Dante era la antítesis de Mateo. Mientras mi esposo era un hombre de tez pálida y enfermiza, con esos ojos azul acuoso que siempre evitaban el contacto directo y un cabello castaño oscuro siempre peinado con una rigidez que delataba su ansiedad, Dante era una presencia física imponente. De piel bronceada, casi cobriza por el sol, con el cabello negro azabache, corto a los lados y despeinado con intención sobre la frente. Sus ojos, oscuros como el café sin azúcar, tenían la capacidad de inmovilizarte. Cuando me citó en el viejo almacén del puerto, el aire salado y el olor a óxido se mezclaron con su perfume de sándalo.
—¿Lo tienes? —preguntó, apoyado contra una viga de acero. Su cuerpo atlético se tensaba bajo la chaqueta de cuero negro.
Sentí el miedo, pero esta vez, el odio lo envolvía como una armadura. Ya no era la mujer que temblaba al verlo. Había pasado días analizando mis fotografías. Sabía que Dante también era un narcisista, solo que el suyo era de tipo exhibicionista y dominante, a diferencia de la frialdad manipuladora de Mateo.
—Tengo algo mejor que un documento, Dante —dije, acercándome a él. Sentí la calidez de su aliento y el peligro que emanaba. Mis manos estaban sudorosas, pero mi voz no tembló—. Sé dónde guarda Mateo el efectivo que no está en los libros. Sé que Beatriz está transfiriendo fondos a cuentas en las islas cada viernes.
Dante se acercó, invadiendo mi espacio. Su mano, grande y callosa, tomó mi mentón, obligándome a mirarlo. Sus dedos estaban calientes, un contraste con el frío que yo sentía en el pecho.
—Valeria, si esto es un juego, te aseguro que no te gustará el final. Mateo es un cobarde, pero yo no tengo paciencia.
—No es un juego —respondí, bajando la voz hasta convertirla en un susurro cargado de rencor—. Es el mapa para enterrarlo. Y si me ayudas a que él caiga, te entregaré la agenda completa.
Sentí una oleada de asco al ver cómo sus ojos brillaban con codicia. Dante no me quería; quería el control del territorio que Mateo había construido con mentiras. El sentimiento de odio hacia ambos creció dentro de mí como una hiedra venenosa. Quería que se destruyeran. Quería ver a Mateo, con su tez pálida y su postura encorvada, suplicando por una misericordia que nunca mostró. Quería ver a Dante, con toda su prepotencia física, caer en la trampa que yo estaba tejiendo.
Al llegar a casa, Beatriz me recibió en la puerta. Su rostro, surcado por arrugas de amargura y una piel amarillenta que delataba sus años de tensión, me escaneó. Sus ojos negros, como dos cuentas de vidrio, parecían leer mis intenciones.
—Has estado con él —dijo ella, con una voz que era un siseo. Su olor a lavanda rancia me provocó una arcada física—. Hueles a puerto, a sal y a él.
—Fui a caminar, Beatriz. Necesito aire. Algo que esta casa, con su olor a encierro y mentiras, no puede darme —respondí, caminando hacia mi habitación.
La soledad de mi cuarto fue mi refugio. Me miré en el espejo. Mis ojos, antes brillantes, ahora tenían una profundidad oscura. Mis labios estaban partidos. Me toqué la mejilla, recordando la huella de la mano de Mateo. El dolor se había transformado en combustible. Había aprendido que el amor de Dante era una mentira y el de Mateo una condena. Mi único amor, mi único sentimiento puro, era el de mi hijo, quien dormía en la habitación contigua.
Cada paso que daba era una nota en esta sinfonía de autodestrucción que ellos mismos habían compuesto. La lógica dictaba que debía huir, pero el odio me obligaba a quedarme hasta verlos arder.