Echandole Ganas a La Vida

Capítulo 7: El juego de los espejos rotos

​El aire en la habitación se sentía denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de los brazos de Valeria se erizara constantemente. Habían pasado setenta y dos horas desde que Mateo encontró el cuaderno. Setenta y dos horas de un silencio tan absoluto y quirúrgico que Valeria sentía que su propia voz se estaba atrofiando, oxidándose en el fondo de su garganta. Mateo no le gritaba, no la golpeaba; utilizaba algo mucho más devastador: la indiferencia absoluta, un arma que, en el manual de los narcisistas, es el castigo supremo.

​Valeria permanecía sentada en el borde de la cama, observando el polvo que danzaba en los rayos de sol que se filtraban por la rendija de la ventana. La casa se sentía inmensa y vacía, una fortaleza de cristal donde ella era a la vez la prisionera y el trofeo expuesto. Escuchó los pasos de Beatriz en el pasillo, un ritmo lento, deliberado, diseñado para anunciar su llegada antes de que siquiera se detuviera frente a la puerta. No era necesario que entrara; el simple sonido de sus zapatos rozando la madera era una señal de control, un recordatorio constante de que nada en ese lugar le pertenecía a Valeria.

​«¿Cómo permití que llegara a esto?», se preguntó, una vez más, mientras sus dedos acariciaban la tela de su falda, buscando alguna textura que le devolviera la cordura. A sus diecisiete años, el concepto de "libertad" se había convertido en un recuerdo abstracto, una postal amarillenta de algo que creyó tener y que ahora veía desvanecerse en el horizonte.

​El sonido de la puerta abriéndose fue seco. Beatriz no pidió permiso, simplemente invadió el espacio, sus ojos recorriendo cada rincón con una intensidad depredadora. Se detuvo frente a Valeria, cruzando sus brazos sobre el pecho, una postura que exhalaba una superioridad calculada.

​—Mateo está decepcionado, Valeria —dijo Beatriz, sin preámbulo alguno. Su voz, suave como el terciopelo pero afilada como el acero, cortó el aire—. Ha estado trabajando muy duro para construir un futuro para los dos, y lo que encuentra es una deslealtad escrita en papel. ¿Eso es lo que le ofreces a cambio de su protección?

​Valeria intentó hablar, pero sus cuerdas vocales se negaron a responder. La táctica de Beatriz era impecable: invertir los roles. Ella no era la víctima de un control asfixiante, sino la traidora de un hombre "abnegado". Valeria sentía cómo la culpa, esa emoción que Beatriz cultivaba con la misma precisión que un jardinero cuida sus flores más venenosas, comenzaba a arraigarse en su pecho.

​—Él solo quiere lo mejor para ti —continuó Beatriz, dando un paso más, reduciendo la distancia hasta que Valeria pudo oler el perfume cítrico y frío de su suegra—. Él te sacó de esa vida mediocre de pueblo, te ha dado un techo, un nombre... y tú decides escribir fantasías sobre paredes que se cierran. ¿Acaso no te sientes cómoda aquí? ¿Es que nuestra generosidad te resulta insuficiente?

​Valeria miró hacia abajo, evitando la mirada de la mujer. Si la miraba a los ojos, sentía que Beatriz vería a través de ella, que desmantelaría cada uno de sus pensamientos, cada pequeño plan de escape que, en su desesperación, había comenzado a esbozar en su mente.

​—No es eso —logró articular Valeria, su voz sonando extraña, como si fuera la de otra persona—. Solo... a veces me siento un poco sola.

​Beatriz soltó una carcajada seca, un sonido desprovisto de cualquier atisbo de humor.

​—La soledad es el privilegio de quienes tienen tiempo para pensar en estupideces. A partir de hoy, ese tiempo se acabó. Mateo ha decidido que necesitas ocuparte de verdad. La casa necesita una limpieza profunda, no solo de polvo, sino de todo aquello que pueda generar pensamientos negativos. Empezarás por el sótano. Ahí hay cajas antiguas, recuerdos que no deberían estar ahí. Te ocuparás de clasificarlos, de limpiar cada objeto, de borrar cualquier rastro de lo que ya no es útil.

​Valeria sintió un escalofrío. El sótano de esa casa siempre había sido un lugar prohibido, una zona sombría donde Mateo guardaba cosas que nunca le permitió explorar. El hecho de que Beatriz la enviara allí no era una tarea doméstica; era una forma de someterla a un ambiente claustrofóbico, una forma de recordarle que ella no tenía derecho a la intimidad ni al control de ningún espacio.

​—Entendido —respondió Valeria, con la cabeza baja.

​Cuando Beatriz finalmente abandonó la habitación, Valeria se quedó inmóvil. El suspenso de lo que encontraría en el sótano comenzó a consumir su energía. No era solo la tarea, era la intención detrás de ella. Pero, en el fondo, una chispa de curiosidad —peligrosa, sí, pero vital— comenzó a encenderse. Si el sótano era el lugar donde ellos guardaban sus secretos, tal vez, solo tal vez, también sería el lugar donde encontraría las claves de su propia liberación.

​Pasó las horas siguientes atrapada en una red de pensamientos. La dopamina de la incertidumbre la mantenía en un estado de alerta máxima. Cada sonido en la casa, cada crujido de la madera, le recordaba que estaba siendo vigilada. Pero había algo distinto ahora. La rabia, una emoción que durante meses había enterrado bajo capas de sumisión, comenzaba a burbujear en su interior. Ya no era solo miedo; era una determinación fría, calculada.

​Recordó las palabras de su madre, años atrás: «La vida tiene su propio compás». En ese momento, Valeria sintió que el compás había cambiado. Ya no seguía el ritmo de Mateo ni la coreografía de Beatriz. El ritmo era nuevo, irregular, acelerado por el latido de un corazón que se negaba a ser silenciado.

​Al caer la tarde, Mateo entró en la habitación. No se acercó a ella. Se quedó junto a la puerta, su silueta recortada contra la luz del pasillo.

​—Mañana empiezas en el sótano —dijo él, sin rastro de afecto—. Espero que aprendas a valorar el orden, Valeria. Mi madre me ha dicho que has estado siendo "difícil". No me obligues a tomar medidas más drásticas. La paciencia es algo que no me sobra cuando se trata de deslealtad.




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