Dulces Mentiras, Amargas Verdades: Decisiones (libro 3)

CAPÍTULO 9

Subió al todoterreno y se dirigió a Children´s Dreaming, quería informarse acerca de la evolución de Julian.

Había tenido su última operación y sabía que dentro de poco le darían de alta, pero no lo harían hasta que no tuviese una familia segura que se hiciera cargo de las terapias musculares, esperaba que el juez nombrara aptos a Logan y a su mujer. Inevitablemente miró por el retrovisor al guardaespaldas que lo venía siguiendo en compañía de Jackson.

Aparcó en el aparcamiento y se dirigió hacia una de las puertas laterales, que lo conducía a la recepción por un pasillo que al lado derecho tenía una pared de fondo blanco, decorada con dibujos infantiles que combinaban gustos para ambos géneros.

Había hadas, castillos rosados sobre nubes trazadas de varios colores y coronados por arco iris. Algunos animales como leones, elefantes, jirafas y trenes multicolores. Todo lo que pudiese llamar la atención de los niños.

Al otro lado del pasillo, la pared era enteramente de cristal y se podía ver el gran jardín con zonas para la diversión. Contaba con castillos y toboganes inflables, ruedas giratorias y balancín.

El área verde se encontraba invadida de niños en recuperación, algunos en compañías de sus padres y otros de enfermeras. Era un lugar bonito, en el que la alegría nunca faltaba.

Escuchaba los pasos de Logan y Jackson seguirlo, siempre estaban ahí pisándole los talones y tratando no hacerse sentir, querían ser invisibles pero para Samuel Garnett era completamente imposible que alguien pasara a su lado desapercibido. Siempre estaba atento al menor movimiento, a la más acompasada respiración.

A pocos pasos se sentía el frío de la recepción y al salir al amplio recibidor, vio a varias personas sentadas. Tal vez a la espera de algún resultado de sus hijos que  estarían en la zona de urgencias. 

—Buenos días —saludó a las personas

Se acercó hasta la recepción de madera con la decoración infantil que reinaba en el lugar.

Edith se encontraba tratando de dar palabras de aliento a una mujer afroamericana con un gran afro descuidado y en los cuales se reflejaban algunas canas.

Samuel supuso que pasaría los cincuenta años, lamentablemente, su apariencia demostraba que llevaba una calidad de vida bastante precaria.

—Buenos días señor Garnett —saludó la enfermera—. ¿Cómo se encuentra?

—Buenos días Edith, muy bien gracias, ¿cómo están las cosas por aquí? —preguntó  y desvió la mirada a la mujer—. Disculpe, buenos días. —Se sintió un poco apenado por haberla ignorado y le colocó una mano en el hombro.

—Buenos días, señor —contestó la mujer con la voz ronca y en su rostro aún habían huellas del llanto.

—¿Tiene a algún familiar aquí? —indagó Samuel sin quitarle la mano del hombro.

La mujer no respondió inmediatamente, prefirió mirar a la enfermera y esperar que de alguna manera ella le dijese si podía responder.

—Es el dueño del hospital —le hizo saber con una amable sonrisa.

La mujer regresó la mirada a Samuel, en sus ojos se reflejaba la gran sorpresa de conocer al dueño de tan maravillosa labor humanitaria, pero lo que más le sorprendía era la juventud con la que contaba. 

—Sí, tengo a mi nieto… lo traje hace un par de horas… es que lo atropellaron. Señor tienen que ayudarlo, es lo único que tengo, tiene apenas seis años, su madre me lo dejó y se fue a Canadá en busca de un futuro mejor.

—Cálmese señora, le aseguro que su nieto está en las mejores manos —confesó Samuel dándole un apretón de consuelo en el hombro.

—Es que no puedo calmarme —replicó desviando la mirada nuevamente hacia la enfermera.

—Entiendo señora, ¿por qué no acepta que le administren un calmante? Eso le ayudará.

La mujer negó con la cabeza renuente a cualquier medicamento.

—No quiero dormir, sólo quiero tener noticias de mi nieto.

—Las tendrá, seguro que el personal médico está ocupado con su nieto, no será un sedante para dormirla…

Samuel le hablaba tratando de convencerla y miró a Edith.

—¿Tienen algo que sólo sea para quitarle los nervios?

—Sí señor.

—No, yo no quiero —Se negaba una vez más.

—No van a dormirla, sólo la calmarán un poco, está algo alterada y no es bueno para su edad. Tal vez en unos minutos tendrá que ver a su nieto y si la ve de la manera en la que se encuentra va a angustiarlo. Es preciso que esté calmada, hágalo por el niño —aconsejó cariñosamente.

—¿No me dormirán? ¿Me dará su palabra?

—Le doy mi palabra —Reafirmó con un asentimiento.

—Está bien, acepto calmarme un poco.

—Hace bien —susurró con una caída de párpados, demostrándole serenidad a la dama.

Desvió la mirada a Edith y con un sutil gesto le indicó que procedieran a medicar a la mujer.

La enfermera de piel morena levantó el auricular del teléfono y marcó al servicio de enfermería, para que vinieran por la mujer, a quien el señor Garnett se la había llevado hasta uno de los asientos metálicos.




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