Echándole Ganas a La Vida

Capítulo 17: La llave del abismo

​La convalecencia me había dejado una debilidad persistente en las rodillas, un recordatorio físico de mi fragilidad que, irónicamente, se convirtió en mi mejor aliado. Mateo me veía como un animal herido, alguien que apenas podía cruzar el pasillo sin sostenerse de las paredes. Esa subestimación fue el arma más afilada de mi arsenal. La casa se sentía como un ecosistema en descomposición: el aire olía a cigarrillo barato y a desesperación. Beatriz ya no era la dueña del orden; caminaba por los pasillos con los hombros hundidos, murmurando números y fechas, mientras Mateo, encerrado en su despacho, se desmoronaba bajo la presión de Dante.

​El despacho era una habitación prohibida. A través de la puerta entreabierta, podía ver el brillo del monitor y el reflejo de la luz sobre el cristal del escritorio. Esperé tres días para que la oportunidad fuera perfecta. El momento llegó cuando Mateo, desesperado por un cargamento que no llegaba, salió de casa a toda prisa, dejando a Beatriz ocupada en la cocina con un teléfono que no paraba de sonar. Mis manos, aunque todavía algo trémulas, se movieron con una precisión quirúrgica. Entré al despacho con el corazón latiendo tan fuerte que temía que el eco se escuchara en todo el pasillo.

​El olor allí era sofocante: una mezcla de café recalentado, papeles viejos y el aroma metálico de la ansiedad. Me acerqué al escritorio. El cajón central estaba cerrado, pero recordé la pequeña grieta en la madera que él mismo había causado durante un arrebato de ira hace meses. Con una horquilla que escondía en mi cabello, presioné el mecanismo. Fue un clic sordo, un sonido que me devolvió a la vida. Dentro, encontré la agenda negra, un pequeño libro de cuero que guardaba todas las coordenadas bancarias que Dante quería y que Mateo protegía con su vida.

​La adrenalina me recorrió el cuerpo, sustituyendo el dolor de mi recuperación por una euforia salvaje. Estaba frente a la prueba del fraude, la prueba que confirmaba que el "éxito" de Mateo no era más que una estafa piramidal financiada con extorsión. Saqué mi teléfono, ajusté la luz y comencé a fotografiar página por página. Mi respiración era un jadeo controlado. Mis ojos escaneaban cada número, cada firma. Si ellos me descubrían, no habría hospital que me salvara; sería el sótano definitivo.

​De repente, escuché pasos en la entrada principal. Beatriz. El pánico me golpeó como un rayo, pero no me paralizó. Guardé la agenda exactamente como estaba, me deslicé hacia la puerta y la cerré con el silencio de una sombra. Me senté en el sofá de la sala, con un libro en las manos, justo cuando ella entraba al pasillo. Mi pulso era un caos, pero mi rostro permaneció inmutable. Ella me miró, escrutándome como si buscara un rastro de mi incursión.

​—¿Has estado aquí todo el tiempo? —preguntó, con esa voz que siempre buscaba una fisura en mi fachada.

​—Llevo horas sin moverme, Beatriz. El dolor en mis piernas no me permite mucho más —respondí, bajando la vista al libro para ocultar el brillo de triunfo en mis ojos.

​Ella resopló y siguió su camino hacia la cocina. Esa noche, mientras la casa se sumía en un silencio tenso, envié las fotos a un servidor externo, una cuenta que había creado días atrás usando una conexión pública desde el hospital. No tenía intención de entregárselas a Dante. Las usaría para quemar a ambos. El sentimiento de posesión sobre mi propio destino era abrumador; por primera vez en años, no era la víctima, era el verdugo. Me acosté en la cama, con el cuerpo adolorido y el alma inflamada por una rabia justa. Mi recuperación sería lenta, pero mi plan ya estaba en marcha. La caída de estos hombres no sería un accidente, sería una obra de arte diseñada por la mujer que ellos creyeron haber destruido. La guerra había comenzado y, por fin, yo tenía el arma para ganar.




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