Dulces Mentiras, Amargas Verdades: Decisiones (libro 3)

CAPÍTULO 40

“El cielo o el infierno, al que se va. Es justo aquí, en el lapso de años que pasamos en este cuerpo, en esta tierra”

Powell

 

Tenía la visión nublada y no sabía a ciencia cierta, si era por las lágrimas que no derramaría o porque llevaba mucho tiempo con la mirada fija en el resultado que le estrellaba en la cara lo que era y de lo que nunca había podido escapar. Era algo que no podía cambiar por más que lo deseara.

El corazón le saltaba en la garganta y las manos le temblaban. Debía admitir que a tal punto sentía tanto miedo como odio y eso no era bueno. No porque el miedo lo fuese a instar a dejar de lado en lo que se había convertido su misión en la vida, sino porque esa agonía en su pecho lo obligaba a ponerse a la defensiva y las veces que había tratado de defenderse. Terminó arrepintiéndose de los resultados.

Pero estaba seguro de que esta vez no iba a arrepentirse, la situación era completamente distinta. No daría un sólo paso atrás y mucho menos se quedaría estancando.

 Debía avanzar  y enfrentar a la muerte sin miedo, mirarla a los ojos y burlarse, eso debía hacer, mandarla a la mierda si era preciso.

Dejó sobre la mesa la carpeta y se llevó las manos a las rodillas para ocultarle a Cooper su vergonzoso estado, inhaló todo el aire posible, tratando de hacerlo de manera imperceptible y lo soltó de la misma manera.

—Dos días, de diez horas de interrogatorio y no tenemos nada. El hombre está mudo y el abogado ha solicitado libertad bajo fianza. Sabes Garnett que si la jueza lo concede ya no podré retenerlo más. —William Cooper pensó muy bien sus palabras antes de pronunciarlas, sabía que no eran las noticias más alentadoras que Garnett esperaba.

Esas palabras fueron un detonante para que la paciencia de Samuel estallara. Él no iba a permitir que ahora que lo tenía le concedieran la libertad riéndose de los testimonios que había en su contra. Y aunque era algo que se esperaba, no le daría tregua. Se aclaró la garganta tratando de sortear las emociones que lo embargaban y que no les dejaría que le ganaran, sí era el momento. Lo era y él estaba dispuesto.

—¿No va a hablar? Eso lo veremos. —La  voz se le escuchó ronca ante la advertencia—. Cooper lo necesito en la sala de interrogatorios cuanto antes —pidió con la rabia burbujeando en él. No iba a dejarlo que se fuera como si nada.

—Garnett, no está acordado un interrogatorio. Primero debemos contactar con el abogado, porque Brockman exigió su presencia si se requería ser interrogado. —Intentó ser un poco más racional que Samuel y seguir los estándares legales.

—Lo quiero en sala de interrogatorios, si quieres llamas al puto abogado para que se presente después; pero primero voy a hablar con Brockman. —Sabía que con el abogado presente no podría hacer las cosas como quería con Brockman.

—Tal vez no ha hablado porque nos hemos limitado a hacerlo como has pedido Garnett. Deja que yo me encargue de eso, y le presento todas las cartas —dijo Cooper demostrando que si lo interrogaba con todas las pruebas, lograría lo que Garnett esperaba.

—Lo haré yo Cooper —especificó poniéndose de pie agarrando el maletín—.Voy a preparar algunas pruebas en la sala de expiación. —Salió del lugar con las ganas de aclarar las cosas de una vez por todas. De enfrentar ese pasado que clamaba por justicia.

—Joder —murmuró Cooper una vez solo. Temía que Garnett con su impulsividad terminara arruinando lo que hasta el momento habían conseguido.

Con el apoyo de sus talones rodó la silla y se puso de pie. Al salir de la oficina, les ordenó a dos oficiales que llevaran a Henry Brockman a la sala de interrogatorios.

La suela de sus zapatos hacían eco en el suelo de cemento pulido que lo llevaba a la sala de expiación. Pasó la credencial para que el precinto de seguridad de la puerta cediera.

Entró y Garnett no estaba en el lugar acordado; sin embargo, logró divisarlo a través del cristal. Se encontraba sentado y su semblante era impasible, por lo que se llenó de confianza y decidió no intervenir en el proceder del fiscal.

Cuando la puerta de la sala de interrogatorios se abrió, Samuel se obligó a mantener la mirada al frente y no adelantarse a la presencia de Henry Brockman. Para que Cooper, que estaba seguro, ya se encontraba al otro lado del espejo de expiación, le daba confianza.

Henry odiaba el maldito salón de color gris y el olor concentrado a desinfectante. No pudo evitar que la ira empezara a consumirlo involuntariamente al ver que quien lo interrogaría sería: El comemierda  del hijo de Reinhard Garnett.

Se había jurado que apenas encontrara la libertad, lo iba a pagar muy caro. Esa humillación a la que lo había expuesto no iba a quedar así. Tanto él como el otro imbécil que había puesto a su hija en su contra, iban a conocer de lo que era capaz Henry Brockman. No estaba dispuesto a permitir una patraña más.

Uno de los oficiales lo guio hasta la silla de hierro y plástico frente al fiscal.

—Tome asiento por favor —pidió el hombre uniformado y lo instaba a que lo hiciera.

Henry dejó libre un suspiro y se preparó para la incómoda experiencia. Aún le dolía el culo, pero juraba que de la misma manera le pasaría al imbécil que tenía en frente, porque fue él quien no permitió que le dieran un trato especial y lo encerraron en una celda común, donde a media noche y sin previo aviso los malditos sádicos que lo acompañaban en la celda lo sometieron  y ningún policía había escuchado sus pedidos. No era estúpido y evidentemente todo había sido orquestado. Apenas encontrara la posibilidad se cagaría sobre el director de esa división.




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