Valeria abrió los ojos, empañados aún por la rabia, pero ahora encendidos por algo mucho más peligroso: la vulnerabilidad.
—¿Por eso? —susurró ella, con la voz rota—. ¿Por eso te convertiste en mi peor pesadilla? ¿Porque no supiste qué hacer con lo que sentías?
Julián soltó una risa seca, carente de alegría, y apoyó el peso de su cuerpo contra la estantería, atrapándola en el pequeño espacio entre la madera y su pecho.
—Era más fácil odiarte que aceptar que cada decisión que tomaba en mi carrera era para estar a tu altura, Valeria. Cada vez que te criticaba, intentaba convencerme a mí mismo de que no eras perfecta. Pero fallé. Siempre fallé.
El repiqueteo de la lluvia contra los cristales del gran ventanal del despacho parecía marcar el ritmo de un reloj que se había detenido para ellos. Valeria llevó una mano a la mejilla de Julián, rozando la incipiente barba con una delicadeza que lo hizo estremecerse. La ironía era casi cruel: habían pasado meses discutiendo sobre la estructura de un hotel, cuando la verdadera demolición estaba ocurriendo dentro de ellos.
—No eres un estorbo, Julián —admitió ella, bajando la guardia por primera vez—. Nunca lo fuiste. Solo tenía miedo de que, si te dejaba entrar, mi ambición se disolviera en ti. Y yo... yo no sabía quién era si no era la mujer que siempre ganaba.
—Pues ahora hemos perdido los dos —murmuró él, buscando de nuevo sus labios, pero esta vez con una ternura que dolía más que cualquier insulto.
Un giro inesperado
Sin embargo, el refugio del archivo no era impenetrable. El sonido de unos pasos firmes en el pasillo y el eco de una conversación telefónica los obligó a separarse bruscamente. Era la voz del inversor principal, el mismo que Julián había desafiado esa mañana.
—...no me importa el ahorro del 15%, quiero ese contrato rescindido para mañana. No voy a permitir que un par de jóvenes con tensiones personales manejen mis millones. O se alinean, o el proyecto del hotel se muere antes de poner la primera piedra.
Valeria y Julián se miraron. El secreto ya no era solo suyo; el mundo exterior, el mismo que los había enfrentado, ahora amenazaba con destruir lo único que acababan de construir sobre las ruinas de su odio
La cercanía del archivo se evaporó en un instante, reemplazada por el instinto de supervivencia profesional. Mientras los pasos del inversor se alejaban por el pasillo, la realidad los golpeó con la frialdad de un bloque de hielo: su confesión no solo había roto sus muros personales, sino que los había dejado expuestos ante el tiburón más peligroso de la junta