Cuando ellos se fueron, me quedé sola frente a la cueva. La entrada era un arco irregular de piedra. Comencé a dar pasos hacia el interior, mis dedos rozaban la pared fría y rugosa buscando apoyo.
Observé cada rincón. Había cuencos con pinturas en tonos ocres y rojos, esparcidos por todas partes. En un rincón, unas colchas dobladas simulaban una cama improvisada. La curiosidad me hizo acercarme, y sobre ellas encontré un cuaderno desgastado. Lo abrí con cuidado, me encontre con muchos dibujos de animales, rostros, paisajes. Eran realmente buenos, pero lo que más me llamó la atención fue ver un dibujo de Octavia. ¿Por qué la dibujaría alguien como él?
Mi corazón empezó a latir con fuerza, y una mezcla de miedo y desconcierto se instalo en mi estómago, al darme cuenta que el la ha estado acosando.
Me senté en el suelo frente al cuerpo inconsiste del terrestre. No pasó mucho hasta que el comenzó a abrir sus ojos, recuperando de poco la conciencia. Cuando estaba completamente despierto decidí encararlo.
—Con que te gusta mi amiga Octavia, ¿no? —pregunté en voz baja, tratando de mantener la firmeza mientras mis ojos se fijaban en él.
Al verme, se puso de inmediato en posición de ataque. Instintivamente levanté las manos, mostrándole que no era una amenaza para el.
—Tranquilo, no te voy a hacer nada. ¿Te gusta ella?
Note como sus ojos se iluminaron por un instante al ver el dibujo, y sus hombros, tensos hasta entonces, se relajaban ligeramente. Aunque en ningún momento bajo la guardia, seguía en posición de batalla listo para atacar en cualquier momento.
—No tenías que secuestrarla—murmuré, la rabia mezclada con impotencia se filtraba en mi voz—. Eso hacen tu gente, ¿acosan a chicas bellas?
Él no respondió. Bajó la mirada y se sentó en el suelo, un gesto de rendición que casi me hizo dudar de mis propias sospechas.
—Estás herida.
Asentí, sin palabras. Mis dedos rozaban el corte que todavía ardía en mi muslo. La sangre se había filtrado por la tela qué Jasper uso para cubrir la herida.
Él rebuscó entre sus cosas y sacó una flecha, pasándomela con cuidado. Me llamó la atención que estuviera manchada de sangre fresca.
—Espera… ¿acaso tú me disparaste? —pregunté con voz temblorosa, mientras el sudor resbalaba por mi frente.
—No, yo no fui. Pero quien lo hizo no tenía intención de matarte.
Tomó el cuaderno de mis manos y lo guardó en un bolso colgado en pecho, un gesto que parecía protegerlo de cualquier daño, como si él entendiera su propio valor.
—¿Tú crees? Tengo una herida bastante fea.
—Pero estás viva —dijo, y sus palabras se grabaron en mi mente.
Repase sus palabras mientras recordaba toda la secuencia que habia vivido en el bosque. Y un escalofrío recorrio mi espalda al comprender que tenia razón. Si la flecha no me hubiera rozado, habría seguido tras Roma y probablemente estaría muerta, igual que ella.
—Por Dios… pero… ¿quién me salvó?
—No es de mi pueblo —contestó rápidamente, cortando la conversación como si saber eso fuera un delito —. Su flecha es diferente.
Mi respiración se volvió más pesada. Todo esto era demasiado. Quería interrogarlo, sacarle respuestas, pero también sabía que dejarlo ir era la opción más sensata. El no es una amenaza.
—¿Puedo hacerte una pregunta? —logré decir, con un hilo de voz cuando finalmente me recupere de mi asombro
—Ya la hiciste… —respondió el con una media sonrisa que apenas rompía la tensión.
Le sonreí de vuelta y me acomodé en el suelo, apoyando la espalda contra la fría pared de piedra, mientras mis ojos lo seguían con desconfianza. Aunque sus gestos eran pacíficos, mis sentidos estaban en alerta máxima; cada sombra, cada sonido podía ser la señal de una posible emboscada.
—Tú la salvaste, ¿no? A Octavia vi que le pusiste medicina en la herida.
—Sí.
—Su hermano volverá por mí —dije, mordiendo mis labios para no mostrar miedo—, y créeme, no tendrá piedad por lo que le hiciste a ella
—Lo sé, por eso me iré —respondió, levantándose hacia la salida.
—No llegarás muy lejos… estuviste mucho tiempo inconsciente… —mi voz sonaba débil, casi suplicante.
—Ve al punto
Suspiré, tratando de convencerme que dejarlo ir no era traición a mi pueblo. El no nos había hecho nada después de todo. Talvez su pueblo si, pero el no tiene porque pagar por los errores de los demás.
—No le digas nada. Finge que no entiendes nuestro idioma… tal vez así sobrevivas.
Lo vi fruncir el ceño, extrañado, pero finalmente asintió. Comprendió que no lo hacía por él, sino por Octavia. Él la había salvado; y esta era mi forma de pagar lo que hizo.
—Soy Olivia, por cierto —me presenté, intentando recuperar algo de control—. ¿Y tú cómo te llamas?
Antes de que pudiera responder, un ruido extraño proveniente de fuera nos hizo callar. Sin pensar, salió de la cueva, y yo intenté seguirlo, pero el dolor en mi pierna me obligó a detenerme. Cada movimiento era un tormento, mientras un calor intenso se extendía por mi cuerpo.