Ecos de las Cenizas

Capítulo 3: La tormenta perfecta

El viaje de inspección a los acantilados de Cabo Luna terminó en desastre. Una tormenta tropical, de esas que transforman el cielo en una cortina de plomo, los dejó atrapados en una cabaña de madera destinada a los guardabosques. Sin señal de móvil, sin luz y, para desgracia de Valeria, con una sola manta de lana vieja.
—Ni te acerques a mi lado de la cabaña —advirtió ella, sentada en el suelo y temblando mientras el viento aullaba afuera.
—Por favor, deja de actuar como si fuera a aprovecharme —bufó Julián, quitándose la camisa empapada. Los músculos de su espalda se tensaron bajo la luz de los relámpagos—. Ni que fueras tan irresistible bajo la lluvia.
—¡Eres un idiota! —exclamó ella, lanzándole un cojín.
Pasaron las horas intercambiando insultos que, poco a poco, perdieron su filo. El frío se volvió insoportable y, finalmente, el instinto de supervivencia venció al orgullo. Se sentaron juntos contra la pared, compartiendo la manta. En la penumbra, las confesiones empezaron a fluir como veneno extraído de una herida.
—¿Por qué me culpaste de lo que pasó hace dos años? —preguntó Valeria en un susurro, mirando el fuego agonizante de la chimenea.
—Porque era más fácil odiarte que admitir que me dolió que no confiaras en mí —confesó él, sorprendiéndose a sí mismo.
Por primera vez en años, no hablaban para herirse, sino para reconocer las cicatrices que ambos compartían




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