Dueño De Mi Silencio

La noche que nos devolvió el alma

Amelia

La habitación estaba en penumbra. Apenas la luz tenue de la lámpara tocaba el borde de la cama, como si incluso la electricidad sintiera respeto por la fragilidad del momento. Alexander estaba sentado al borde del colchón, con la espalda inclinada, los codos apoyados en las rodillas, la cabeza agachada. Los músculos tensos. El pecho subiendo y bajando con respiraciones largas, deliberadas, como si cada inhalación fuera una batalla ganada.

Me acerqué despacio. No quería asustarlo.
No quería presionarlo. No quería intervenir en un proceso que parecía tan íntimo, tan necesario. Pero él me escuchó. Levantó la mirada. Y ahí estaban sus ojos:

Oscuros.
Cansados.
Partidos.

Pero vivos. Vivos porque yo estaba ahí. Y él lo sabía. Me senté a su lado. No dijimos nada. No hacía falta. Él se inclinó apenas, como si buscara un permiso silencioso. Lo entendí.

Puse mi mano sobre la suya. Sus dedos se cerraron con desesperación, como si tocarme fuera la única forma que tenía de no desaparecer.

—No voy a ningún lado —susurré.

Sus párpados temblaron. Y entonces él hizo lo que nunca pensé que haría: apoyó la cabeza en mi regazo. Como un hombre exhausto. Como un niño perdido. Como alguien que necesitaba un refugio y por fin lo encontraba. Mis dedos se deslizaron por su cabello. Desordenado. Suave. Cálido.

Él exhaló un suspiro que me perforó el pecho. Un suspiro que contenía años de dolor comprimido.

—Amelia— murmuró, con una voz tan suave que casi no existía— ¿Por qué… por qué te quedaste?

Sonreí apenas.

—Porque alguien tiene que cuidar del hombre más difícil de amar del mundo.

Él soltó una risa ahogada. Una risa triste.
Hermosa. Real.

—Te voy a romper —dijo, sin fuerza, sin convicción, como quien recita un guion antiguo.

—Ya estoy rota —respondí— Pero vos sos la única grieta que vale la pena.

Sus dedos aferraron mi muñeca.

—No me digas eso —susurró— No sé qué hacer con tanta… con tanta ternura.

Bajé mi mano y acaricié su mejilla.

—No tenés que hacer nada —dije— Solo dejame estar. Acá. Con vos.

Él cerró los ojos. Una lágrima escapó al borde de sus pestañas, silenciosa, terca, inevitable. Nunca imaginé que un hombre tan fuerte podía llorar así. Con tanta delicadeza. Con tanta vulnerabilidad.

—Siempre pensé —dijo él, con el rostro aún apoyado en mi pierna — que nadie iba a quedarse si me veía así.

—Te equivocaste.

Mi pulgar recorrió la línea de su mandíbula.
Él se estremeció. Pero no de miedo. De alivio.

Alexander

Yo no sabía que existía este tipo de paz. No la paz silenciosa. Ni la calma falsa. Ni el vacío después de la tormenta. Era otra cosa.

Una paz con piel. Con perfume. Con latido. Una paz llamada Amelia. Cada vez que su mano pasaba por mi cabello, algo que creí muerto en mí parecía despertar. Una tibieza desconocida. Un sentimiento suave que no tenía nombre.

Me incorporé lentamente, sin separarme de ella. La tomé de la cintura y la atraje hacia mí. Ella me dejó. Me quedé con la frente apoyada en su clavícula. Amelia pasó los brazos alrededor de mis hombros. Me abrazó. De verdad. De una forma que dolía y curaba al mismo tiempo.

—Tengo miedo —confesé, sin levantar la cabeza.

Ella apoyó la mejilla sobre mi cabello.

—Yo también —susurró.

Miedo de Adriel. Miedo de mi pasado. Miedo de mí mismo. Pero sobre todo…

—Tengo miedo de amarte más que a mi propia vida —dije.

Ella me apretó fuerte.

—Entonces dejá que yo te enseñe a hacerlo sin destruirte —respondió.

Algo se rompió dentro de mí. Pero esta vez no era dolor. Era alivio. Alcé la mirada. Ella estaba ahí, mirándome como si yo no fuera una ruina, sino un milagro. Me acerqué despacio. Muy despacio. Y apoyé mi frente contra la suya.

No la besé.
No la tomé.
No le exigí nada.

Solo me quedé ahí. Respirando su aire.
Sintiendo su calor. Entendiendo, por primera vez, lo que era ser amado sin condiciones. Amelia deslizó sus dedos por mis mejillas.
Secó la última lágrima que quedaba.

—Vos merecés esto —susurró— Paz. Cariño.
Una noche sin tormenta.

Tragué saliva. Me tembló la voz.

—¿Puedo quedarme así?

Ella sonrió.

—Todo lo que necesites.

Me recosté a su lado. Ella se acomodó en mi pecho. Nuestras respiraciones se sincronizaron sin intentarlo. La abracé. No con posesión. No con desesperación. Con amor.

Amor real. Profundo. Doloroso. Sanador. Ella se quedó dormida primero. Yo la miré por un largo rato. Esa noche fue la primera en la que entendí algo que nunca había creído posible: Amelia no vino a salvarme. Vino a devolverme a mí mismo. Y yo estaba empezando a permitírmelo.




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