Dulces Mentiras, Amargas Verdades: Decisiones (libro 3)

CAPÍTULO 50

Henry Brockman se ataba con parsimonia los cordones de sus zapatos, sumido en la tortura en que se habían convertido sus pensamientos, hacía la tarea más lenta de lo habitual. Un llamado a la puerta lo liberó de los dolorosos recuerdos del pasado.

—Puedes pasar Megan —contestó seguro de que era su hija por la manera de tocar, aunque lo había hecho muy pocas veces en la vida su llamado era inconfundible.

—Buenos días, papá —saludó al entrar, se encontraba lista para su rutina diaria de footing en el Central Park—. ¿Cómo te sientes? —preguntó y sin pedir permiso se sentó al borde de la cama, justo al lado de su padre.

—Bien, con ganas de trabajar —La miró a los ojos, pero seguidamente esquivó la mirada y siguió con su tarea de atarse los cordones—. Megan ¿cómo conociste al fiscal que lleva mi caso? —inquirió con precaución para no darle indicios a su hija, de a donde quería llegar.

—Eh… papá, Sam no es mala persona.

—Es el hermano de tu novio.

—En realidad son primos —aclaró ella con rapidez, no quería que su padre una vez más interfiriera en la relación con Thor, él no tenía nada que ver  y Samuel únicamente hacía su trabajo—. Legalmente son hermanos, pero es porque el padre de Thor adoptó a Samuel.

—No me has contestado cómo lo conociste.

—Sólo si prometes no regañarme —murmuró y bajó la mirada a sus manos que evidenciaban los nervios.

—Aún tengo el corazón delicado como para discutir —la alentó con una voz cariñosa que nunca había usado.

—¿Recuerdas la noche que te llamó Rachell? La novia de Sam, ella dijo que estaba conmigo, pero no fue así —hizo una pausa al presionarse los labios uno contra otro y ganaba tiempo para llenarse de valor.

Henry Brockman intentó recordar ese día, pero estaba más dormido que despierto y no tenía muy clara la situación. Sólo asintió para instar a que su hija continuara.

—No fue así… yo no estaba con ella, me había escapado con dos chicos, eran del equipo de baloncesto visitante que fueron a mi universidad.

Henry cerró los ojos e inspiró muy hondo para calmar los latidos de su corazón, no debía alterarse, le había recomendado el doctor, pero cómo no hacerlo al saber lo que su hija había hecho.

—Ellos me invitaron a salir, no pude negarme y tampoco quise pedirte permiso porque sabía que no me dejarías ir, y eran los primero chicos guapos que me invitaban a salir. Fuimos a una discoteca y todo estaba muy bien, pero ellos… papá soy tonta, pensé que no sería nada malo —se apresuró a decir—. Me dieron una pastilla, pero algunas compañeras de clase las toman y dicen que te hacen sentir muy bien… y de hecho así es, pero sólo los primeros minutos.

—Megan… —musitó con los latidos del corazón alterados.

—Lo siento papá, sé que a veces tienes razón, soy una irresponsable.

—¿Te hicieron daño? —preguntó con la voz ronca por las ganas de llorar y con desesperación buscó en la mirada de su hija una respuesta que temía encontrar.  Ella negó con un sutil movimiento de su cabeza y eso fue suficiente para que él pudiese respirar nuevamente.

—No pudieron hacerlo, yo me sentía demasiado mareada y aturdida, también algo… —Se detuvo porque no encontraba las palabras para decirle que los efectos de la pastilla también la habían excitado—. Ellos decidieron que podríamos ir a otro lado, yo no me opuse, quería ir o al menos era lo que pensaba, pero cuando atravesé la calle y sentí el viento refrescarme recuperé un poco la cordura, pero ya era muy tarde estaba en el aparcamiento con ellos. Me negué a subir al coche y ellos aprovecharon que el lugar estaba vacío. Iban a obligarme y me asusté y empecé a gritar apenas escuché unos pasos, pedí ayuda.

—Megan… Dios mío —clamó Henry y se frotó la cara con una de sus manos, tratando de asimilar las palabras de su hija.

—Eran Rachell y Sam, ellos venían con Jackson y Logan, que son los guardaespaldas de Sam… y todo pasó muy rápido, en segundos Samuel me los quitó de encima y aunque ellos huyeron, él los persiguió, no sé qué pasó, no sé qué les dijo, ni qué hizo. —Dejó libre un pesado suspiro como si una vez más estuviera reviviendo el momento—. Regresó y me dijo que todo estaba bien, me preguntó casi desesperado si no me habían hecho nada, noté en él una preocupación algo exagerada y me asusté, pensé que sería un policía. Después de eso me dijo lo que tenía que hacer para que el efecto de la pastilla se me pasara y el resto ya lo sabes.

Henry, como si fuese atacado por un rayo, abrazó a su hija y la protegió en su pecho. La estrechó fuertemente entre sus brazos y cerró los ojos, agradeciendo al cielo y a su hijo, que la hubiera protegido en esa oportunidad.

Los ojos de Megan casi se desorbitaron ante la muestra de afecto desesperado y tierno que su padre le prodigaba. Desde que despertó del ataque al corazón parecía ser otro. Tal vez verse de frente con la muerte no le agradó, y decidió ser más comprensivo con ella, pidió una segunda oportunidad para enmendar errores y ser mejor padre. 

Cuando Henry se enteró de la inevitable existencia de Megan se le cerraron todas las puertas, encerrándolo en el cuarto oscuro de la desesperación. Había sido el peor error que había cometido y ese fue el cartel que le colocó a su hija mucho antes de nacer. Ella no había sido concebida con amor, al menos por parte de él, Megan había sido producto de una debilidad. Una debilidad que le desbarató los cimientos que tenía. Con la noticia de su existencia debió tomar decisiones de las cuales estará arrepentido hasta su último aliento.




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