Alexander
Nunca pensé que llegaría este momento. Yo, arrodillado en el piso, temblando como si mi cuerpo ya no fuera mío, con la respiración entrecortada y Amelia entre mis brazos
dándome una fuerza que no merecía. Tuve que cerrar los ojos para poder hablar. No quería mirarla cuando dijera esto. Pero Amelia, como siempre, hizo exactamente lo contrario de lo que yo esperaba.
Me tomó la cara entre sus manos, suave, firme, obligándome a verla. Sus ojos estaban brillosos, pero no por miedo. Por mí.
—Alex — susurró — Decímelo todo. No quiero sombras entre nosotros.
Mi garganta ardió. Quise mirar al piso. Ella no me dejó. Mi voz salió quebrada, como si cada palabra sangrara.
—Él… Adriel… —tragué saliva— es mi hermano menor.
Amelia parpadeó. Yo seguí.
—No de sangre. Pero eso no importa. Crecimos juntos. Nuestros padres nos criaron como hermanos. Dormimos en la misma casa. Comimos en la misma mesa. Aprendimos a pelear, a negociar, a destruir juntos.
Respiré hondo. Un hondo lleno de dolor.
—Pero Adriel siempre quiso ser yo.
Amelia frunció el ceño con tristeza.
—No — susurró.
—Sí — murmuré, con una sonrisa amarga— Desde que tiene memoria. Él no veía un hermano en mí. Veía un objetivo. Algo a lo que superar. A lo que aplastar. A lo que destruir.
Apreté los puños. El recuerdo dolió más que los golpes de la noche.
—Me envidiaba. Por mis logros. Por las mujeres. Por el poder que la familia me dio a mí y no a él. Por mi capacidad de sentir.
Sí, Amelia — mi voz tembló — incluso me envidiaba por mi sensibilidad. Por lo que él nunca tuvo.
Ella acarició mi mejilla. Hice un esfuerzo por continuar.
—Quererlo fue el peor error de mi vida. Porque Adriel no sabe amar. Solo sabe poseer. Y cuando no logra poseer algo,
lo rompe.
Amelia cerró los ojos con dolor. Pero no se apartó.
—Hubo una noche —continué, sintiendo que la garganta se me cerraba — en la que él decidió probar hasta dónde podía quebrarme. Y lo hizo. Me dejó sin nada. Sin identidad. Sin orgullo. Sin alma.
Mi voz se quebró en seco.
—Yo no huí por valentía, Amelia. Húi porque si me quedaba él iba a matarme. Y yo lo sabía..Y él también.
Ella tembló..Yo también. Volví a apoyar mi frente contra la suya.
—Por eso no quería que te acercaras a él. Por eso casi me puse de rodillas hoy. Por eso perdí la cabeza. No quería que te tocara.
No quería que te mirara. No quería que respirara tu nombre.
Amelia tragó con dificultad. Me abrazó con una delicadeza que me rompió por dentro.
—Alexander —susurró— No sabía que llevabas todo eso encima.
Mis ojos se cerraron. Otra lágrima cayó.
—No sé si sé amar, Amelia —murmuré, confesando la única verdad que siempre me aterraba— Pero lo que siento por vos me quiebra. Me vuelve débil. Me vuelve humano.
Me vuelve vulnerable. Y eso, para un hombre como yo, es mortal.
Amelia me tomó la cara entre las manos. Me obligó a mirarla a los ojos. Y dijo algo que deshizo cada grieta que tenía en el pecho:
—No quiero que seas fuerte conmigo Quiero que seas vos. Herido. Confuso. Oscuro. Temeroso. Real.
Mi pecho se apretó con violencia. Ella continuó:
—No quiero amarte por encima de tus sombras. Quiero amarte dentro de ellas.
Mi respiración casi falló. Suavemente, Amelia llevó mis manos hasta su pecho, colocándolas sobre su corazón.
—Escuchá —susurró— Es tuyo. Mi corazón es tuyo. Este ritmo es tuyo. Mi amor es tuyo.
Yo cerré los ojos. Y lloré. Lloré de una forma silenciosa, profunda, dolorosa. No por debilidad. Por alivio. Por primera vez en años alguien me estaba sosteniendo. No por lo que podía dar. No por lo que podía imponer.
No por el poder, el fuego, la sombra. Por mí.
Por Alexander. Solo Alexander.
AmeliaLo limpié con cuidado. Cada corte. Cada mancha. Cada rastro de alcohol. Cada herida que él intentaba ocultar con su silencio.
Alexander temblaba bajo mis manos. No de miedo. De entrega. Me arrodillé frente a él en el piso del baño. Tomé una toalla humedecida. Limpié su labio partido. Su mandíbula marcada. Las gotas de sudor en su cuello. La sangre seca en sus nudillos.
Cada vez que mi mano tocaba su piel, él cerraba los ojos, como si el mundo por fin se calmara.
—No te merezco —susurró.
Negué despacio.
—No tenés que merecerme —dije— Tenés que dejarte sanar.
Él tragó saliva.
—No sé cómo se hace eso.
Le levanté la cara suavemente, obligándolo a mirarme.
—Yo te voy a enseñar.
Lo vi quebrarse de nuevo. Un quiebre hermoso. Humano. Vulnerable. Se inclinó hacia mí. Yo lo abracé. Su frente descansó en mi hombro. Sus manos se aferraron a mi cintura. Su respiración era un desborde contenido. Me quedé así, sosteniéndolo. Brindándole la paz que él jamás supo pedir. Y entonces, sin buscarlo, sin forzarlo, sin pensarlo….Él levantó el rostro. Me miró con un amor tan dolido que me costó respirar.
Apoyó su mano en mi mejilla. Su pulgar recorrió la piel con una ternura que jamás había usado. Ni siquiera en sus mejores días.
—Amelia —susurró, con la voz quebrada—
Sos la única luz que no puedo apagar.
Le tomé la mano. La puse sobre mi corazón.
—Y vos sos la única oscuridad donde yo quiero entrar.
Él exhaló un suspiro que sonó a renuncia, a alivio, a rendición. Y, por fin….Nos abrazamos. No como dos personas rotas.
Como dos mitades que entendieron que podían reconstruirse juntas. Sin prisa. Sin presión. Solo amor. Un amor intenso..Real. Doloroso. Oscuro. Pero hermoso. El tipo de amor que marca. Que cura. Que quema. Que salva. El tipo de amor que Alexander nunca creyó posible. Hasta ahora.