Amelia
El sol apenas se filtraba por la ventana cuando abrí los ojos. Lo primero que sentí fue su respiración en mi cuello. Después, la forma en que su mano descansaba sobre mi cintura, firme, protectora casi desesperada.
Como si temiera que yo desapareciera al mínimo movimiento. Mi corazón dio un salto extraño. No quise moverme. Quería grabar ese instante. Guardar la sensación de su pecho contra mi espalda. La calidez de sus labios rozando mi piel dormida.
Entonces escuché su voz, baja, ronca, peligrosa por lo sincera:
—Pensé que te había soñado.
Sonreí, sin girar.
—¿Y eso sería malo?
Él apoyó la frente en mi hombro. Después deslizó sus labios lentamente por la curva de mi cuello.
—Sería cruel —susurró contra mi piel —
Porque un sueño no puede devolverte la vida.
Me giré apenas para verlo. Alexander estaba despierto, más despierto que nunca: ojos oscuros, cabello desordenado, la marca de la almohada en la mejilla y una intensidad en la mirada que me dejó sin aire. Pasó su mano por mi rostro con una suavidad que contrastaba con su pasado, con su dureza, con su historia.
—No entiendo cómo llegaste a mí —dijo, casi en un susurro— A este monstruo.
Tomé su mano. La acerqué a mis labios..La besé despacio.
—No sos un monstruo, Alexander.
Él rió, sin humor..Una risa rota.
—Amelia — sus ojos se clavaron en los míos— Vos no tenés idea de lo que soy capaz de hacer cuando amo demasiado.
Su confesión me recorrió como un escalofrío. Oscuro. Doloroso. Real. Me acerqué más, rozando apenas su boca.
—Entonces hacelo bien —susurré— Hacelo conmigo.
Alexander inspiró hondo. Su mano se deslizó por mi cintura hasta mi espalda, empujándome hacia él con una necesidad que ardía.
—Te juro que intento ser suave —dijo con voz baja— pero vos me incendias.
Y me besó. No un beso dulce. No un beso tímido. Un beso que sabía a deseo contenido, a noches de insomnio, a miedo y valentía mezclados, a amor enfermo y tierno al mismo tiempo. Me tumbó despacio sobre la cama, sin romper el contacto, sin apurar nada, pero con una intensidad que me quemaba la piel. Sus labios bajaron por mi cuello. Mi respiración se volvió irregular.
—Así — murmuró entre besos— Quiero escucharte así toda la vida.
Sus manos exploraban mi cuerpo como si fueran sus ojos. Como si necesitara memorizar cada centímetro para sobrevivir. Me tomó la cara con ambas manos y apoyó su frente en la mía.
—No sé qué me hiciste —susurró, con los labios rozándome— Pero no puedo dejarte.
—No quiero que me dejes.
Alexander cerró los ojos, como si mis palabras fueran más de lo que podía soportar.
—Amelia — dijo en un murmullo quebrado—
Si te pierdo, me muero.
Lo abracé. Fuerte. Desesperada. Profunda. Y él respondió igual, como si mi abrazo fuera su única certeza.
AlexanderElla es mi ruina. Y mi salvación. No hay punto medio. Su cuerpo temblando contra el mío sus manos aferrándose a mi espalda su respiración quebrada cuando mi boca roza su piel….Es demasiado.
Demasiado para un hombre que nunca recibió amor. Demasiado para alguien acostumbrado a la soledad. Demasiado para una criatura rota que solo sabe destruir. Pero ella…
Ella es la única que me vuelve humano. Me incliné sobre ella, sin prisa, sin violencia, sin ese impulso oscuro que siempre me dominó.
Esta vez era distinto. Profundo. Íntimo.
Doloroso de lo real que era.
—Decime que no me vas a dejar —pedí, sin vergüenza, sin máscara, sin fuerza.
Ella me tomó el rostro entre las manos.
—No te voy a dejar —susurró— Ni aunque quieras empujarme.
Me tembló la respiración.
—No sos consciente de lo que prometés —dije, rozando sus labios— Amar a alguien como yo te va a destruir.
—Entonces destruyámonos juntos —respondió ella.
Y ahí perdí. Completamente. La besé con toda la desesperación que llevaba años tragando. La besé como si fuera mi primer y último oxígeno. La besé con esa intensidad salvaje que siempre quise esconder. Ella se entregó. Sin miedo. Sin dudas. Sin reservas.
Mi boca recorrió su cuello, su clavícula, el borde de su hombro. Su piel se arqueó bajo mi contacto. Y yo sentí algo que me quebró en mil piezas: Pertenencia. No la posesión oscura que siempre tuve. Sino esa pertenencia suave, cálida esa que duele porque es real.
Amelia me rodeó con las piernas. Me atrajo más. Me atrapó. Gemí contra su cuello.
—Amelia… —susurré, perdiendo la respiración— Por favor no me sueltes.
—Nunca —respondió.
Y la mañana se volvió un ritual. Un renacer.
Un incendio. Una oración que ninguno sabía rezar. No hubo nada explícito. Pero hubo todo lo demás. Piel contra piel. Bocas buscando aire entre besos. Respiraciones temblando. Corazones al borde de explotar.
Dedos marcando un territorio emocional que ya era mutuo. Suspiros que sonaban a vida y muerte al mismo tiempo. Y al final…
Cuando ya no quedaba más que silencio y nuestros cuerpos entrelazados Amelia apoyó su rostro en mi pecho. Yo la abracé por la cintura. La quise cubrir entera.
Protegerla de mí, del mundo, de todo.
—Te amo —dije sin pensarlo.
Ella levantó la cabeza. Sus ojos tenían el brillo más hermoso que había visto en mi vida.
—Y yo a vos —susurró.
Sentí algo en mi pecho. Algo que no sabía cómo manejar. Dolor. Felicidad. Pánico.
Redención. Todo junto. La abracé más fuerte. Y, por primera vez en mi vida me permití creer que tal vez, solo tal vez, el amor también podía salvar. Pero antes de que pudiera disfrutar esa idea un sonido en la puerta interrumpió la calma.
Un golpe seco. Frío. Puntual. Alexander se tensó. Yo también. La voz que llegó del otro lado hizo que la sangre se me helara en las venas.
—Hermano… —dijo Adriel, con un tono casi dulce— ¿Te desperté?