Ecos De Sangre Y Plomo

PROLOGO

La ciudad no era una fortaleza, era una trampa de hormigón. Desde lo alto de una torre de departamentos cuya estructura se sostenía por puro milagro, un vigía de los Reaver ajustaba sus binoculares. No buscaba bestias; buscaba el brillo del metal y el rastro del humo.

Nuestro refugio en aquel entonces era apenas un suspiro en medio del caos. Éramos un grupo pequeño, poco más de treinta civiles custodiados por una fuerza militar raquítica: Mike, Jordán y tres hombres más que apenas sabían limpiar el cañón de un fusil. No había muros de concreto ni sistemas de túneles; solo carpas sobre el pavimento y la esperanza de que el viento no arrastrara nuestro olor hacia los nidos.

Abajo, en la intersección de una antigua avenida principal con un parque devorado por la maleza, se libraba una guerra de mendigos.

—Contacto en el cuadrante sur —susurró el vigía por una radio que tosía estática—. Dos grupos civiles. Están peleando por el cargamento de un camión volcado.

El combate era una coreografía caótica. Un bando, apostado en las ruinas de una farmacia, disparaba ráfagas cortas con fusiles oxidados que se encasquillaban cada tres tiros. El otro grupo cargaba desde el parque utilizando escudos hechos con señales de tráfico y lanzando flechas con puntas de vidrio tallado. Piedras lanzadas con hondas silbaban en el aire, rompiendo los pocos cristales que quedaban. Una lanza improvisada, hecha con una varilla de construcción, atravesó el pecho de un hombre, cuyo grito fue rápidamente ahogado por el estallido de una escopeta hechiza.

Era una lucha de guerrillas por restos de comida enlatada. Pero el ruido atrajo a los verdaderos dueños de la superficie.

Desde los callejones, como sombras líquidas, emergió la manada. Los Vigilantes no ladraron. Corrieron en un silencio absoluto. El vigía, petrificado, vio a través de los lentes cómo la batalla humana se convertía en una carnicería. Cuando los Vigilantes desbordaron las barricadas de ambos bandos, el pánico fue total.

Fue entonces cuando el vigía vio lo más crudo del nuevo mundo. Algunos hombres, al verse rodeados por las mandíbulas de los alfas, no intentaron luchar. Vio a un joven apoyar el cañón de su propia arma bajo la mandíbula y apretar el gatillo; vio a una mujer lanzarse desde un segundo piso hacia el asfalto antes de que las garras la alcanzaran. Se estaban suicidando. Por voluntad propia, prefiriendo la oscuridad inmediata al dolor insoportable de ser devorados vivos, centímetro a centímetro, por las bestias.

—Se acabó para ellos —murmuró el vigía, bajando los binoculares con las manos temblorosas—. Mike, los Vigilantes han limpiado el área. La manada está ocupada alimentándose. El cargamento del camión parece intacto.

—Aquí Jordán —intervino el primer Reaver—. Mike, los niños no han comido en dos días. Si nos movemos ahora, mientras están distraídos con los cadáveres, podemos asegurar esas provisiones. Haré una extracción rápida.

—Es un suicidio, Jordán —advirtió Mike.

—Es supervivencia, Mike. Cúbranme.

Jordán descendió al asfalto. Se movía con la gracia de quien ha hecho de la calle su campo de batalla. Logró llegar al camión, sus manos sujetaron una caja de suministros, pero el viento, traicionero, cambió de dirección.

Un gruñido sordo vibró en el aire. Los Vigilantes levantaron sus hocicos ensangrentados. Jordán soltó la caja y desenfundó su cuchillo de combate. Se pegó a la pared de un edificio, buscando un ángulo de defensa.

—¡Mike! ¡Están aquí! —gritó mientras el primer alfa saltaba.

Desde la distancia, Mike inició una carrera desesperada, pero el terreno urbano era un laberinto. A través de la mira, Mike vio cómo Jordán luchaba como un demonio, hundiendo su cuchillo en el cuello de una bestia mientras otra le desgarraba el hombro. Los Vigilantes lo rodearon con una coordinación militar, desgastando su resistencia.

Cuando Mike finalmente llegó a la intersección, la manada se había esfumado. No había rastro de los suministros. En medio de la calle, junto a un charco de sangre fresca, Mike encontró el único rastro de su mejor guerrero: un antebrazo derecho, cercenado con una violencia quirúrgica, cuya mano aún apretaba con la fuerza del rigor mortis la empuñadura de un cuchillo de combate con la hoja partida a la mitad.

La pérdida de Jordán fue una tragedia que casi quiebra al refugio. Mike, consumido por la culpa y la necesidad, se vio obligado a reconstruir su fuerza militar desde cero. Fue en esos meses oscuros cuando Oz, el sobreviviente que habían rescatado recientemente, se convirtió en su sombra. Mike entrenó al nuevo grupo de Reavers —incluido un joven Kael— basándose en las tácticas de Jordán, pero realizando incontables misiones de exploración en conjunto con Oz.

Mike confiaba en la eficiencia fría de aquel viejo veterano para llenar el vacío que dejó Jordán, sin saber que, al hacerlo, le estaba entregando las llaves del refugio al mismo hombre que servía al dictador que los observaba desde las sombras.




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