Valeria se ajustó el casco blanco y suspiró al ver el lodo que ya manchaba sus botas de piel. A su lado, Julián revisaba una tableta digital con el ceño fruncido, señalando una de las zanjas de la sección norte. El éxito sobre Sebastián les había dado el control, pero también una lupa gigante sobre sus cabezas. La junta directiva no perdonaría ni un centímetro de error después del escándalo financiero.
—El terreno está cediendo más de lo previsto en el eje C-14 —dijo Julián, levantando la voz por encima del ruido de una hormigonera—. Si no reforzamos la inyección de concreto ahora, la estructura del ala este tendrá la estabilidad de una gelatina.
—Eso retrasaría el cronograma dos semanas, Julián —respondió Valeria, cruzándose de brazos—. Los inversores ya están nerviosos porque el presupuesto de seguridad subió un 15% tras auditar las cuentas de Sebastián. Si les digo que vamos tarde antes de poner la primera piedra de la fachada, pedirán nuestras cabezas.
Julián apagó la pantalla y la miró fijamente. Sus ojos, antes llenos de la paz de aquella noche de victoria, ahora reflejaban la presión de la responsabilidad técnica.
—Prefiero que me corten la cabeza por un retraso que por un edificio que se agriete en cinco años. Valeria, este es "nuestro" hotel. No podemos permitirnos los atajos que tomaba él.
El fantasma de la oficina
Mientras discutían, un coche negro de alta gama se detuvo frente a la verja de seguridad. De él bajó una figura que Valeria reconoció de inmediato: Elena Vance, la auditora externa enviada por la junta para "supervisar" la transición. Elena no era una aliada; era una mujer de números fríos que veía el diseño de Julián como un gasto innecesario y la relación de ambos como un riesgo operativo.
—Ingeniera Martínez, Arquitecto —saludó Elena, caminando sobre las tablas de madera con una precisión quirúrgica—. He revisado sus últimas peticiones de material. Parece que han solicitado un acero de grado superior al que figuraba en el contrato original.
—Es el grado necesario para soportar el voladizo del piso diez —explicó Julián con calma tensa.
—Es un lujo que no estaba presupuestado —replicó Elena, ajustándose las gafas—. La junta me ha dado órdenes estrictas: cualquier desviación superior al 2% debe ser aprobada por el comité. Y dudo que lo aprueben mientras sigan circulando rumores sobre... "favoritismos" en la dirección del proyecto.
Valeria sintió un escalofrío. El video del archivo no había salido a la luz, pero el veneno que Sebastián esparció antes de irse seguía flotando en los pasillos de la constructora.
Una apuesta arriesgada
Esa tarde, en el tráiler que servía de oficina de obra, la tensión era palpable. Valeria miraba el plano de cimentación y luego a Julián, que trabajaba en un rediseño de emergencia para abaratar costos sin perder seguridad.
—Si cedemos con el acero, el diseño pierde su esencia —murmuró ella, sentándose en la mesa de dibujo—. Pero si nos enfrentamos a Elena ahora, nos quitará la autonomía de la obra.
Julián dejó el lápiz y rodeó la mesa para quedar frente a ella. El espacio era pequeño, cargado con el olor a café y papel recién impreso.
—Hay una tercera opción —dijo él en voz baja—. Conozco a un proveedor en el norte que tiene excedentes de una obra paralizada. Es el mismo acero, a mitad de precio, pero tenemos que transportarlo nosotros mismos este fin de semana. Fuera de los libros de la constructora, hasta que podamos regularizarlo como una "donación por excedente".
Valeria lo miró, procesando el riesgo. Era una maniobra al filo de la legalidad, exactamente el tipo de juego que Sebastián habría jugado, pero por las razones correctas.
—Si Elena se entera, nos despedirán por algo real esta vez —advirtió ella.
—Solo si no confías en que podemos cubrir el rastro —respondió él, extendiendo una mano hacia ella—. ¿Qué dices, socia? ¿Jugamos su juego para salvar nuestro sueño?
La tensión de la oficina se trasladó a la carretera. La operación "Acero del Norte" no solo era un riesgo logístico; era la primera vez que Valeria y Julián operaban fuera de los márgenes legales que tanto habían defendido