El sol ya se puso en el horizonte; es momento de partir. Cargué mis armas, hice el press Check y me dispuse a salir. Miré detenidamente a Annie; se encontraba acomodando su equipo y su mochila de tal forma que fuera fácil maniobrar al correr. La ansiedad en su rostro era evidente y trataba de calmarse mordiendo su labio inferior. Nuestras miradas se cruzaron; le hice un gesto de calma con la mano. Ella tomó una bocanada profunda de aire, la soltó de golpe, sacudió sus hombros y mejoró con ello su semblante.
Gustavo destrabó la puerta de acceso, quitó los refuerzos de madera y concreto, y abrió con esfuerzo la pesada hoja de emergencia que rechinaba con fuerza. Joel tomó su arma y se asomó por la entrada verificando que todo estuviera en calma; una vez chequeado, nos indicó con la mano que saliéramos.
Un frío viento ingresó por la apertura y el polvo del exterior no dudó en entrar tras él. La brisa marina azotó nuestros rostros; la mezcla de tierra y sal dejaba un gusto extraño en la boca. Fijamos nuestras antiparras y, con los respiradores colgando de los cuellos, salimos del refugio. Afuera, la ciudad era un esqueleto en ruinas; pocas edificaciones se mantenían en pie y todas estaban sepultadas bajo una acumulación de polvo que me cubría hasta el tobillo. El sonido del viento daba la impresión de estar en una película de terror y la luna, para nuestra mala suerte, brillaba con fuerza en un cielo totalmente despejado. Antes de salir, ambos guardias nos desearon buena suerte y cerraron la puerta tras nosotros. El eco del chirrido resonó en las calles vacías.
—Ese maldito chirrido le avisó a todo el mundo que hemos salido —dijo Annie enojada.
—Será mejor que nos movamos entonces —respondí.
Iniciamos la marcha. Iba por delante de Annie, con el fusil a la mano y los binoculares colgando de la mochila. Gracias a la luna, la senda era clara, demasiado clara. Salimos por el acceso norte del refugio con la intención de dirigirnos primero hacia el Este, hasta llegar a una avenida donde los restos de edificaciones pudieran darnos cobertura.
Rodeamos el refugio por su cara Este atravesando carreteras dañadas, cráteres y vehículos abandonados. Al avanzar unos metros, nos encontramos con un muro de vehículos que cortaba el paso, obligándonos a desviarnos en dirección noreste por un par de cuadras.
—Se me había olvidado la existencia de este muro —comentó Annie.
—Lo hicimos el año pasado para desviar el avance de una manada de Vigilantes —expliqué.
Caminamos por la cuadra colindante sorteando los escombros de los edificios hasta que divisamos una apertura circular en un muro lateral. Me arrodillé frente a ella y, utilizando mi espejo, revisé la ruta. No se veían amenazas, solo otra calle con marcas de explosiones y pavimento resquebrajado.
Posterior al gran conflicto religioso de hace años, los animales comenzaron a mutar producto de la radiación y las bombas biológicas. La forma más eficiente de combatirlos era haciéndolos estallar; con explosivos militares recuperados se limpiaron extensiones de la ciudad para ubicar los primeros refugios. Ahora, el uso de explosivos es complejo a menos que se encuentre un polvorín, pues quedan pocas personas capaces de armar compuestos como el C4.
* * *
A unos trescientos metros del acceso norte, oculta entre el esqueleto de un edificio de oficinas, una figura ajustó el dial de una radio de onda corta. Llevaba una pañoleta roja con el símbolo de un sol negro. A través de la mira telescópica, observó a Kael y Annie emerger del Strip center.
—Aquí Sombra 4. Dos Reavers han salido por el norte. Un hombre y una mujer. Van fuertemente armados —susurró el observador.
La respuesta llegó cargada de estática; una voz ronca y autoritaria que solo podía ser la de Gunnar.
—Mide sus capacidades. No los mates aún; quiero ver cómo reaccionan bajo presión. Usa el señuelo.
Sin confirmar, cerró la comunicación y desapareció rápidamente.
* * *
Caminamos cubriéndonos entre los vehículos abandonados, cuidando de no caer en socavones profundos y evitando los charcos de agua estancada. Tras rodear el muro, ratificamos nuestro curso al Este. Avanzamos por horas hasta que, a cinco cuadras de la avenida, sentí un tirón en mi mochila. Miré atrás y vi a Annie indicándome una dirección con la cabeza. Giré el rostro con calma y divisamos, a unas cuatro cuadras, un resplandor: el reflejo de la luna en un cristal pulido. Alguien nos observaba.
—Saqueadores —murmuré.
—Debemos llegar rápido a la avenida, pero sin correr —susurró Annie.
—Deben estar algunos ocultos por los alrededores —respondí—. Avancemos. Mantenlo en tu periferia, yo me encargo del frente.
Aceleramos el paso. Escuché cómo Annie quitaba el seguro de su arma y, en acto reflejo, hice lo mismo. Mi mirada escaneaba cada ventana y rincón donde un enemigo pudiera esconderse. Cubrí mis binoculares para que el reflejo de las lentes no revelara nuestra posición.
Recorrimos la distancia hacia la avenida en poco tiempo, siempre agachados. Analizamos los edificios buscando una posición defensiva. Cada segundo contaba. Rezaba para que el reflejo no fuera más que una botella rota.
Divisamos los restos de una casa de dos pisos con protección en las ventanas superiores. Nos movimos rápido. Al llegar, Annie se posicionó a un costado y yo de frente a la puerta. Le hice una señal, ella abrió e ingresé para asegurar la habitación. Ella entró detrás y buscó algo para trabar la puerta. Revisamos ambas plantas, abriendo cada puerta y verificando trampas; el edificio estaba completamente deshabitado.