El reloj del tablero marcaba las 02:15 AM. Valeria apretaba el volante de la camioneta todoterreno con los dedos amoratados por el frío y la tensión. Seguía de cerca las luces traseras del camión de plataforma que Julián había alquilado bajo un nombre falso, un hombre de apellido inventado que ya había pagado con un adelanto en efectivo imposible de rastrear. La lluvia no cesaba. Golpeaba el parabrisas con una insistencia casi acusadora, como si el cielo mismo quisiera grabar en su conciencia cada kilómetro recorrido fuera de la ley.
—Si nos detiene una patrulla, no tenemos guía de carga —dijo Valeria, rompiendo un silencio que se había vuelto insoportable después de media hora de carretera—. No tenemos facturas, no tenemos permisos de tránsito, y ese acero no aparece en ningún inventario oficial. Julián, si esto sale mal, no habrá junta directiva que nos salve. Iré a la cárcel con un casco blanco puesto.
Julián, en el asiento del copiloto, revisaba un mapa impreso con las rutas alternas marcadas a mano. El GPS estaba apagado desde que salieron del estacionamiento de la obra, y los teléfonos descansaban dentro de una bolsa metalizada para evitar cualquier triangulación. Habían pensado en todo. O al menos eso quería creer.
—El proveedor es de confianza, Valeria. Es un antiguo compañero de la facultad que prefiere vender este excedente a precio de costo que declarar la quiebra total de su obra. Estamos reciclando, técnicamente —trató de bromear él, aunque su pierna no dejaba de moverse con un nerviosismo que hacía vibrar el tablero.
—No es reciclaje, Julián. Es desvío de materiales. Y si Elena lo descubre, nos va a colgar en la plaza pública de la industria.
Él suspiró, dejando el mapa sobre sus rodillas. La luz tenue del tablero dibujaba sombras profundas bajo sus ojos.
—Entonces asegurémonos de que no lo descubra.
El encuentro en el desguace
Llegaron a una zona industrial desolada en las afueras de la ciudad, un paraje sin nombre que los lugareños llamaban «el kilómetro 42» por la única referencia que quedaba en pie: un poste de luz oxidado con ese número pintado a mano. El olor a metal oxidado y tierra mojada era penetrante, y el viento hacía bailar los carteles de «Se vende» colgados de alambres. Allí, bajo una lona mal sujeta con cuerdas viejas, brillaban las vigas de acero de grado estructural. Eran piezas magníficas, pesadas y frías, el esqueleto perfecto para el hotel de sus sueños. O para su pesadilla.
—Diez minutos para cargar —ordenó el contacto, un hombre de pocas palabras que apenas los miró a los ojos. Vestía un mono azul manchado de grasa y mantenía las manos en los bolsillos, como si no quisiera dejar huellas dactilares en el aire—. Después de eso, nunca nos hemos visto. Ni ustedes a mí, ni yo a ustedes. ¿Claro?
—Claro —respondió Julián, bajando del vehículo.
Valeria observó desde la camioneta cómo la grúa subía las vigas al camión. Cada chirrido del metal parecía un grito en medio de la noche, un ruido que ella imaginaba escuchando desde una celda años después. Julián ayudaba a asegurar las cadenas, moviéndose entre las sombras con una determinación que asustaba a Valeria. Él estaba dispuesto a ensuciarse las manos por el proyecto, algo que ella siempre había evitado. Pero allí, en el kilómetro 42, sus manos también estaban sucias. Solo que las de ella aún olían a jabón.
—Faltan dos vigas —dijo el contacto, mirando su reloj—. O se van con lo que tienen o pierdo mi siguiente turno.
—Las llevamos todas —insistió Julián, con un tono que no admitía réplica—. Pagamos por el lote completo.
El hombre encogió los hombros y volvió a subir a la grúa. Mientras tanto, Valeria bajó del vehículo y se acercó a su socio. La lluvia le empapó el cabello en segundos.
—Esto está tardando demasiado —susurró—. El amanecer nos va a pillar en la carretera.
—Lo sé. Por eso vamos a salir de aquí en tres minutos, cargados o no.
El regreso y la emboscada blanca
El viaje de vuelta fue un suplicio. El camión avanzaba lento por el peso del acero, y cada curva se convertía en una eternidad de neumáticos gimiendo bajo el exceso de carga. Valeria iba delante, abriendo camino, con los ojos fijos en el retrovisor para asegurarse de que no perdían de vista al camión. La lluvia arreció de repente, convirtiendo la carretera en un espejo negro donde las luces se duplicaban fantasmalmente.
Cuando finalmente divisaron las luces de la obra al amanecer, el corazón de Valeria empezó a recuperar su ritmo normal. Un suspiro de alivio escapó de sus labios. Iban a lograrlo. En cinco minutos las vigas estarían descargadas en el almacén improvisado que habían preparado tras los depósitos de escombros. Cinco minutos y todo sería solo un mal recuerdo.
Entonces vio el destello.
Unos faros conocidos. Apagados. Apostados frente al portón principal como un depredador en acecho.
El coche negro de Elena Vance.
—Maldita sea —susurró Julián, hundiéndose en el asiento como si el peso del acero acabara de caer sobre sus hombros—. ¿Qué hace ella aquí a las seis de la mañana? Nadie está en la obra a esta hora.
—Está cazando —respondió Valeria, sintiendo un frío súbito que nada tenía que ver con la lluvia—. Sabe que algo tramamos. No sé cómo, pero lo sabe. Elena no está aquí por casualidad. Ella nunca hace nada por casualidad.
El camión se detuvo a cien metros de la entrada. El conductor, un hombre mayor que solo hacía lo que le pagaban, apagó las luces y esperó instrucciones. Si Elena veía esa carga entrar sin pasar por el registro oficial de recepción, se acabó. El acero sería confiscado, ella y Julián serían procesados por malversación de fondos y robo de materiales, y el proyecto entero se vendría abajo como un castillo de naipes.
Valeria cerró los ojos. Contó hasta tres. Cuando los abrió, su mirada había cambiado.
—Tengo una idea —dijo, abriendo la puerta de la camioneta. El aire húmedo entró como una bofetada—. Quédate aquí. Baja y dile al conductor que retroceda despacio y rodee por la calle trasera de los depósitos de escombros. Hay un acceso que todavía no tiene cámaras conectadas. Es angosto, pero el camión pasa. Yo le di la orden a Sebastián de despejarlo la semana pasada por si acaso.