Echándole Ganas a La Vida

Capítulo 14: El baile de los depredadores

​El aire en la cocina al día siguiente era tan denso que parecía compuesto de cristal molido. Beatriz no decía una palabra, pero sus ojos me seguían como los de una serpiente que espera el momento exacto para lanzar el ataque. Mateo, por su parte, no dejaba de mirar mi cuello, buscando la marca invisible de las manos de Dante. El miedo ya no era una punzada en el estómago; era una temperatura constante, un frío que se me había instalado en los huesos y que solo se disipaba cuando recordaba que yo tenía las pruebas de su fraude en el sótano.

​Pero Dante era diferente. Dante no era un secreto doméstico; era una fuerza de la naturaleza que me buscaba incluso en mis horas de silencio.

​Esa tarde, me interceptó en el parque mientras paseaba con mi hijo. No hubo aviso. Simplemente apareció, caminando con esa elegancia felina que lo hacía destacar entre la multitud. Sus manos, siempre escondidas en los bolsillos de su abrigo caro, me hicieron estremecer. Cuando se acercó, el mundo a mi alrededor se desvaneció. Su olor, esa mezcla de metal y colonia fría, volvió a envolverme, aislándome del resto del mundo.

​—Mateo te está asfixiando —susurró, mientras observaba a mi hijo jugar a unos metros. No era una pregunta, era una sentencia—. Él no entiende que eres un animal de sangre caliente, Valeria. Él quiere una muñeca de porcelana que se rompa al primer impacto. Yo, en cambio, quiero que quemes el mundo conmigo.

​Sentí una descarga de adrenalina pura. Era el bombardeo de amor, sí, pero mezclado con una oscuridad que me resultaba peligrosamente magnética. Dante me tomó de la cintura, acercándome tanto que pude sentir el ritmo de su corazón, un latido pausado, sin rastro de duda. Me besó allí mismo, frente a los árboles, frente al peligro de que alguien nos viera. Fue un beso desmedido, desesperado, una entrega absoluta que me dejó los labios entumecidos. Por un instante, el "subidón" fue tan alto que me creí capaz de todo. Pero luego, el silencio prolongado. Dante me soltó bruscamente y sus ojos cambiaron.

​—Tu marido tiene algo que me pertenece, Valeria. Algo que está escondido en los cimientos de tu casa —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo helado—. Si quieres salir de este agujero, necesito que traigas ese documento antes de que el sol se ponga mañana. O Mateo muere, o pierdes tu oportunidad de ser libre.

​Mi respiración se cortó. El susto fue tan real, tan visceral, que tuve que apoyarme en el banco para no desplomarme. Dante no me amaba; me usaba como una ganzúa para abrir la caja fuerte de Mateo. El ciclo se repetía. La mafia de Dante era solo otra forma de la cárcel de Mateo.

​Al volver a casa, la atmósfera cambió. Mateo estaba esperándome en la entrada, con una mirada tan vacía que me heló la sangre. Beatriz estaba a su lado, con una sonrisa que no era humana, una mueca de satisfacción pura.

​—Dante ha estado buscándote —dijo Mateo, sin levantar la voz. Pero en el movimiento de su mano, vi que sostenía algo: mi cuaderno de notas, el que yo creía haber escondido tan bien—. ¿Crees que no sabemos dónde guardas tus secretos? ¿Crees que eres la primera que intenta jugar a dos bandas?

​El "bajón" fue absoluto. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Estaban coludidos, o quizás, en su locura, se estaban observando mutuamente, usándome a mí como el tablero de su guerra particular. Beatriz caminó hacia mí, sus uñas rozando mi barbilla con una lentitud insoportable.

​—Eres una niña pequeña jugando en un campo de minas —susurró ella—. Pero lo que no sabes, Valeria, es que la única forma de salir de aquí es convertirse en lo que ellos más temen.

​En ese momento, algo dentro de mí se rompió, pero no para mal. Se rompió la última barrera de mi sumisión. Entendí que la "acción" que yo necesitaba no era huir, sino convertirme en el centro de su destrucción. Si Dante quería guerra y Mateo quería control, yo sería el fuego que consumiría a ambos.

​Recordé la determinación de los grandes guerreros que luchan no por la victoria, sino por el derecho a existir. Naruto nunca se rindió ante los que querían borrar su identidad; yo tampoco lo haría. Comencé a tramar mi estrategia. Esa noche, mientras la casa se sumía en un silencio tenso, empecé a mover mis piezas. No sería una huida cobarde; sería una estrategia de choque donde ambos hombres, en su arrogancia, chocarían entre sí mientras yo, con mi hijo en brazos, me preparaba para el gran final.

​La dopamina del peligro comenzó a fluir por mis venas, pero esta vez, yo era la dueña del ritmo. El desenlace sería caro, pero por primera vez en treinta y tres años, sentí que mi destino me pertenecía




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