Echandole Ganas a La Vida

Capítulo 9: El laberinto de cristal

​La mañana siguiente no trajo luz, sino una bruma espesa que se filtraba por las ventanas, tiñendo la casa de un gris sepulcral. Valeria despertó con el corazón martilleando un ritmo de combate. El documento que escondía bajo el colchón no era solo papel; era dinamita. Si Mateo o Beatriz llegaban a sospechar, no habría oportunidad de explicaciones. El instinto le gritaba que el tiempo se agotaba; la tensión en el ambiente era tan palpable que parecía una red invisible tensándose alrededor de su cuello.

​Bajó a desayunar con una precisión matemática. Beatriz estaba en la cocina, operando los utensilios con una frialdad casi mecánica. El olor a café negro era sofocante.

​—El sótano sigue esperando, Valeria —dijo Beatriz sin mirarla, mientras cortaba una pieza de fruta con un cuchillo largo y afilado. El brillo del acero bajo la luz artificial disparó una alarma en la mente de Valeria—. Mateo está impaciente. Él no tolera la ineficiencia.

​Valeria asintió, manteniendo su rostro en una máscara de inexpresividad total.

—Necesito tiempo, Beatriz. Es mucho más complejo de lo que imaginé. Hay capas... archivos que requieren atención detallada si queremos mantener el orden que ustedes exigen.

​Beatriz se detuvo. El silencio que siguió fue atronador. Lentamente, se giró para observar a Valeria, sus ojos entrecerrados en un gesto de análisis depredador. Por un segundo, Valeria sintió que el pulso se le escapaba, que el secreto bajo su ropa era una carga que pesaba toneladas. Pero no pestañeó. Había aprendido que el miedo es un aroma que el narcisista detecta al instante, y ella ya no estaba dispuesta a regalarles ese triunfo.

​Al bajar al sótano, la temperatura descendió bruscamente. Valeria se sintió como una espía en territorio enemigo. Cerró la puerta tras de sí y, esta vez, no encendió la luz principal; usó la linterna. La oscuridad era su aliada. Se dirigió directamente a la mesa donde había encontrado el sobre, pero esta vez fue más allá. Comenzó a mover las cajas pesadas que estaban apiladas contra la pared de piedra. Detrás de una de ellas, encontró una caja fuerte metálica, una de esas pequeñas cajas de seguridad que se esconden tras una rendija.

​Su corazón latía con la fuerza de un motor fuera de control. Sus dedos, hábiles por años de costura y precisión, comenzaron a manipular el dial. No era una combinación compleja; era un código basado en fechas, un patrón narcisista predecible: el cumpleaños de Mateo, el aniversario de una fecha que ella conocía bien. Click.

​La tapa cedió. Dentro, no había dinero, sino algo mucho más devastador: una colección de fotografías, registros y grabaciones de audio en minúsculas cintas. Valeria empezó a revisar las fotos. Eran imágenes de otras mujeres, de otras vidas, de otras "Valerias" que habían pasado por esta misma casa. Sintió una náusea visceral. No era la única; era parte de una secuencia. La dopamina, ahora teñida de horror, la mantuvo en pie. Estaba ante el archivo de crímenes sistemáticos de Mateo.

​De repente, un sonido metálico arriba. Pasos. Pesados, deliberados. Mateo estaba en casa, y se dirigía al sótano.

​Valeria entró en pánico por un milisegundo antes de que la razón tomara el control. Si la encontraba aquí, sería el fin. Guardó las cintas y las fotografías en una bolsa de tela de arpillera y la escondió tras una viga suelta cerca de la entrada, un lugar que nadie revisaría porque estaba lleno de escombros. Se sentó en un viejo taburete y abrió un cuaderno cualquiera, fingiendo estar inmersa en la clasificación cuando la puerta se abrió de golpe.

​Mateo estaba allí, la silueta imponente bloqueando la luz del pasillo. Su rostro era una máscara de sospecha pura.

​—¿Qué haces aquí abajo, Valeria? —su voz resonó en la piedra, profunda y cargada de una amenaza latente—. Llevas horas. ¿Es que el trabajo requiere tanta intimidad?

​—Hay mucho polvo, Mateo —dijo ella, alzando la mirada con una calma forzada—. Si quieres resultados, necesito concentrarme. No puedes esperar que clasifique décadas de registros en una sola mañana.

​Él dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio. El olor a perfume caro y a menta que siempre emanaba de él le revolvió el estómago. Se inclinó, su rostro a centímetros del de ella, buscando una señal, un temblor, una lágrima. Valeria no le dio nada. Mantuvo sus ojos fijos en los suyos, una mirada vacía, la mirada de alguien que ya no tiene nada que perder.

​—Te ves diferente —murmuró él, con un tono que mezclaba curiosidad y peligro—. Casi parece que has dejado de tener miedo.

​—El miedo es una pérdida de tiempo —respondió ella—. Y estoy empezando a ver que, en esta casa, el tiempo es lo único que nos queda.

​Mateo soltó una carcajada que no alcanzó sus ojos. Se dio la vuelta y comenzó a caminar por el sótano, sus dedos rozando las estanterías, tocando las cajas, deteniéndose justo donde ella había ocultado la bolsa. Valeria contuvo la respiración. Sus manos estaban ocultas bajo el cuaderno, apretando los puños hasta que los nudillos se tornaron blancos. El suspenso era tan denso que sentía que el oxígeno en la habitación se estaba agotando.

​Él se detuvo junto a la viga. Se quedó en silencio, observando la pared, como si pudiera sentir que algo estaba fuera de lugar. Valeria sintió que el tiempo se estiraba, convirtiendo cada segundo en una eternidad. Podía oír el latido de su propio corazón resonando en las paredes. Mateo puso una mano sobre la madera de la viga, justo al lado de donde estaba la bolsa.

​—Sabes, Valeria —dijo él, sin mirarla—, mi madre y yo tenemos una política muy clara. La lealtad es un regalo, pero la traición es un pecado que tiene un precio muy alto. Me pregunto si alguna vez serás capaz de entender eso.

​Él no sacó la bolsa. Retiró la mano y se giró, con una sonrisa que no prometía nada bueno.

—Sigue con tu trabajo. Pero recuerda: no saldrás de este sótano hasta que yo esté satisfecho con lo que has hecho. Y créeme, mi satisfacción es muy difícil de alcanzar.




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