El sol ya había despuntado del todo cuando el último metro de acero quedó depositado en el almacén improvisado. Valeria observó cómo Julián cerraba la puerta metálica con un candado nuevo, de esos con combinación numérica que no podían duplicarse en cerrajerías de barrio. El ruido del metal al encajar sonó como el cierre de una tumba.
—Nadie entra aquí sin mi autorización —dijo Julián, guardando la combinación en su memoria y quemando el papel donde la había anotado. Las cenizas volaron entre los charcos del suelo—. Ni siquiera Sebastián. Ni siquiera tú, Valeria. Por si Elena lo interroga.
—¿Desde cuándo tomas medidas tan drásticas? —preguntó ella, con la voz aún temblorosa por la adrenalina—. Esto no eres tú, Julián. Tú eres el que negocia, el que firma contratos con sonrisa de anuncio de perfume. Yo soy la que ve enemigos en cada esquina.
—Pues mira dónde estamos. En una esquina. Con enemigos.
Caminaron en silencio hacia las oficinas provisionales, dos contenedores reciclados adaptados con aire acondicionado y ventanas de doble vidrio. Valeria se sirvió un café del termo que siempre dejaba la señora del aseo, aunque el líquido ya estaba frío y amargo. Lo bebió igual. Necesitaba algo que la anclara a la realidad.
Julián se dejó caer en la silla giratoria frente al escritorio de ella. Por un momento, ninguno habló. El único sonido era el goteo de la lluvia sobre el techo de chapa y el zumbido intermitente de un fluorescente a punto de fundirse.
—Háblame de Elena —pidió Julián, frotándose los ojos con las palmas de las manos—. No como socia. Como alguien que la conoce desde antes. ¿Qué quiere realmente?
Valeria apoyó la taza sobre la mesa y se recostó en su silla. La imagen de Elena, con su café humeante y su sonrisa de acero quirúrgico, seguía fresca en su mente.
—Elena no quiere el hotel, Julián. Eso es solo el pretexto. Lo que Elena quiere es sangre. Quiere verme fracasar porque mi éxito es un recordatorio constante de que ella pudo haber estado aquí y no lo está. Fuimos rivales en la facultad, ¿sabes? No solo compañeras. Competíamos por todo: las mejores notas, las pasantías más prestigiosas, la atención de los profesores. Yo ganaba casi siempre. Ella nunca me lo perdonó.
—Eso explica la saña, pero no la estrategia. Es demasiado meticulosa para ser solo rencor.
—El rencor meticuloso es el más peligroso —respondió Valeria, enderezándose—. Elena no va a atacar de frente. Va a tejer una red. Cada factura que firmamos, cada permiso que solicitamos, cada kilo de material que entra o sale… ella lo va a revisar con lupa. Y no descansará hasta encontrar un hilo suelto.
—Como las vigas.
—Como las vigas.
Julián se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro del contenedor. El espacio era reducido, así que cada vuelta era un giro brusco sobre sus talones.
—Podríamos devolverlas —dijo, aunque su tono dejaba claro que no creía en esa opción—. Llamar al proveedor, pedirle que venga a recogerlas, declarar el error administrativo. Pagar una multa, quizás. Pero salir del problema.
—¿Y el dinero? Pagamos el acero con fondos que ya no tenemos. Si lo devolvemos, el proveedor nos reintegra, pero ese dinero está comprometido con el pago de los salarios de la próxima semana. Sebastián y los capataces nos van a pedir explicaciones. Y si les decimos la verdad… —Valeria negó con la cabeza—. No. No podemos devolverlo. Ya no.
—Entonces lo usamos. Y rezamos para que Elena no encuentre la manera de demostrar que esas vigas no vinieron del proveedor oficial.
Valeria se levantó y fue hacia la ventana. A través del vidrio empañado podía ver a los primeros trabajadores llegando a la obra. Hombres y mujeres con cascos amarillos, termos bajo el brazo, el sueño aún pegado a los párpados. Ninguno sabía que esa mañana su proyecto había estado a segundos de derrumbarse.
—No vamos a rezar, Julián. Vamos a prepararnos.
La contraofensiva
Tres días después, el ambiente en la obra había cambiado. No era algo que pudiera medirse con instrumentos, pero Valeria lo sentía en el aire: los trabajadores hablaban más bajo, los capataces miraban por encima del hombro, y hasta el café de la máquina expendedora sabía a desconfianza.
Sebastián fue el primero en plantarse frente a ella con una pregunta incómoda.
—Ingeniera, necesito hablar con usted.
Estaban junto a la zanja de cimentación del ala este. El sol de la tarde proyectaba sombras largas y afiladas sobre el hormigón recién vertido. Sebastián tenía las manos metidas en los bolsillos de su chaleco reflectante y una expresión que Valeria no le conocía: inseguridad.
—Dime, Sebastián.
—Las vigas. Las que llegaron el domingo. No aparecen en el registro de entrada de materiales. Las busqué ayer en el sistema, porque necesitaba las especificaciones técnicas para ajustar los planos, y no están. Es como si no hubieran llegado nunca.
Valeria sintió un escalofrío que no tuvo nada que ver con la brisa.
—Es un error administrativo. Julián las registró manualmente porque el sistema estaba en mantenimiento. Esta semana lo sube.
—Con todo respeto, ingeniera, eso no me lo creo. —Sebastián dio un paso al frente y bajó la voz—. Yo sé moverme entre líneas. He trabajado en obras más sucias que esta, con contratistas que escondían materiales en doble fondo. Pero nunca lo vi hacer a usted. Usted es recta, ingeniera. Demasiado recta para esto. Por eso me preocupa.
—No tienes nada de qué preocuparte.
—Ojalá tenga razón. Pero el domingo, cuando llegué a la obra, vi un coche negro saliendo del portón. Y luego vi a Julián cerrando el almacén con un candado nuevo. Y a usted con una cara de haber visto un fantasma. Algo pasó. Y si algo pasó, yo necesito saberlo, porque si mañana llega una inspección sorpresa, yo soy el que va al frente con los planos y los permisos. Yo soy el que firma la seguridad estructural. Y no voy a poner mi firma en algo que no entiendo.