El día de la boda amaneció con un sol radiante que parecía burlarse de la realidad que se gestaba entre sombras. Para Luna, el bullicio en la mansión Black era una melodía de felicidad. Estilistas, maquilladores y asistentes corrían de un lado a otro, ajustando el encaje de su vestido, un diseño que ella misma había retocado en secreto para darle un toque personal y único.
—Estás preciosa, hija —murmuró su madre, Elisa, mientras le colocaba el velo de seda. —Hoy te conviertes en una de las mujeres más poderosas del país. No lo olvides nunca.
Luna se miró al espejo. Su reflejo le devolvía una imagen de pureza y esperanza. "Damián llegará a amarme", se repetía como un mantra. "Cuando vea que soy su compañera fiel, se olvidará de cualquier otra."
Mientras tanto, en la suite del hotel donde Damián se preparaba, la atmósfera era sepulcral. No había risas, solo el sonido del nudo de la corbata ajustándose bajo un rostro de piedra. Su mejor amigo y primo, Hernán, entró a la habitación con una copa de coñac.
—Todavía puedes echarte atrás, Damián. Casarse por odio es una sentencia de cadena perpetua —dijo Hernán, observando la mandíbula tensa de su primo.
—No es por odio, es por los activos de los Black y por mi herencia —respondió Damián con voz gélida—. Ella es solo el precio que tengo que pagar. Pero no esperes que sea un esposo ejemplar. Mi vida privada seguirá perteneciendo a quien yo elija.
La ceremonia en la catedral fue un despliegue de opulencia. Cientos de invitados observaban lo que parecía el "matrimonio del año". Cuando Luna caminó hacia el altar, sus ojos buscaban los de Damián, esperando encontrar una chispa de ternura. Sin embargo, lo que encontró fue una mirada vacía, tan fría como el mármol de las estatuas que los rodeaban.
—Acepto —dijo Luna con voz clara y llena de fe. —Acepto —respondió él, con una brevedad mecánica que heló la sangre de la novia.
Al salir de la iglesia, bajo una lluvia de pétalos de rosa y flashes de la prensa, Damián ni siquiera le apretó la mano. En el coche de camino a la recepción, el silencio fue su primera bofetada.
—¿Estás feliz, Damián? —preguntó Luna tímidamente, tratando de romper el hielo.
Damián ni siquiera se giró para mirarla. Sacó su teléfono y comenzó a escribir un mensaje. —He cumplido con mi parte del trato con mi abuelo, Luna. Tú tienes el apellido y yo tengo mi empresa. No esperes nada más de esta unión. Mañana nos mudamos a la casa nueva, y te sugiero que busques en qué ocupar tu tiempo, porque en el mío no estarás incluida.
Las lágrimas pincharon los ojos de Luna, pero se obligó a tragárselas. La recepción fue un suplicio de sonrisas fingidas para las fotos. Damián se mantuvo alejado, bebiendo con sus socios y, en más de una ocasión, Luna lo vio desaparecer en un rincón apartado para hablar por teléfono... ella sabía, en el fondo, que era Vanessa quien estaba al otro lado de la línea.
Esa noche, en la suite nupcial, no hubo romance. Damián simplemente dejó su chaqueta sobre una silla y se dirigió a la puerta.
—Dormiré en la habitación de invitados —sentenció. —No quiero que te hagas ideas equivocadas. Este matrimonio es un negocio, y tú eres solo un contrato firmado.
Luna se quedó sola, vestida de blanco, rodeada de flores cuyo aroma ahora le resultaba asfixiante. Su sueño de amor se había transformado, en menos de doce horas, en una jaula de oro y soledad.