Echándole Ganas a La Vida

Capítulo 13: La asfixia de dos mundos

​El olor de la oficina de Dante era inconfundible: una mezcla de cuero caro, tabaco importado y una colonia fría, metálica, que se te pegaba a la piel como una advertencia. Estaba sentada en su sillón de piel, sintiendo cómo el frío del material se filtraba a través de mi vestido. Afuera, la ciudad era un borrón de luces, pero aquí adentro, el tiempo se había detenido. Dante estaba de pie junto al ventanal, observándome a través del reflejo en el cristal, una sombra imponente que dominaba el espacio sin decir una palabra.

​Ese silencio prolongado era su forma favorita de tortura. No era el silencio vacío de Mateo; era un silencio cargado, pesado, que te obligaba a cuestionar tu propia existencia. Me sentía pequeña, comprimida, como si las paredes de esa habitación estuvieran acercándose lentamente.

​—Me han dicho que has estado haciendo preguntas sobre la contabilidad de Mateo —dijo él, sin darse la vuelta. Su voz era grave, una caricia que ocultaba un filo de navaja.

​Mi corazón dio un vuelco. El aire me faltó de golpe, una opresión física en el pecho que me obligó a agarrar los apoyabrazos de la silla. La respuesta que ensayé en mi mente se perdió. El miedo no era un pensamiento; era un sudor frío que empezaba a brotar en mi nuca, una náusea que me subía por la garganta. Dante se giró. Sus ojos, oscuros como el carbón, no buscaban amor; buscaban mi rendición.

​—Solo... solo quería entender cómo funcionan los negocios, Dante. Quiero ser útil para ti —logré articular, mi voz sonando extraña, lejana.

​Él caminó hacia mí con una parsimonia depredadora. Se detuvo a centímetros, invadiendo mi espacio vital hasta que su aliento, con un ligero rastro de menta y amargura, me envolvió por completo. Puso una mano sobre mi hombro. Su agarre no era tierno; era una presión firme, un recordatorio de que él poseía el control. Podía sentir el calor de su palma a través de la tela, un calor que, en lugar de reconfortarme, me hacía temblar.

​—La utilidad es relativa, Valeria —murmuró, inclinándose hasta que sus labios rozaron el borde de mi oreja—. No me gusta que mis cosas anden husmeando en lugares donde no deben. Mateo es un hombre pequeño, un error en el sistema. Pero yo... yo soy el sistema.

​El pánico se convirtió en una espiral. Me di cuenta entonces de que Dante no me estaba rescatando de Mateo; lo que él quería era sustituir a mi carcelero por un amo mucho más poderoso y peligroso. Cada vez que me besaba, cada vez que me susurraba palabras de adoración, lo sentía como una marca de propiedad. Me besaba no con pasión, sino con la intención de dejar su rastro en mí, de asegurar que cualquier otra caricia que recibiera me supiera a poco.

​Regresar a casa después de verlo era un ejercicio de contorsionismo emocional. Tenía que limpiar mi piel, borrar el rastro de su colonia, deshacerme de la tensión en mi mandíbula para que Mateo no notara nada. Mateo me esperaba en la sala, con esa mirada vidriosa y juzgadora que Beatriz le había heredado.

​—Hueles a él —dijo Mateo, mientras yo intentaba pasar de largo. Sus palabras fueron como un latigazo.

​El miedo me paralizó. Me detuve, con el pulso martilleando en mis oídos como un tambor de guerra. El olor de Dante seguía allí, impregnado en mi abrigo, una huella que no podía esconder. Mateo se levantó, su rostro contraído por una mezcla de rabia y algo que rozaba la desesperación. Se acercó a mí, y por un segundo, temí que me golpeara. Sus ojos, inyectados en sangre, escaneaban cada rincón de mi cuerpo, buscando la prueba de mi pecado.

​—No sé de qué hablas —respondí, usando todas mis fuerzas para mantener la mirada fija, para no dejar que el terror me delatara.

​—No me mientas —gritó, agarrándome del brazo con tal fuerza que sentí cómo sus dedos se hundían en mi carne—. ¡Sé que estás jugando con fuego! Él te va a destruir, Valeria. No tienes idea de quién es ese hombre.

​Esa fue la paradoja más cruel: Mateo, mi primer verdugo, me estaba advirtiendo de mi segundo verdugo. Me soltó con un empujón, dejándome tambaleando contra el marco de la puerta. El dolor físico era agudo, pero lo que realmente me quebró fue la realización de que estaba atrapada en un fuego cruzado. No había un héroe en esta historia. Solo dos hombres que, desde ángulos distintos, intentaban devorar lo que quedaba de mi voluntad.

​Esa noche, mientras abrazaba a mi hijo en la oscuridad, sentí el peso de mi propia fragilidad. Mi respiración era irregular, entrecortada. Cada vez que cerraba los ojos, veía los rostros de Mateo y Dante superpuestos, una doble pesadilla que se negaba a terminar. La "entrega" que Dante exigía no era amor; era una cadena más pesada que la de Mateo, forjada en oro pero igualmente opresiva.

​Me di cuenta de que mi salida sería, como bien pediste, un proceso largo. No podía escapar simplemente corriendo; tenía que desmantelar a ambos desde adentro, usando sus propios egos como arma. La dopamina del miedo era ahora mi compañera constante, esa que me mantenía despierta cuando quería desplomarme. Estaba sola. Estaba asustada. Pero, en el fondo, una chispa de rabia fría seguía creciendo. Una rabia que ya no era silenciosa, sino una fuerza que me empujaba a sobrevivir, aunque tuviera que caminar sobre brasas para lograrlo.




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