Ecos de las Cenizas

Capítulo 8: El veneno en los planos

Eran las dos de la mañana cuando Julián encontró a Sebastián en la sala de maquetas, inclinado sobre la estructura del ala oeste del hotel. Valeria estaba en su oficina, absorta en los presupuestos, ajena a la guerra fría que se libraba a pocos metros.
—Ese ángulo de carga es un error, Julián —dijo Sebastián sin levantar la vista, su voz destilando una falsa preocupación—. Si lo dejas así, la estética sacrificará la seguridad. He sugerido a la junta que eliminemos tu diseño de la fachada flotante. Es... demasiado arriesgado para alguien con tu poca experiencia en estructuras de gran escala.
Julián apretó los puños, sintiendo cómo la sangre le hervía. Sabía que su diseño era impecable; lo había verificado tres veces. Sebastián no estaba corrigiendo errores, estaba borrando su huella del proyecto para que solo quedara la suya junto a la de Valeria.
—Mi diseño cumple con todas las normativas internacionales, Varga —respondió Julián, acercándose a la mesa con pasos lentos y peligrosos—. Lo que te molesta no es el ángulo, es que Valeria prefirió mi visión sobre la tuya.
Sebastián soltó una carcajada seca y se giró, apoyándose contra la mesa.
—Valeria siempre vuelve a lo que conoce. Tú eres solo un episodio de rebeldía en su carrera. Mañana presentaré el informe técnico que invalida tu trabajo. Si ella firma, tu nombre desaparece del crédito principal. Y créeme, ella firmará porque confía en mi criterio profesional... o al menos en lo que solíamos ser.
La encrucijada de Valeria
Al día siguiente, Valeria se encontró con un documento sobre su escritorio que quemaba al tacto. Era el informe de Sebastián. Si lo firmaba, el proyecto avanzaría sin retrasos ante los inversores, pero Julián quedaría relegado a un papel secundario, humillado profesionalmente.
Julián la observaba desde el umbral de la puerta, con los brazos cruzados y una expresión que era una mezcla de desafío y temor. No iba a pedirle que lo defendiera; su orgullo no se lo permitía. Por otro lado, Sebastián entró en la oficina con dos cafés, sonriendo como si nada hubiera pasado.
—Solo es una firma, Val —presionó Sebastián con suavidad—. Hagámoslo por el hotel. Por nuestro legado.
Valeria miró el bolígrafo y luego levantó la vista hacia Julián. El silencio en la habitación era tan pesado que resultaba difícil respirar.

El sonido del bolígrafo deslizándose sobre el papel fue casi imperceptible, pero para Julián sonó como un disparo. Valeria evitó su mirada mientras entregaba el informe firmado a Sebastián.




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