Echándole Ganas a La Vida

Capítulo 20: El bautismo de barro y ceniza

​El sótano se convirtió en mi mausoleo. La humedad se infiltraba en mis pulmones, convirtiendo cada bocanada de aire en una lucha contra la asfixia. Mi piel, antes suave, era ahora un mapa de costras, cortes infectados y el color cetrino de la desnutrición. Beatriz no se conformaba con el trabajo; necesitaba ver la descomposición de mi espíritu. Esa noche, bajó con un cuchillo de cocina, uno de esos con el filo mellado que solía usar para cortar carne congelada.

​—Tu lealtad es cuestionable, Valeria —dijo, con esa voz que sonaba como cristales rompiéndose en una jarra de metal.

​Me obligó a poner mi mano sobre el banco de madera donde ella trabajaba. El terror, esa descarga eléctrica que paraliza el sistema nervioso, me inmovilizó. El dolor fue tan agudo que, durante unos segundos, mi cerebro simplemente se apagó. El corte fue preciso, un tajo que abrió la carne sobre mis nudillos, justo donde la piel se estira al cerrar el puño. La sangre brotó, oscura, espesa, tiñendo el suelo de cemento de un rojo negruzco que se mezclaba con la mugre. El grito se me atascó en la garganta, un rugido sordo que terminó en un gemido lastimero.

​—Para que aprendas a no tocar lo que no te pertenece —susurró, mientras yo me desvanecía en un mar de mareo y náuseas.

​Mateo estaba allí, viendo todo con esa frialdad de autómata. Él tomó mi mano sangrante, no para curarla, sino para ver cómo la sangre se filtraba por sus dedos. Lo sentí. Sentí el poder que ellos sentían al verme reducida a un trozo de carne que sufre. Aquella noche, la fiebre me consumió. Aluciné con sombras que bajaban por las paredes, con voces que me gritaban que me rindiera. El trauma se grabó en mi sistema límbico; cada vez que cerraba los ojos, sentía el filo del metal atravesando mi piel, sentía el peso del mundo colapsando sobre mis hombros.

​No hubo médicos. Solo una venda sucia que Beatriz lanzó sobre la herida, que empezó a supurar un líquido verdoso a los pocos días. La infección fue una compañera constante; el dolor pulsante, el ritmo cardíaco que sentía en la propia herida, el olor a carne podrida que emanaba de mí misma. Me arrastraba por el sótano, limpiando mi propia sangre del suelo, mientras el odio se cristalizaba en algo sólido, denso, casi tangible.

​En mis momentos de lucidez, rodeada por el hedor de mi propia decadencia, entendí que para renacer, primero tenía que aceptar mi propia muerte. La mujer que entró en esta casa estaba muerta; lo que quedaba era algo nuevo, algo nacido del polvo, de la sangre y de una amargura tan profunda que ya no conocía límites. Me vi en un charco de agua sucia en el suelo. Mi rostro estaba demacrado, mis mejillas hundidas, mi cabello enredado y lleno de costras de sangre seca. Parecía un espectro.

​Pero en ese espectro, en esos ojos que habían visto el infierno y se habían negado a cerrar, estaba la semilla del fin de Mateo y Beatriz. Empecé a usar el dolor. Cuando el latido de la infección en mi mano se volvía insoportable, me obligaba a pensar en su destrucción. Me obligaba a visualizar el momento en que sus vidas colapsarían. La sangre que perdí no fue una pérdida; fue un pago por adelantado por el caos que estaba a punto de desatar.

​Cada día era una prueba de resistencia. Me alimentaba de las sobras que Beatriz arrojaba como si fuera un perro, pero mi mente masticaba planes, estrategias, veneno. No era una lucha de fuerzas, era una lucha de voluntades. Mi trauma severo, las pesadillas que me hacían despertar gritando en la oscuridad del sótano, el temblor involuntario de mis manos cuando veía un cuchillo... todo eso pasó a formar parte de mi armadura. Ya no buscaba la compasión, porque sabía que en este mundo, la compasión es solo un cebo para atrapar a los débiles.

​El polvo y la ceniza se convirtieron en mi elemento. Me estaba reconstruyendo desde las entrañas del dolor, convirtiendo cada segundo de mi calvario en una nota de una sinfonía de venganza que apenas comenzaba a sonar.




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