Dueño De Mi Silencio

El bosque donde los hermanos se rompen

Alexander

El reflejo de aquella imagen proyectada en la pared del refugio todavía ardía en mis ojos.

Adriel estaba allí. Afuera. Observándonos.
Respirando la misma noche que yo. Riéndose de mí desde las sombras. Sentí cómo me subía la sangre a la cabeza. La ira.
La furia. El instinto. Ese instinto que yo había detenido durante años ahora rugía como un animal al que habían mantenido encadenado demasiado tiempo.

—Quedate acá —le dije a Amelia, sin mirarla porque si la miraba me rompía— No abras la puerta. No digas mi nombre. No llores. No salgas por nada del mundo.

—Alexander — su respiración se quebró.

No podía escucharla. No ahora. Cada sonido de su voz me debilitaba y, al mismo tiempo, me encendía más.

—Haceme caso —susurré, con un pulso que no era humano— Si él te ve no respondo por mí.

Y salí. Abrí la puerta del refugio con una violencia silenciosa. La noche me recibió como si me conociera desde siempre.
Porque así era..La oscuridad siempre había sido mi hogar. La seguí. La sensación. El rastro. La energía de Adriel, tan palpable como un perfume corrupto. Bajé los escalones de piedra. El bosque estaba quieto. Demasiado quieto. Como si la naturaleza misma contuviera el aliento.

Y entonces lo escuché. Aplausos suaves. Una burla lenta. Metódica. Cruel.

—Qué escena tan conmovedora, hermano.

Me giré. Adriel estaba a pocos metros.
Sentado sobre una roca. Iluminado por la luna. Parecía una pintura antigua de un ángel caído. Hermoso. Perfecto. Peligroso.

—Pensé que tardarías más en salir —dijo, cruzando una pierna sobre la otra.

No respondí. Me acerqué. Cada paso era una amenaza.

—Te dije que no te acercaras a ella —susurré, con un tono que me quemaba la garganta.

—Y yo te dije que vos no sabés amar sin destruir.

Mi respiración se cortó.

—Adriel —mi voz era un hilo tenso, a punto de quebrarse— Te lo voy a repetir una sola vez.

Él sonrió.

—Repetilo.

—Si la tocás —di un paso más, uno final, uno definitivo— te rompo.

Levantó las cejas.

—Ya me rompiste muchas veces, Alexander. ¿Qué es una más entre hermanos?

Mi puño se tensó. Estaba a un hilo de perderlo todo. Adriel lo vio. Y disfrutó cada segundo.

—¿Sabés por qué vine hasta acá realmente? —preguntó, bajando de la roca con elegancia— No fue para verla dormir. No fue para sacarte de tus casillas..Ni siquiera fue para provocarte.

—¿Entonces?

Se acercó. Demasiado.

—Vine para decirte que ella te va a destruir.

Mi respiración tembló. No de miedo. De furia.

—Amelia no…

—Sí —me interrumpió, inclinándose hacia mí— Porque todo lo que amás lo convertís en ruinas.

Lo tomé del cuello de la camisa. Lo empujé contra un árbol.

—¡Basta! —escapé, con una voz que no era mía—.¡No digas su nombre!

Adriel no se movió. No lo necesitaba. Me miró a los ojos y su sonrisa se volvió más oscura.

—¿Viste? Ahí está. El verdadero Alexander.
El que yo hice.

Apreté más. Adriel cerró los ojos un momento.

—Ese Alexander — susurró — es el que Amelia va a terminar amando. No a este que intentás ser.

Ese fue el golpe final. Ese comentario esa visión torcida esa ilusión venenosa. Rompió algo dentro de mí. Solté el árbol. Solté a Adriel. Pero no por piedad. Por una decisión más peligrosa: Iba a terminar esto ahora. De una vez.

—No vuelvas al refugio —dije, con una calma que me heló la propia piel.

—¿Y si sí vuelvo? —preguntó, ladeando la cabeza.

Me acerqué. Lo suficiente para que solo él escuchara.

—Te mato —susurré— Y esta vez no voy a dudar.

Adriel me observó un segundo. Sus ojos, por primera vez, mostraron una emoción distinta: Interés.

—Entonces el juego inició oficialmente —dijo, retrocediendo un paso.

—No es un juego.

—Para vos no —sonrió— Para mí, sí.

Y desapareció entre los árboles. No corrió.
No se escondió. Simplemente se fue, como si confiara en que yo lo seguiría igual. Pero no lo hice. Corrí hacia el refugio. Mi corazón gritaba una sola cosa:

Amelia.

Subí los escalones. Tomé la manija de la puerta. Abrí. Y la habitación estaba vacía.

Vacía. El mundo se detuvo.

—Amelia…

No respondió.

—Amelia.

Nada. La cama, intacta. La lámpara, encendida. La ventana abierta. Un viento helado entraba. Movía las cortinas como dedos invisibles. Y sobre el suelo un sobre negro. Con mi nombre. Temblando, lo levanté. Lo abrí. Adentro había una sola frase, escrita con la letra perfecta de mi hermano.

La encontré.




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