Eath War (the 100)

Capitulo 8: En territorio enemigo

Después de las palabras de Bellamy, decidí alejarme un poco. Quería buscar a Octavia, pero al recorrer el campamento no la encontré en ningún lado. La preocupación comenzó a crecerme en el pecho.

—Oye ¿has visto a Octavia? —pregunté al cruzarme con Miller.

Él resopló con fastidio.

—Debe estar en el campo de mariposas. Se cree que por ser la hermana del jefe no tiene que trabajar.

Entendí la molestia en su tono: Miller había pasado todo el día ayudando a Raven con la radio y preparando las bengalas. No era raro que guardara cierto resentimiento hacia Octavia.

Me alejé sin decir nada y tomé el camino hacia el campo. El aire se sentía más denso allí, como si algo me observara desde las sombras. Me detuve en seco cuando escuché una rama crujir cerca de mí. Automáticamente saqué mi navaja y apreté con fuerza el mango.

—¡¿Quién anda ahí?! —grité, tratando de que mi voz sonara firme—. ¡Vamos, sal de una vez, no te tengo miedo!

De entre los árboles emergió una figura que me dejó helada. Un hombre. Su rostro estaba pintado de blanco y su cuerpo cubierto con una armadura rudimentaria pero intimidante. En sus manos sostenía un arco, y la flecha ya apuntaba directo hacia mí.

—¿Cómo te dicen? —su voz era grave, segura.

—¿Disculpa? Aquí las preguntas las hago yo —respondí, levantando más mi cuchillo y colocándolo cerca de mi pecho, en posición defensiva.

Él arqueó una ceja, como si lo divirtiera mi reacción.

—¿Sabes que antes de que alcances a rozarme con ese insignificante cuchillo, mi flecha ya habría atravesado tu cabeza?

—Si me quisieras muerta, lo habrías hecho antes —dije, sin apartar la mirada.

Un leve destello de respeto brilló en sus ojos.

—Guerrera valiente. Donde yo vengo, la valentía y el honor son dos pilares importantes en cada guerrero.

—Valiente, sí. Honorable… depende de quién lo diga —repliqué, desviando la vista solo un segundo.

Él guardó silencio por un instante, como si estuviera evaluándome. Luego asintió apenas y retrocedió lentamente hacia la espesura del bosque.

—Tal vez algún día nos volvamos a ver, gonaskai.

—¿Gonaskai? ¡Espera! —grité, dando un paso al frente.

Pero cuando lo hice, ya no estaba. Solo quedaba el eco de sus palabras en mi cabeza.
¿Quién era ese hombre?

(...)

Luego de aquel encuentro con el hombre extraño, decidí volver al campamento. Estaba agotada, me dejé caer en una esquina de la nave y cerré los ojos. Mañana buscaría a Octavia.

Dormía plácidamente, cuando unas manos me sacudieron con brusquedad.

—Mierda, Jasper… —gruñí entre dientes, sin abrir del todo los ojos—. ¿No te han dicho que no es educado despertar a alguien en medio de un buen sueño?

—Bellamy armó un grupo de búsqueda. Nadie ha visto a Octavia en doce horas.

Su voz, cargada de urgencia, me sacó la somnolencia de un golpe. Mi corazón se encogió. No necesitaba que dijera nada más. Salté de inmediato, me puse la chaqueta y tomé el cuchillo con fuerza
El recuerdo de las palabras del hombre misterioso atravesó mi mente: “Antes de que alcances a rozarme con ese insignificante cuchillo, mi flecha ya habría atravesado tu cabeza”.

Tenía razón, necesitaba un arma de verdad si quería sobrevivir aquí.

Suspiré hondo y salí de la nave. Bellamy ya estaba dando órdenes. Había improvisado un grupo de búsqueda, todos armados apenas con cuchillas y lanzas hechas con restos de la nave. Si los terrestres nos atacan, estaríamos acabados.

Observé como Bellamy se abrió paso entre los demás y vino directo hacia mí, echando una mirada fulminante a Jasper antes de sujetarme del brazo y apartarme unos pasos. Su gesto severo me advirtió que venía un sermón, así que me adelanté:

—Ya sé lo que vas a decir. Que debí cuidar mejor a Octavia, anoche debería haber seguido buscándo pero vi… —las palabras se me atascaban. No podía contarle sobre aquel hombre que me había apuntado con un arco. No se sintió como un enemigo, pero ¿y si me equivocaba?—. Nada, no vi nada, por eso no seguí. ¿Estás molesto conmigo?

—No, Olivia —contestó él, firme—. No es tu responsabilidad.

Lo miré a los ojos, apretando los labios. Sí lo era. Octavia significaba demasiado.

—Lo es, Bell. Tú sabes lo mucho que Octavia significa para mí

—De eso quería hablarte —dijo, endureciendo la mandíbula—. No vendrás. Es peligroso.

Solté una carcajada seca, cargada de rabia.

—¿Peligroso? Lo es para todos, no solo para mí. No soy débil, y menos cobarde. Octavia es mi mejor amiga, iré a buscarla te guste o no.

Se quedó en silencio unos segundos, como si luchara consigo mismo, vasta qué finalmente asintió derrotado.

—Solo no te alejes. Si algo te pasa, Octavia me romperá un brazo.

Eso me arrancó una risa breve, porque era cierto: O sería capaz. Pero, aunque nuestra amistad era fuerte, sabía que nada podía compararse al vínculo con su hermano.




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