La mañana siguiente, el vestíbulo del edificio corporativo no olía a lluvia, sino a perfume costoso y a problemas inminentes. Valeria llegó temprano, intentando que las ojeras tras una noche de insomnio no delataran el caos que sentía. Pero al entrar en la sala de juntas, no encontró a Julián. En su lugar, sentado en la cabecera con una arrogancia que rivalizaba con la de su compañero, estaba alguien que ella esperaba no volver a ver jamás.
—Vaya, Martínez. El tiempo te ha sentado de maravilla, aunque veo que tu gusto por los proyectos imposibles sigue intacto —dijo el hombre, levantándose con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
Sebastián Varga. El arquitecto estrella que había sido el mentor de Valeria —y algo más— años atrás, antes de que una traición profesional los separara de forma fulminante.
—¿Qué haces aquí, Sebastián? —preguntó Valeria, sintiendo que el aire se volvía denso—. Este es mi proyecto. Mi hotel.
—Era tu proyecto —corrigió él, ajustándose la chaqueta—. Los inversores están... inquietos. Han decidido traer a un "consultor externo" para asegurar que la inversión no se pierda en dramas personales. A partir de hoy, yo tengo la última palabra sobre cada plano, cada piscina y cada centavo.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Julián entró, deteniéndose en seco al ver la escena. Su mirada viajó de la mano de Sebastián, que descansaba con excesiva familiaridad sobre el hombro de Valeria, a los ojos de ella, que buscaban desesperadamente una señal de alianza.
—¿Y este quién es? —soltó Julián, con una voz que recuperó instantáneamente su filo gélido, aunque esta vez el látigo no iba dirigido a Valeria.
—Julián, te presento a Sebastián Varga —dijo ella, con un nudo en la garganta—. El nuevo jefe de supervisión.
Sebastián se acercó a Julián, extendiendo una mano que este ignoró olímpicamente.
—He oído mucho sobre ti, Julián. Un talento... impetuoso. Pero Valeria y yo tenemos una historia que va mucho más allá de los planos. Ella necesita a alguien que sepa manejarla, no a alguien que intente destruirla en cada reunión.
Julián dio un paso al frente, invadiendo el espacio personal de Sebastián. La tensión en la sala era tan alta que parecía que los cristales iban a estallar.
—Lo que Valeria necesite o deje de necesitar es algo que ella y yo ya dejamos claro anoche —respondió Julián, lanzándole a Valeria una mirada cargada de posesividad y una advertencia silenciosa—. Y si crees que vas a poner un pie en este hotel para jugar al héroe del pasado, estás muy equivocado.
Valeria se vio atrapada en medio del fuego cruzado: entre el hombre que le había roto el corazón una vez y el hombre que se lo estaba recomponiendo a base de incendios.
La oficina técnica se convirtió en un campo de batalla silencioso. Sebastián no usaba gritos; usaba sutiles tachaduras rojas y correcciones en los márgenes de los planos que Julián había perfeccionado durante noches enteras