El aire en el piso 42 de la Torre corporativa se volvió gélido en cuanto las puertas del ascensor se abrieron. Valeria ajustó su blazer blanco, una armadura impecable para la guerra que sabía que estaba a punto de librar. Al entrar en la sala de juntas, sus tacones resonaron como disparos sobre el mármol.
Ahí estaba él. Julián.
Llevaba un traje gris marengo hecho a medida que gritaba arrogancia, con el primer botón de la camisa desabrochado y esa sonrisa ladeada que Valeria siempre había tenido ganas de borrarle a bofetadas. Él no se levantó; simplemente giró su silla de cuero y la recorrió con una mirada cargada de un desprecio familiar.
—Vaya, la puntualidad sigue sin ser uno de tus accesorios, Valeria. ¿O es que el perfume barato que usas te retrasó en la entrada? Huele a desesperación —soltó él, cruzando los brazos sobre el pecho.
Valeria dejó caer su maletín sobre la mesa con un golpe seco, justo frente a él.
—Y tú sigues siendo un monumento al egoísmo, Julián. Veo que el tiempo no ha hecho nada por tu falta de modales, ni por ese intelecto... limitado.
El abogado de la familia, el señor Méndez, carraspeó con incomodidad.
—Suficiente. Los términos del testamento de sus abuelos son inamovibles. O gestionan juntos el proyecto "Cabo Luna" durante los próximos tres meses, o la propiedad se vende a la corporación extranjera y ambos pierden su herencia. Firmen aquí.
Se miraron con un odio que parecía físico, una electricidad estática que hacía que el resto de los presentes retrocediera un paso. Valeria firmó con un trazo violento, casi rompiendo el papel. Julián lo hizo justo después, rozando deliberadamente los dedos de ella con los suyos. El contacto fue como una descarga eléctrica que ambos fingieron no sentir.