Dulces Mentiras, Amargas Verdades: Decisiones (libro 3)

CAPÍTULO 13

Seis hombres se encontraban en el podio de reconocimiento. Lo que para ellos era un vidrio oscuro, para las personas que se encontraban en el salón de al lado, era un simple vidrio transparente que les permitía observar detenidamente sin ser vistos, y así poder  formular el veredicto.

Sólo una palabra bastaría para aumentar las pruebas de una posible culpabilidad. Evitaban mirarse entre sí para no levantar sospechas, aunque tampoco podían hacerlo. Una de las principales exigencias del fiscal que llevaba el caso, era que mantuvieran siempre la mirada al frente.

Illona Wagner se encontraba sentada frente al podio, recorriendo con su mirada una y otra vez a los hombres, tratando de reconocerlos. Los años que habían pasado sólo jugaban en contra. Desvió la mirada a la pequeña pantalla que estaba a su derecha, esa que mostraba la grabación que hacían de los hombres frente a ella, mientras intentaba mantener la calma.

Le habían dicho que esos sujetos no podrían saber que ella estaba ahí, no se dejaría vencer por los nervios, para no bloquear la certeza.  

Al lado derecho se encontraba el fiscal 320 del distrito de Manhattan, Samuel Garnett, de pie, a un paso de distancia de ella y con las manos cruzadas detrás de su espalda, movía su mirada dorada desde la testigo protegido, hasta los hombres que se encontraban frente a ellos, excluidos por el vidrio del salón. 

Detrás del fiscal se encontraban sentados tres hombres igualmente vestidos con trajes elegantes; ella dedujo que serían los abogados defensores. También estaban presentes dos oficiales de policía, parados a cada lado de las puertas.

A espaldas de ella, se encontraba otro hombre sentado en un pequeño escritorio, que con una máquina transcribiría cada palabra durante el reconocimiento.

Sentía el corazón latir fuertemente. Ella los había visto, pero siendo de madrugada, no pudo distinguirlos perfectamente. Cerró los ojos buscando en sus recuerdos, tratando de encontrar el más mínimo detalle que la ayudase. Quería colaborar, quería que los culpables de la muerte de Elizabeth pagaran por lo que habían hecho, pero no sería fácil dar una respuesta concreta, no pretendía dar un testimonio equivocado e incriminar a un inocente. 

—¿Pasa algo? —La voz estoica del fiscal interrumpió los pensamientos de la testigo protegido.

Illona abrió los ojos y estaba por decir que no estaba completamente segura, en el momento en que uno de ellos hizo un sutil movimiento, mostrando el perfil derecho. Y entonces reconoció una cicatriz en la mandíbula, en la cual no le crecía la barba.

—Estaba todo muy oscuro y yo estaba nerviosa… —empezó a hablar la anciana con la voz vibrando por las emociones. 

—No se preocupe, tómese el tiempo necesario —intervino Samuel antes de que ella pudiese dar su respuesta. No la quería presionada porque debía mostrar seguridad en el preciso momento en que diera una respuesta. 

—Pero puedo reconocer al número tres. Aunque esa noche llevaba una gorra, pude verle esa cicatriz en el lado derecho de la mandíbula. Fue él, el que salió primero de la casa… Tal vez, si pudiese escucharlos, podría distinguir a los otros dos.

—Sí, claro que puede. —En ese momento Samuel se puso muy cerca del vidrio donde había un intercomunicador—. ¿Quiere hacerlo con todos o sólo con el tercero? —preguntó con amabilidad para que la señora Wagner no se sintiese coaccionada.

—Con todos, excepto con el tercero. Estoy segura de que él era uno de los que estaba esa madrugada —puntualizó mirando al fiscal y la expresión en la cara de él se suavizo un poco, comunicándole con un leve parpadeo que había acertado en el reconocimiento y eso le infundió más  valor.

Samuel sentía que el pecho se le llenaba de satisfacción, al saber que la señora Illona había reconocido a uno de los hermanos Borden y no titubeaba.

Presionó el botón y miró a la pantalla de cristal.

—Número uno, paso al frente —pidió y el acusado acató la orden. Samuel soltó el botón y miró nuevamente a la testigo—. ¿Quiere que digan algo en específico o sólo el nombre? —preguntó con profesionalismo.

—¿Podrían decir cualquier cosa, la que quiera? —preguntó la mujer con la mirada en el fiscal.

—Si lo cree necesario, ellos están obligados a repetir  lo que usted pida. Sin embargo, se les ha aclarado previamente que lo que digan durante el reconocimiento de voz no puede ser usado en contra delante de un tribunal —explicó Samuel a la mujer para que no sintiera ningún tipo de remordimiento.

—Bueno… Podría pedirle por favor, que digan: “¿Y el niño?” y “No me interesa el mocoso, larguémonos de aquí” —pidió que los sospechosos tras el cristal dijeran esas frases, que eran las que ella tenía más presente—. Dos de ellos mantuvieron esa conversación, mientras el número tres, ya los esperaba en el coche y los instaba a que dejaran de discutir y subieran.

Samuel disimuló el poder que esas simples palabras tenían sobre él, y porqué la señora Wagner había ido en su búsqueda, mientras la planta baja era consumida por el fuego. Regresó la mirada al vidrio y pulsó el botón del intercomunicador.

—Número uno, repita: “¿Y el niño?”  —pidió el fiscal y el hombre en un acto reflejo, dejándose llevar por los nervios y recordando esa frase, desvió la mirada hacia el número cinco, quien le respondió con un gesto, que significó más que mil palabras.




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