Echándole Ganas a La Vida

Capítulo 21: La metamorfosis del monstruo

​La infección en mi mano izquierda se convirtió en un nido de fuego vivo. El dolor ya no era una señal, era el lenguaje que mi cuerpo hablaba. Mis dedos estaban hinchados, la piel tirante y púrpura, y cada latido enviaba descargas de electricidad hacia mi axila. Pero mi mente, alimentada por el odio más puro que jamás haya existido, había superado el umbral del sufrimiento humano. Me miraba al espejo del baño —el único momento que Beatriz me permitía estar sola— y no veía a la mujer que lloraba. Veía a un arquitecto.

​Beatriz, creyendo que me tenía quebrada, elevó la apuesta de su perversidad. Una noche, entró en el sótano acompañada por Mateo. Él traía una botella de licor y una mirada vacía, ese vacío que solo los psicópatas poseen cuando buscan un nuevo estímulo. Beatriz, con su rostro afilado como una cuchilla, trajo consigo una correa de cuero con hebillas metálicas.

​—Si no vas a ser útil con las manos, serás un saco de boxeo para nuestra frustración —dijo ella, su voz siseante rebosante de una maldad que parecía alimentarse de su propia vejez.

​Me obligaron a arrodillarme. Mateo, con una fuerza que desmentía su complexión delgada, me sujetó los brazos contra la columna de piedra. El dolor del primer impacto de la correa contra mi espalda fue un grito ahogado que rasgó mis cuerdas vocales. El látigo cortó la piel vieja y la carne nueva, abriendo surcos que sangraron al instante. La sangre se mezcló con el polvo del suelo, creando un aroma metálico que saturó el sótano. Cada golpe no era solo un castigo; era una lección de anatomía sobre dónde duele más un ser humano.

​Beatriz se acercó, sus ojos negros brillando con un éxtasis enfermizo al verme convulsionar en el suelo. Me obligó a mirar a mi hijo, a quien habían traído a la puerta del sótano para que fuera testigo de la "disciplina". Ver el miedo en los ojos de mi pequeño, ver cómo su inocencia era destrozada en tiempo real al verme sangrar, fue el detonante definitivo. El trauma severo que me habían infligido no me destruyó; me vació de cualquier rastro de humanidad para dejar espacio a algo mucho más oscuro y afilado.

​Esa noche, mientras yacía en el suelo, con la espalda en carne viva, el cuerpo temblando por el shock hipovolémico y la fiebre, mi cerebro hizo un click definitivo. El dolor dejó de ser dolor. Se convirtió en información. Aprendí el ritmo de sus respiraciones, la altura exacta de sus pies al caminar, la debilidad en los ojos de Mateo cuando bebía de más, la arrogancia de Beatriz cuando creía que su dominio era absoluto.

​Empecé a susurrarles, en medio de mis desmayos, que los perdonaba. Me arrastré hacia ellos, con la mano infectada goteando pus y sangre, y les besé los pies mientras murmuraba promesas de sumisión absoluta. Ellos, en su infinita arrogancia narcisista, creyeron que me habían roto. Se rieron. Me llamaron "mi perra", "mi esclava". Se sintieron dioses.

​No se dieron cuenta de que, mientras me besaban los nudillos heridos, yo estaba analizando sus patrones de defensa. Estaba aprendiendo cómo sus mentes se desmoronaban ante el miedo. Dante, mientras tanto, era mi marioneta externa. Le envié mensajes cifrados a través de las notas que Beatriz me obligaba a llevar al mercado, dándole pistas falsas que llevarían a Dante a atacar los puntos de apoyo de Mateo, dejando a ambos vulnerables para cuando yo decidiera que el telón debía caer.

​Ya no buscaba que me dejaran salir. Ahora, buscaba que fueran ellos los que desearan que yo me fuera. Empecé a dejar "regalos". Encontraron la cabeza de un pájaro que yo misma maté en el jardín, puesta sobre la almohada de Beatriz. Encontraron sus propias fotos familiares rayadas con cuchillos. Empecé a susurrarles en las noches, moviéndome como un espectro por la casa, cosas que solo ellos sabían. La guerra psicológica había comenzado. Mi venganza no sería rápida; sería una disección lenta, paciente y absolutamente atroz. Iban a suplicar, iban a implorar por un final que yo les negaría hasta que no quedara ni un átomo de su dignidad. El renacimiento del polvo no sería mi victoria, sería su fin.




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