Dulces Mentiras, Amargas Verdades: Decisiones (libro 3)

CAPÍTULO 34

No sabía si los manotazos que estaba recibiendo en la cara eran parte del sueño, o de esa realidad a la cual no quería despertar, por lo que se resistía a abrir los párpados.

Había programado su cuerpo para que descansara al menos ocho horas y estaba seguro de que aún no cumplía ese tiempo.

Sin abrir los ojos, porque los sentía sumamente pesados se colocó boca abajo, pero entonces un peso sobre su espalda lo hizo desistir del sueño y ser consciente de que no estaba solo en su cama. De lado y sonriente divisó a quien osaba despertarlo de esa manera tan peculiar, pero la sonrisa se le congeló cuando vio que su acompañante no era Rachell quien había irrumpido en su apartamento. Era una cosa diminuta de quince meses.

—¿Qué haces aquí? —preguntó extendiendo el brazo y con cuidado lo quitaba de encima de su espalda y lo acostaba a su lado—. ¿Dónde está tu padre? —Samuel hacía las preguntas y Liam rodó sobre su pequeño cuerpo y gateó para una vez más subirse a la espalda del chico.

Samuel comprendió que el niño quería quedarse ahí. Con cuidado extendió la mano y agarró el teléfono móvil que reposaba sobre la almohada a su lado, donde lo había dejado entrada la madrugada después de conversar por mensajes con Rachell. 

Apenas tocó el círculo inferior en el móvil y éste reconoció su huella se desbloqueó e iluminó la pantalla. Tenía sólo un mensaje y se dispuso a revisarlo, mientras Liam creía que su espalda era un tambor.

 

  • Pantera, necesito que cuides de Liam. Mañana debo regresar a Brasil y no quiero hacerlo sin cumplir la promesa que le hice a Thais de pasar un día inolvidable en la Gran Manzana.  No te preocupes, Liam come cualquier cosa; sin embargo, en el frigorífico Thais te ha dejado un par de biberones y en el sofá de la sala están las cosas personales.

 

—¿Qué cojones? —se preguntó realmente aturdido—. Me está jodiendo, esto tiene que ser una broma —masculló y una vez más se quitaba a Liam de la espalda.

Salió de la cama y marcó al número de su primo. Miles de improperios cruzaron por su cabeza en el momento en que la operadora le informaba que el número estaba fuera de cobertura.

—Seguro está abajo y me quiere joder la vida… ¡Hey tú! Quédate ahí —le pidió al pequeño que trataba de ponerse de pie sobre la cama y ante el mandato de su tío se dejó caer sentado.

Sin ponerse la camiseta y sólo con el pantalón del pijama en color rojo, se dirigió a la puerta, pero al ver que Liam una vez más intentaba ponerse en pie, regresó sobre sus pasos, lo bajó de la cama, y lo sentó en la alfombra.

—Aquí estarás más seguro.

Samuel salió de la habitación y buscó con la mirada a su primo, pero no había señales de que alguien más estuviese en el apartamento. Un bolso en colores azul cielo y blanco sobre el sofá le hicieron saber que esa pañalera contenía las cosas de Liam.

Bajó los últimos peldaños de la escalera aérea. Se dirigió casi corriendo a la cocina para verificar si estaban los biberones y por primera vez desde que vivía ahí, se golpeó el dedo pulgar de su pie derecho con el desnivel.

—La puta madre que lo parió —ahogó la exclamación ante el dolor. Y la pesadilla poco a poco se hacía realidad, al ver en el frigorífico los biberones y otro envase que parecía tener gelatina de cereza o fresa, o quién sabe qué coño de fruta artificial en color rojo sería. 

Lanzó la puerta del frigorífico y se dirigió hasta el teléfono más cercano. Intentó una vez más llamar a Ian e igual el número le salía fuera de cobertura. Dejó libre un pesado suspiro y la angustia se mezclaba con desesperación en su pecho. Se armó de valor y llamó a Thor.

—No… no, esto no me puede estar pasando… —se lamentó cuando la operadora le informaba que su otro primo también había desaparecido del planeta—. Thor contesta el maldito teléfono, apenas escuches este mensaje, corre al apartamento hay  una emergencia.

Se dejó caer sentado en el sofá tratando de cambiar su realidad con la mirada fija a la nada. Nunca le habían gustado los niños, podía verlos, hacerles unas bromas, pero no más de media hora, no más. Después de unos minutos y con la cabeza un poco fría, logró encontrar una nueva solución y llamó a una de las asistentes al servicio, que aunque tenía el día libre él le pagaría el triple si venía a hacerse cargo de Liam.

—Lo siento señor Garnett, no puedo. Es que hoy han venido mis nietos  a la casa, no puedo dejarlos solos.

—Por favor —suplicó en un hilo de voz.

—Me da pena por usted, pero no está en mis manos, tengo que atender a los niños. Si mi hija regresa antes de tiempo puedo pasar por allí.

—Se lo agradecería, es una emergencia, yo no sé nada de niños. —Samuel sentía las esperanzas perdidas y sólo quería darse de golpes contra la pared.

—No es tan difícil señor  —le informó la señora al otro lado de la línea telefónica.

—Espero que no lo sea —dijo soltando un suspiro—. De todas maneras muchas gracias —Colgó, y el llanto proveniente de la segunda planta del apartamento, le decía que desgraciadamente iba a ser difícil.

—¡Ya voy! —informó al tiempo que se ponía de pie, se dirigió de regreso a la habitación y se encontró con el niño gateando hacía él—. Ven aquí —le pidió cogiéndolo y por instinto lo mecía para que dejara de llorar, porque empezaba a desesperarlo y si no se callaba los dos terminarían en las mismas condiciones.




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