La vida de Valeria se transformó en una coreografía ensayada. Cada movimiento, cada palabra, cada elección de vestuario estaba condicionada por el radar de Beatriz, quien parecía tener un don para aparecer en los momentos en que Valeria intentaba, aunque fuera de forma minúscula, ejercer un poco de autonomía.
Mateo, por su parte, perfeccionaba su técnica de erosión. No siempre era violento con los gritos; a menudo, era mucho más dañino con su silencio gélido. Si ella expresaba un deseo diferente al de él, Mateo simplemente dejaba de hablarle durante días, tratándola como a un mueble invisible dentro de la casa. Ese castigo silencioso era devastador para la adolescente que aún vivía dentro de Valeria; ella se sentía culpable por haber provocado ese vacío, y terminaba disculpándose por cosas que ni siquiera había hecho.
—Estás muy rara últimamente, Valeria —le dijo Mateo una noche, mientras ella doblaba la ropa con una meticulosidad que rayaba en la obsesión—. Pareces ausente. ¿Es que ya no te importa lo que estamos construyendo?
Valeria se detuvo, con una camisa de él entre las manos. Quería decirle que no sentía que estuvieran construyendo nada, sino que ella estaba siendo demolida piedra a piedra. Pero las palabras se le atascaban en la garganta. La voz de Beatriz resonaba en su cabeza, recordándole constantemente que su valor residía en su capacidad para servir y mantener la armonía.
—Lo siento, Mateo. Solo estoy un poco cansada —respondió ella, bajando la vista.
—El cansancio es una excusa para la falta de compromiso —sentenció él, dándole la espalda.
Al día siguiente, Beatriz llegó con una "sorpresa": un regalo que era, en realidad, una nueva cadena. Trajo consigo una serie de tareas domésticas adicionales y una agenda rígida que Valeria debía seguir para "optimizar su tiempo". Según Beatriz, si Valeria estaba demasiado ocupada, no tendría tiempo para pensamientos tontos o para alimentar esa vena creativa que, a ojos de su suegra, solo la hacía distraerse de su función principal: ser la perfecta compañera de Mateo.
Valeria sintió cómo el cerco se cerraba un poco más. La joven de diecisiete años que alguna vez había soñado con un mundo lleno de colores, ahora se encontraba habitando un mundo de matices grises. Sus cuadernos, escondidos al fondo de un armario, acumulaban polvo, pero eran el único lugar donde ella aún podía ser Valeria. En sus páginas, escribía lo que no se atrevía a decir en voz alta. Esas líneas eran pequeñas grietas en la fachada de perfección que Mateo y Beatriz habían construido a su alrededor.
Una tarde, mientras estaba sola, Valeria tomó uno de los cuadernos. Sus manos temblaban. Se obligó a escribir una frase: "A veces, el silencio no es paz, sino el ruido de las paredes cerrándose". Al releerlo, sintió un terror repentino. ¿Qué pasaría si la encontraban? La paranoia era una compañera constante. Sabía que, si descubrían su refugio mental, intentarían destruirlo también.
Esa noche, la cena fue un reflejo de su miseria. Beatriz criticó cada bocado, cada gesto, cada silencio. Mateo, como siempre, respaldó a su madre. Valeria, sentada en la mesa, sentía que su cuerpo estaba ahí, pero su alma se había retirado a un lugar remoto, un sitio donde aún conservaba la esperanza de salir ilesa.
No lo sabía aún, pero esa grieta que había abierto al escribir, por pequeña que fuera, era el comienzo de su salvación. La fachada era fuerte, pero debajo, en el subsuelo de su voluntad, Valeria estaba empezando a acumular la fuerza necesaria para el día en que, finalmente, tuviera que romper el cristal y salir a buscar la vida que le habían robado.