Golpeó la puerta con insistencia. Tardó un siglo en abrirse, y cuando lo hizo, la imagen de Julián la detuvo en seco. No llevaba chaqueta ni corbata; tenía la camisa desabrochada y una maleta abierta sobre el sofá, llena de libros y planos enrollados.
—Vete, Valeria —dijo él, sin dejarla pasar—. Ya firmaste. Ya ganaste. Déjame terminar de empacar en paz.
—No voy a dejar que te vayas —respondió ella, forzando la entrada y cerrando la puerta tras de sí—. He cometido un error de cálculo, Julián. Pensé que podía salvar el hotel sacrificando tu nombre, pero me di cuenta de que el hotel no significa nada si no estás tú en cada plano.
Julián soltó un rollo de papel sobre la mesa y se giró, con los ojos inyectados en sangre.
—¿Y qué vas a hacer? ¿Borrar tu firma? Sebastián ya tiene el documento. Los inversores ya están celebrando que el "niño rebelde" está fuera de juego. Has elegido tu carrera, Martínez. Y está bien, siempre ha sido lo más importante para ti.
—¡Me importa el proyecto porque es lo único que nos unía! —gritó ella, acortando la distancia entre ambos—. Pero si para tener ese hotel tengo que dejar que ese cínico te humille, prefiero que lo demuelan antes de construirlo.
Valeria sacó su propio teléfono y, frente a él, redactó un correo con copia a toda la junta directiva y a Sebastián.
> "Informo que el documento firmado esta tarde queda invalidado por vicios en la supervisión técnica. Si el diseño original de Julián no se mantiene íntegro, retiro mi firma y mi liderazgo del proyecto de forma inmediata. No habrá hotel sin su visión."
>
Le mostró la pantalla a Julián. Sus dedos temblaban, pero su mirada era firme.
—Acabo de declarar la guerra a los dueños del capital, Julián. Mañana probablemente estemos los dos en la calle. Pero no voy a dejar que Sebastián gane esta partida.
Julián miró el teléfono y luego a ella. El silencio cambió de textura; la furia se disolvió en una incredulidad que poco a poco se transformó en algo mucho más profundo. Lentamente, dejó caer la maleta al suelo.
—Estás loca —susurró él, acortando el paso hasta que sus respiraciones volvieron a mezclarse, igual que en el archivo—. Acabas de destruir diez años de carrera por un diseño... y por mí.
—No por un diseño —corrigió ella, rodeando su cuello con los brazos—. Por nosotros. Porque prefiero empezar de cero contigo que reinar sola en un edificio vacío.
El contraataque de Sebastián
La respuesta no tardó en llegar. Mientras ellos estaban allí, el teléfono de Valeria vibró con una llamada de Sebastián. No era un mensaje de texto esta vez; era una amenaza directa.
Valeria miró la pantalla vibrante. El nombre de Sebastián parpadeaba como una señal de advertencia. Intercambió una mirada con Julián; él asintió con una seriedad sombría, autorizándola en silencio a poner el altavoz.