Dulces Mentiras, Amargas Verdades: Decisiones (libro 3)

CAPITULO 43

Rachell trataba de mantener el equilibrio y peso de su cuerpo sobre su pie izquierdo, mientras con una de sus manos sostenía la punta del pie derecho, adhiriendo el talón a la nalga. Obligando al cuádriceps femoral a tensarse en su habitual proceso de calentamiento. Preparándose para su rutina de ejercicios en la cual no lograba concentrarse. Había una necesidad que iba más allá de su esencia, algo que la arrastra a actuar y no detenerse a pensar en que eso Rachell Winstead no lo haría.

Nunca antes había insistido en comunicarse con un hombre. Tal vez si Samuel no la hubiese acostumbrado últimamente a llamarla al menos una vez al día, no tendría semejante angustia haciendo estragos en ella.

En ese momento esa necesidad por escuchar la voz de Samuel no latiese con esa fuerza incontrolable en su interior. Deseó que todo hubiese seguido como al principio de la relación, cuando comunicarse no era algo esencial del día de ambos.

Sin poder contenerse más, soltó el agarre y se paró sobre sus dos pies. Caminó hasta su bolso que estaba en una de las gradas y buscó su móvil, remarcó al número de Samuel y salió del lugar, porque los golpes en los sacos y peras de boxeo, unido al infaltable rap del Dr. Dre que le gustaba a Víctor, no le dejaban escuchar con claridad.

Caminaba por el pasillo cuando la voz computarizada de la operadora, le indicaba por quinta vez en el día que el móvil de Samuel se encontraba fuera de cobertura y sin poder evitarlo un nudo de nervios se le formaba en la boca del estómago.

No dejaría otro mensaje de voz. No quería acosarlo y parecer la novia psicópata, pero si sólo tuviese idea de lo preocupada que estaba, le contestaría el puto teléfono y detuviera las cientos de ideas que giraban en su cabeza y que ninguna era buena.

—Es una maldita falta de consideración, no puede perderse como si nada —murmuraba presionando con demasiada fuerza la pantalla del teléfono. 

Una vez más amarraba su orgullo, lo doblegaba y lo amordazaba al buscar en al agenda el número de Thor y el chico le contestaba al segundo tono.

—Hola Rach.

—Hola Thor, ¿cómo estás? —preguntó por él para no ir directamente al grano y evidenciar que sólo llamaba cuando necesitaba saber de Samuel.

—Excelente… Entrenando un poco, me pillaste en el descanso. —La voz de Thor ligeramente sofocada evidenciaba que ciertamente había estado ejercitándose.

—Disculpa, no es mi intención interferir en tu entrenamiento.

—No pasa nada, supongo que quieres saber de Samuel, ¿se te ha perdido una vez más?

—Más o menos, creo que la próxima vez que lo vea. Voy a colocarle una correa.

—Deberías hacerlo, a veces mi primo se pasa de cabrón.

—Algunas veces, pero esta vez estoy preocupada porque he intentado comunicarme y tiene el móvil apagado.

—Sí, me pasó lo mismo, pero esta vez no anda en otro planeta, está aquí en su habitación. Llegó temprano y se encerró, ni siquiera ha salido por agua… conociéndolo debe ser algún caso que lo pone de mal humor.

—¿Estás seguro de que sea por trabajo? —preguntó y con la punta del pie golpeaba el suelo, tratando de consumir la ansiedad que la embargaba.

—Completamente seguro no, pero es lo que imagino. Tal vez si tuviera un par de tetas me atrevería a entrar a su habitación y salir de dudas, pero Dios no fue tan generoso conmigo.

—¿Sugieres que vaya a ver qué le pasa?

—Quieres venir Rachell —aseguró percibiendo la ansiedad en la voz de la chica.

—No consigo nada con mentirte, al parecer ser persuasivos es un don que poseen los Garnett.  

—Uno de los tantos, admito que no soy partidario de la falsa modestia. —No pudo evitar soltar la carcajada.

—Debí suponerlo —le hizo saber acompañando la carcajada de Thor con su risa entusiasta.

—Eres bienvenida Rachell, a la hora que quieras… Así me quitas a mí el peso de lidiar con la pantera de mal genio.

—En unos minutos estoy allí —soltó las palabras sin siquiera pensar y se dejó arrastrar por las ganas que tenía de ver a Samuel—. Prometo ayudarte a domar a ese animal.

—Tú tienes el poder para hacerlo, estoy seguro de que no podrá resistirse porque posees artillería pesada.

—Entonces te digo hasta luego.

—En un rato nos vemos, conduce con cuidado —le aconsejó sofocando la risa.

—Eso haré. —Rachell finalizó la llamada. 

Con largas y enérgicas zancadas se dirigió de regreso a la sala de prácticas de boxeo. Llegó hasta su bolso deportivo y cogió la sudadera verde selva, que cuando la compró no pudo evitar relacionar el color con Brasil. Sabía que empezaba obsesionarse con todo lo que tuviese que ver con Samuel y a tal punto no sabía si sería prudente ser tan dependiente.

Se lo colocó y subió el cierre hasta la altura de sus pechos, dejando debajo su top de lycra negro.

—Ey Rachell ya estamos listos. —Víctor bajaba de un salto del cuadrilátero y corría hacia ella; se detuvo varios metros antes de llegar y avanzó moviendo su cuerpo al ritmo latino que sonaba de fondo a cargo de Calle 13 y Shakira, tendiéndole las manos para invitarla a bailar y le regalaba una sonrisa seductora, que marcaba más el  hoyuelo en  su mejilla izquierda.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.