbula.
—Adriel. Andate. Ahora.
Pero Adriel solo dio otro paso adelante. Se movía como si no hubiera gravedad en sus movimientos. Como si estuviera acostumbrado a cruzar límites que otros jamás tocarían.
—¿Sabés qué es lo gracioso, Alex? —dijo él, inclinando un poco la cabeza— Vos siempre fuiste el más frío el más calculador el más peligroso.
Se acercó un poco más.
—Pero mírate ahora… —sonrió— Roto. Borracho. Y temblando por una mujer.
Sentí la respiración de Alexander cambiar. Se quebraba. Se quebraba de verdad.
—No sabes nada —murmuró Alexander, con un tono más apagado que enojado.
Adriel chasqueó la lengua.
—Sé más de lo que vos querés admitir.
Y entonces me miró a mí directamente. Y dijo:
—¿Te contó, Amelia, lo que hizo para escapar de mí?
Sentí a Alexander endurecerse. Quise interponerme. Quise defenderlo. Quise decir algo. Pero Adriel no me dio tiempo.
—Él no huyó de su familia por rebeldía —continuó— Ni por culpa. Ni por orgullo. Ni por los muertos que acumula. No, no, no…
Se acercó otro paso. Alexander estaba a punto de estallar. Lo sabía.
—Se fue porque yo lo despedacé. Lo rompí.
Lo dejé sin alma. Lo dejé sin nombre. Lo dejé sin futuro. Y él…..él corrió como un perro herido.
—CALLATE —rugió Alexander.
Nunca lo había escuchado rugir así. Nunca.
Ni siquiera esa noche en que se quebró frente a mí. Adriel sonrió. Una sonrisa enferma.
—Ah. Entonces sí se acuerda.
Alexander apretó los puños. Su respiración era una mezcla de furia y dolor. Una furia que no terminaba de nacer. Un dolor que no terminaba de morir.
—Te juro que si das un paso más....
—¿Qué vas a hacer? —Adriel lo interrumpió, acercando la cara a la suya— ¿Romperme otra vez? ¿Matarme? ¿O llorar como hiciste hace unos minutos?
El golpe que produjo Alexander no fue un puñetazo. Fue un quiebre. Un sonido sordo.
Un impacto visceral. Un estallido emocional. Adriel retrocedió dos pasos, riéndose.
—Ahí está —susurró él, tocándose el labio sangrado— El Alexander que extrañaba.
Amelia ya estaba llorando. Pero no de miedo. De impotencia. De dolor. Por ver a Alexander así. Atrapado en su peor sombra.
Atado a un pasado que él nunca superó. Alexander respiraba como si estuviera ahogándose.
—No la vas a tocar —dijo, esta vez con la voz quebrada— No la vas a destruir como me destruiste a mí.
Adriel se limpió la sangre con el pulgar. Y su sonrisa se volvió más oscura.
—No necesito tocarla, Alex. Ella sola va a destruirte. Como estás ahora solo hace falta que respire mal para desarmarte.
Alexander tembló. Tembló de verdad. Entonces lo supe: No era miedo físico. Era trauma. Dolor viejo. Heridas sin cicatrizar. Adriel dio un último paso atrás. Y dijo algo que heló la sangre en mis venas:
—Nos veremos pronto, hermano. Vos no podés huir de mí. No esta vez. Y mucho menos si arrastrás a alguien conmigo.
Se dio vuelta. Caminó hacia la oscuridad. No se apuró. Sabía que Alexander estaba demasiado roto para seguirlo. Alexander cayó de rodillas. Literalmente. Como si el cuerpo le hubiera dicho que ya no podía sostenerse. Me lancé hacia él. Lo abracé. Él temblaba. Temblaba como un niño enfermo.
Como un hombre destruido. Como alguien que acababa de ver a su peor demonio
materializado.
—Amelia… —susurró, hundiendo el rostro en mi cuello— No lo escuches. No escuches nada de lo que dice.