Alexander
El sobre temblaba entre mis dedos.
La encontré.
Esa frase quemaba. Me perforaba. Me llenaba el pecho de un vacío tan grande que no supe si iba a poder volver a respirar. Amelia. Mi Amelia. Mi única luz. Mi única absolución. Mi único punto débil. Se la llevó.
Mi visión se volvió oscura. Literalmente. Como si alguien hubiera bajado la intensidad del mundo. El corazón me latía tan rápido que parecía el tambor de una ejecución. No pensé. No respiré. No razoné. Mi cuerpo se movió solo. Corrí afuera del refugio, entre los árboles, gritando su nombre como si pudiera traerla de vuelta con la fuerza de mi voz.
—¡AMELIA!
El bosque me devolvió el eco..Un eco que sonaba como burla. Como despedida. Tropecé. Casi caigo. Me sostuve del tronco de un árbol. Mi respiración se desarmaba,
mi mente también. No pude salvarla. No pude. Otra vez alguien que amo se me escurre entre los dedos. Golpeé el árbol con el puño. Una. Dos. Tres veces. Hasta que la corteza se astilló. Hasta que me ardieron los nudillos. Hasta que sentí el hierro de mi propia sangre.
—No… no… no… —susurré entre dientes, con la voz rota— No te la vas a llevar de mí.
Miré hacia el cielo oscuro. Las estrellas parecían agujeros rotos en un manto negro.
—ADRIEL —rugí— ¡DÓNDE ESTÁ!
Silencio absoluto. Que dolía. Que quemaba. Que anunciaba que él estaba escuchando desde alguna parte, disfrutando cada segundo de mi desesperación. Respiré hondo. Temblé. Y algo se encendió dentro de mí. La parte que tanto temía. La parte que Amelia suavizaba con una caricia. La parte que había enterrado cuando intenté ser un hombre mejor.
Mi sombra. Mi origen. El Alexander que Adriel había construido. Ese Alexander despertó. Lentamente. Peligrosamente.
Como un depredador que recuerda su propio poder. Y cuando abrí los ojos ya no era el hombre que salió del refugio unos minutos atrás.
Era otra cosa. Algo que arrasa. Algo que destruye. Algo que ama con una intensidad tan salvaje que duele a quien la recibe. Me giré hacia el bosque..Mi voz salió baja, ardiente, mortal.
—Si le tocás un pelo te arranco el alma.
Amelia
Oscuridad. Eso fue lo primero. Oscuridad tibia..Con olor a tierra húmeda y perfume masculino. Mi cabeza pesaba. Intenté moverme, pero un mareo fuerte me vaivó el cuerpo.
—Despertaste rápido —dijo una voz suave, casi cariñosa, casi irónica— Se nota que no estás acostumbrada a mis métodos.
Abrí los ojos. La luz era tenue, como de velas. Una habitación de piedra..Un techo bajo..Una mesa con objetos que no reconocí. Y él. Adriel. Sentado en una vieja silla, mirándome con una fascinación que me dio escalofríos. Respiré hondo. Mi pecho subió y bajó.
—¿Qué hiciste? —mi voz salió apenas.
—Nada que no haya hecho antes —respondió Adriel— Pero esta vez, con propósito.
Me incorporé despacio..La cabeza me latía.
—¿Dónde estoy?
—En un lugar que Alexander no conoce —sonrió— Porque si lo conociera, no duraría mucho vivo.
Tragué saliva.
—¿Por qué me trajiste aquí?
Adriel me observó con cuidado. Sus ojos eran tan oscuros como los de Alexander pero fríos..Infinitamente fríos.
—Porque necesito mostrarte algo —dijo.
—¿Qué?
Sonrió..Esa sonrisa. Dios, esa sonrisa me heló la sangre.
—La verdad.
—No te creo..Vos no querés ayudarme.
Querés separarnos.
Sus ojos brillaron de satisfacción.
—Ah..Entonces ya sabés..Muy bien..Eso facilita las cosas.
Se levantó. Su figura era más alta de lo que recordaba..Sus pasos tan silenciosos que parecían flotar. Se acercó a mí.
—Amelia, ¿sabés qué es lo peor del amor de Alexander?
Respiré profundo.
—¿Qué?
Se inclinó hacia mí. Su rostro tan cerca que pude ver el leve temblor de su sonrisa.
—Que no sabe amar sin destruir.
Mi corazón se apretó.
—No es cierto.
—¿No? —alzó una ceja— ¿Y por qué creés que está así ahora mismo?
Mi respiración se aceleró.
—Porque te odia. Porque sabe que me trajiste acá.
Adriel negó suavemente con la cabeza.
—No. Porque teme lo que vio en sí mismo cuando te perdió de vista por un segundo.
Se incorporó.
—Vos no viste quién era antes..No viste lo que es capaz de hacer..No viste su verdadera naturaleza.
—Sí la vi —respondí, con un hilo de voz— Él me ama.
Adriel sonrió.
—Ahí está el error, Amelia. El amor de Alexander no es una bendición. Es una sentencia.
Me puse de pie. Las piernas me temblaban, pero me mantuve erguida.
—Dejame ir.
—No puedo.
Un silencio pesado cayó entre los dos. Hasta que Adriel dijo:
—Si vuelves con él, lo vas a perder para siempre.
Sentí que mi garganta se cerraba.
—No entiendo.
Adriel me tomó el rostro con una delicadeza que me repugnó.
—Porque Alexander va a matar por vos. Y cuando eso pase ya no va a quedar nada del hombre que amás.
Lo empujé. Su sonrisa se borró.
—No lo toques —escapé— No lo uses.
Él respiró hondo.
—No lo estoy usando. Lo estoy liberando.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Liberándolo de qué?
Y Adriel dijo lo que me atravesó como un cuchillo:
—De vos.
Alexander
Seguí el rastro hasta la carretera. Un auto. Marcas de neumáticos. Huellas. Era Adriel. Su olor. Su energía. Su presencia. Mi pecho ardía..Cada paso lastimaba. Cada respiración era un golpe.
—Amelia —susurré, como si decir su nombre pudiera evitar que me quebrara en pedazos.
Mi teléfono vibró..Un mensaje. Lo abrí..Una foto..Amelia..Despierta..En una habitación desconocida. Con la cabeza inclinada. Con los ojos llenos de lágrimas. Y al lado de ella…
Adriel. Sonriendo. Abajo, un texto:
Venís por ella o la parto.
El mundo se me cayó encima. Y no quedaba nada de humanidad en mí. Nada. Solo un pensamiento. Uno.