Dulces mentiras amargas verdades: Revelaciones (libro 2)

CAPÍTULO 30

El calor era sofocante, el sol era cada vez más intenso, pero eso no menguó la emoción cuando llegaron al Rancho Cadillac. Rachell bajó de un brinco del auto y salió corriendo por medio del desierto donde se encontraban de ocho a diez Cadillacs enterrados hasta la mitad, la cantidad de grafitis que los adornaban eran la fiel muestra de la cantidad incalculable de personas que habían visitado el lugar. Samuel se limitó a hacer fotografías desde diferentes ángulos, capturando el sueño de Rachell para que ella lo reviviera una y otra vez por medio de las imágenes.

—Sam, ven aquí… Mira hay sprays —dijo Rachell agarrando dos frascos metálicos.

El brasileño trotó hasta donde se encontraba la chica, sintiendo como el vapor del desierto le subía por los pies y le calentaba todo el cuerpo, al llegar hasta el monumento de autos, se metió debajo de uno para aprovechar la sombra.

—Haz tu grafiti —le pidió y el sudor le corría por las sienes, las cuales le latían ante el vapor—. Mientras lo haces te tomaré fotos.

—Está bien, pero tienes que hacer el tuyo también.

—Claro que lo haré, aunque no soy bueno para dibujar, por algo estudié leyes.

—Bueno, yo hago el dibujo y tú escribes —dijo agitando las latas con energía, al tiempo que Samuel elevaba el pulgar indicándole que estaba de acuerdo.

Rachell se esmeró en hacerlo perfecto, además que se encontraba sumamente inspirada, mientras el chico seguía de cuclillas debajo del Cadillac y de vez en cuando le tomaba fotos.

Se llevó unos treinta y cinco minutos creando el dibujo, el cual opacaba a los demás, había pintado el momento, ella dibujando el auto y debajo de este a Samuel fotografiándola y lo nombró “Ruta 66”

—Listo ya puedes salir de tu guarida, te toca escribir —dijo tendiéndole un spray amarillo.

Samuel salió y al verlo se quedó pasmado, le había quedado perfecto y no pudo controlar sus impulsos de besar una de las sienes de Rachell, ella sonrió satisfecha.

—Agarra un poco de sombra. —Le pidió entregándole la cámara y tomando la lata de pintura amarilla.

—No tardes —acoto resguardándose debajo del auto—. Esto podría caerse y aplastarme —dijo admirando hacia arriba la carrocería.

—Tiene el 60 por ciento enterrado; es decir, las probabilidades de que te aplaste es de un cero coma uno por ciento —dijo e iniciaba su escrito, creando un fondo negro.

Samuel sonreía mientras escribía y se dejaba llevar por lo que sentía de momento, eran cosas que quería decirle a Rachell pero que aún no reunía el valor.

—¿Falta mucho? —preguntó, la chica impulsándose con la punta de sus pies y bajándose, haciendo sentadillas a medias para no perder la costumbre, se decía.

—Ya casi nada… —contestó terminando la última palabra—. ¡Listo!

Rachell salió casi en medio de una carrera y con una amplia sonrisa, poniéndose de pie al lado de Samuel, el gesto en su rostro se enfrió al no entender una sola palabra del casi testamento que él había escrito.

—¿Esto está en portugués? —Inquirió sin poder creerlo.

—Efectivamente, es portugués —dijo pasándole un brazo por el cuello y pegándola a él.

—Te pasas de gracioso Garnett, ¿cómo se supone que sabré lo que dice? —inquirió con ganas de golpearlo.

—Algún día lo sabrás, ahora debemos irnos… —La agarró por una mano y casi la arrastraba.

—No es justo —masculló, pero enseguida recordó que tenía en la mano la cámara e hizo una fotografía.

—Eh… Dame eso, no se vale. —Le arrebató la cámara, pero Rachell logró hacer otra.

—Si las borras continúas solo con el viaje porque de aquí mismo me regresaré a Nueva York. —Lo amenazó.

—Sí, ya quiero verte caminando. —Samuel no era de los que se dejaba intimidar.

—No caminaré, bien puedo hacer autostop, me excita la sola idea de montarme en un camión de carga pesada.

Rachell no tuvo que hablar mucho para que Samuel se imaginara la escena, ella de copiloto de un camionero, y de cómo ese hombre no dejaría de mirarle las piernas, eso hizo que en él la temperatura corporal aumentara y sobrepasara a la que había en el desierto, no dijo nada, solo tensó la mandíbula para controlar ese animal que se desataba en su interior, no pudo contraatacar con cinismo como era su costumbre.

Solo le entregó la cámara y adelantó varios pasos sintiéndose molesto, no con ella, sino con él por ser tan tonto y subestimar la astucia de Rachell, ¡se había jodido!

Rachell apresuró el paso para alcanzarlo, Samuel llegó antes que ella al auto y subió encendiéndolo sin esperar a la chica, la cual corrió para subir.

Ninguno de los dos hablaba, ni siquiera pusieron música, Rachell se sentó dándole la espalda con la mirada hacia el paisaje y sentía rabia, también ganas de llorar, unas que no lograba comprender y no pudo luchar contra las lágrimas, lo que solo la llenaba de impotencia y aumentaba su molestia, con coraje se limpiaba las lágrimas, pero no dejaban de salir, por el contrario, el sentimiento en su pecho aumentaba y más suspiros se escapaban sin poder evitarlo.




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