Dueño De Mi Silencio

Si vas a tocar lo que amo te desangro

Alexander

La foto todavía ardía en mi mano. Amelia estaba detrás de mí, con mi camisa puesta, con esa inocencia que me partía el alma y esa fragilidad que me hacía capaz de quemar la ciudad entera solo para protegerla.

—¿Qué significa eso? —preguntó con un hilo de voz.

No podía decirlo. No sin que mi voz se rompiera en pedazos. Solo le tomé la mano.

Firme.
Brusco.
Protector.

—Amelia vestite. Nos vamos.

Ella abrió los ojos, confundida.

—¿Irnos? ¿A dónde?

Mi mandíbula tembló. No quería que ella me viera así: dominado por un pánico primitivo, por un instinto de posesión que dolía.

—No voy a discutirlo —dije— Hacelo.

Ella entendió. Corrió a la habitación. Me quedé solo en el living, con la foto en la mano. La miré otra vez. Esa imagen…

Amelia durmiendo en mi cama. Mi cuerpo rodeando el suyo. Sus labios apenas entreabiertos. Su cuello expuesto. La luz del amanecer sobre su piel. Y un lente observando desde la oscuridad. Mi sangre hirvió. No de miedo. De odio. De un odio tan profundo, tan antiguo, tan mío, que me costaba respirar. Golpearon la puerta. Esta vez no era el guardia. Esa energía, ese silencio, ese perfume casi imperceptible. Mi corazón lo reconoció antes que mi mente. Abrí la puerta sin pensarlo. Y ahí estaba.

Adriel. El hijo favorito del infierno.

—Hermano —sonrió— Hermosa mañana para hablar de límites, ¿no te parece?

No lo dejé terminar. Lo estampé contra la pared del pasillo con una fuerza que no había sentido desde que era adolescente.

—La miraste mientras dormía —gruñí, con los dientes apretados— La fotografiaste. Entraste cerca de mi casa..¿Querés guerra? Te la voy a dar.

Adriel rió. Se rió en mi cara como si mi furia fuera un espectáculo.

—Alexander, Alexander —dijo— Vos siempre tan emocional cuando se trata de la mujer equivocada.

Toda mi visión se volvió roja. Lo tomé por la garganta. Lo levanté del suelo.

—Decí eso de nuevo —susurré, con la voz llena de una calma tan fría que incluso él se quedó quieto.

Sus ojos se entrecerraron..Como si disfrutara la amenaza.

—La mujer equivocada —repitió— Porque cada vez que amás, destruís.

Apreté su cuello. Un segundo más….Un solo segundo y lo mataba. Pero Amelia salió de la habitación en ese momento.

—¡Alexander, basta!

Su voz me atravesó el pecho. La solté. Adriel cayó al suelo, tosiendo apenas.nPero su sonrisansu sonrisa era la de un hombre que había ganado otra pieza del tablero.

—Ella no merece esto —dijo, limpiándose el cuello—nNinguna mujer merece amarte.

—Te voy a matar —susurré.

—No antes de que pierdas todo —respondió él, levantándose lentamente— Ese es el orden correcto. Primero te rompo. Después te entierro.

Y se fue. Así, como si nada. Como si no acabara de amenazar todo lo que yo amaba.

Amelia

Alexander me tomó del brazo en cuanto Adriel desapareció por el ascensor.

—No te suelto más —dijo con una voz que nunca le había escuchado— Ni un segundo.
Vestite. Vamos.

Me vestí temblando. No por miedo a Adriel.
Sino por lo que acababa de ver en Alexander.

Esa furia.
Ese dolor.

Ese pasado que yo todavía no terminaba de entender. Cuando salimos, él ya tenía el auto listo..Me abrió la puerta..No habló en todo el trayecto..Sus manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos.

—¿A dónde vamos? —pregunté.

—A un lugar donde él no pueda tocarte.

—¿Tu casa?

Negó con la cabeza.

—Mi casa es lo primero que investigaría.
No. Vamos a un sitio que ni siquiera Adriel conoce.

Lo miré de reojo.

—¿Existe un lugar que tu hermano no conozca?

—Sí —respondió, sin mirarme—.El único lugar donde él nunca logró entrar.

Lo dijo con un tono tan oscuro que no supe qué preguntar. Llegamos a las afueras de la ciudad..Una construcción de piedra, oculta entre árboles, rodeada de silencio y sombras. Cuando bajé del auto, algo me recorrió la espalda. No era miedo. Era intuición.

—Alexander ¿qué es este lugar?

Él me miró. Sus ojos estaban oscuros.
Hermosos. Devastados.

—Mi refugio —dijo— El único lugar donde aprendí a no convertirme en él.

Tragué saliva.

—¿Estuviste solo acá?

Asintió.

—Años. Enteros..Porque si me quedaba cerca de Adriel él iba a ganar.

Sus palabras me apretaron el corazón. Entramos. Una sola lámpara iluminaba la sala. Muebles sobrios. Libros. Silencio. Alexander se apoyó contra la pared y dejó caer la cabeza hacia atrás. No había visto jamás a un hombre tan fuerte lucir tan cansado. Me acerqué. Toqué su mano. Se tensó. Pero no se apartó.

—Amelia… —susurró, sin abrir los ojos— No quiero que tengas miedo de mí.

—No tengo miedo.

—Deberías.

—¿Por qué?

Abrió los ojos.

Negros. Llenos de tormenta.

—Porque si Adriel te toca… yo no voy a pensar. Voy a actuar.

Su voz esa voz baja y rota me estremeció de una forma que no debería. Lo abracé. Lo hice sin pedir permiso. Sin pensarlo. Como si mi cuerpo supiera antes que yo lo que él necesitaba. Alexander me envolvió en sus brazos. Me sostuvo con una fuerza desesperada. Como si hubiera esperado ese abrazo toda la vida.

—No voy a dejar que él te destruya —prometió— Te juro que no.

—Tampoco voy a dejar que él te destruya a vos.

Sus manos se cerraron en mi espalda.

—Amelia —susurró contra mi cuello — Yo ya estoy destruido.

Lo miré a los ojos.

—Entonces te voy a reconstruir.

Su respiración se cortó.

—No sabés lo que decís.

—Sí lo sé —respondí— Y no pienso soltarte.

Alexander bajó la cabeza. Sus labios rozaron los míos.

—No me digas eso —susurró, casi temblando— Porque si me lo decís, no voy a poder alejarme nunca más.

—Entonces no te alejes.

Fue un segundo. Un solo segundo. Antes de que él me tomara la cara con ambas manos y me besara con una intensidad que tenía sabor a vida y muerte. Un beso hambriento.
Profundo.nOscuro. Un beso que decías cosas que no estábamos listos para pronunciar. Lo abracé con todo mi cuerpo.
Él me levantó.nMe sostuvo contra la pared.
Sus manos temblaban. Las mías también.




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