Echandole Ganas a La Vida

Capítulo 2: El hilo invisible

​El primer mes junto a Mateo fue una vorágine de atenciones que, para los ojos de una adolescente de dieciséis años, parecían el epítome del romanticismo. Él la esperaba a la salida de la academia de costura, le compraba pequeños obsequios y, sobre todo, le dedicaba horas a hablar de un futuro que, según él, solo les pertenecía a ellos dos. Sin embargo, detrás de esa fachada de caballero protector, comenzó a tejerse una dinámica que Valeria, en su embriaguez emocional, confundía con interés genuino.

​—No me gusta que salgas tanto con tus amigas, Val —le dijo una tarde, mientras caminaban por la orilla del río en San Pedro de la Sierra—. Ellas no te valoran como yo. Solo quieren distraerte de lo que realmente importa: nuestro plan de salir de aquí.

​Valeria sintió un punzazo de culpa, aunque no entendía bien por qué. Sus amigas eran su apoyo, su alegría y su red de seguridad. Pero Mateo tenía una forma de girar las palabras, de hacer que cualquier actividad que no lo incluyera a él pareciera una traición o una pérdida de tiempo. Poco a poco, las salidas al parque se volvieron esporádicas. Las llamadas telefónicas que antes eran constantes empezaron a ser monitoreadas por él; si ella tardaba en contestar, él aparecía de repente, fingiendo una "casualidad" que a Valeria le parecía romántica, pero que en el fondo era un control asfixiante.

​En casa, el ambiente también cambiaba. Sus padres, hombres y mujeres de trabajo, empezaron a notar que su hija ya no cantaba mientras ayudaba con los encargos de costura. La chispa en sus ojos se había vuelto intermitente, opacada por la necesidad de medir cada palabra antes de decirla frente a Mateo.

​—¿Por qué te pusiste ese vestido? —le cuestionó una noche, mientras ella intentaba elegir una prenda para una cena familiar—. Es demasiado llamativo. No quiero que otros hombres te miren así.

​Valeria se miró al espejo. El vestido era sencillo, uno que ella misma había cortado y cosido con tanto orgullo. Pero al ver la expresión de Mateo, rígida y llena de una posesividad que él disfrazaba de "cuidado", se sintió expuesta, como si su propia creatividad fuera un arma en su contra. Se cambió por una blusa holgada y opaca. La sensación de victoria que Mateo mostró al verla fue tan sutil como escalofriante.

​Ella, en su ingenuidad, pensó que estaba haciendo sacrificios por amor. Creía que si lograba ser la "mujer ideal" que Mateo esperaba, él finalmente sería feliz y la dejaría en paz. No entendía que estaba cayendo en una trampa diseñada con la precisión de un patrón de alta costura: el objetivo no era la felicidad compartida, sino el aislamiento progresivo.

​El silencio de Valeria comenzó a ser más frecuente. Cuando Mateo no estaba, se sentía ansiosa por su ausencia; cuando él estaba, se sentía agotada por su presencia. Era una danza donde ella siempre pisaba las espinas mientras él guiaba el ritmo. Sus cuadernos de relatos quedaron olvidados en un cajón, bajo capas de polvo, porque Mateo le había sugerido que "perder el tiempo escribiendo historias de niñas" no la llevaría a ninguna parte.

​—Tenemos que enfocarnos, Valeria —le decía, acariciándole el cabello con una firmeza que le cortaba la respiración—. El mundo ahí fuera es peligroso para alguien como tú. Necesitas que yo te cuide.

​Ella le creía. A sus dieciséis años, con la mirada puesta en un horizonte lejano que él prometía construir, Valeria no podía ver que el peligro no estaba en el mundo exterior. El peligro estaba justo ahí, al lado de ella, sosteniéndole la mano mientras, puntada a puntada, le quitaba los hilos de su propia identidad. La modista de sueños estaba empezando a convertirse en una prisionera de su propia lealtad.




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