Es alrededor del mediodía. Llevo despierto desde hace unas horas esperando a que Annie despierte. La herida de mi espalda, al parecer, ha podido sanar un poco, pero las quemaduras con la barra de hierro aún arden; especialmente con el movimiento, la piel quemada se acartona y genera molestias.
Annie despertó. Al verme sentado, su expresión adormilada cambió a una de arrepentimiento; se limpió la saliva de la mejilla y se ordenó el pelo rápidamente. Se acercó a mí.
—Buenos días, Kael —me saludó—. ¿Lograste descansar algo?
—Una vez que el analgésico hizo efecto, logré conciliar el sueño hasta hace un par de horas —respondí.
—Necesito revisar tu herida y hacer el cambio de vendaje —dijo ella.
—Desde luego, doctora —bromeé.
Ella despegó lentamente los parches de mi espalda y parte de la ropa que se había pegado a la carne. El dolor fue soportable. Revisó con atención la zona, palpando las partes inflamadas en busca de infección. Al no encontrar nada, limpió la herida con alcohol, aplicó un ungüento en las quemaduras y cubrió todo con gasas limpias.
Comimos algo rápido y tomé los medicamentos necesarios. La mochila hacía presión sobre las heridas; si no fuera por la pechera de cuero, el roce habría sido directo. Retiramos el mueble que trababa la puerta y adoptamos la formación habitual. Ella abrió rápidamente e ingresé al pasillo asegurando el área. Le indiqué que me siguiera. El eco de nuestros pasos y el vaivén de las mochilas eran lo único que retumbaba en el silencio.
Llegamos a la planta baja y buscamos la salida. Una puerta dañada con un cartel verde que rezaba "Salida" apareció en nuestro campo visual. Salimos al exterior de forma fluida. El sol en lo alto y el cielo despejado nos daban la bienvenida a un cálido día de invierno. Frente a nosotros, la explanada conservaba los cadáveres de los Vigilantes; las ratas ya hacían un festín con los restos.
Continuamos por un camino de concreto resquebrajado hacia lo que parecía una arboleda de bosque nativo. Según la información de Mike, debíamos cruzarla hasta llegar a un claro. Los troncos anchos y las raíces expuestas dificultaban el andar; escuché a Annie soltar varios improperios tras tropezar con ramas bajas, por mi parte a momentos me obligaba a apretar los dientes aguantando la piel tirante en las heridas.
La arboleda parecía eterna. Caminamos unas tres horas intentando mantener el rumbo sureste, pero la complejidad de la ruta nos fue desviando hacia el sur. Encontramos un área de camping y nos detuvimos a revisar la posición. Por alguna razón, la brújula no funcionaba.
—Hay mucho de "no sé qué" en el área —dije molesto—. La brújula no sirve.
—Magnetismo —respondió Annie—. Se llama magnetismo, y eso afecta a las brújulas.
—Bueno, el magnetismo no me deja revisar nuestra posición.
—Entonces tendremos que guiarnos por el sol —sentenció ella.
—Ya fue mucho descanso. Movámonos antes de que se oculte —instruí.
Retomamos el andar hasta que un olor nauseabundo inundó el aire. El aroma a vegetación quedó atrás; nos acercábamos a una ciénaga. Al salir de la arboleda, la extensión pantanosa se presentó ante nosotros. El hedor provocaba un fuerte dolor de cabeza, acompañado por el croar lejano de sapos y el zumbido de insectos.
Buscamos la ruta más seca. Arrancamos ramas largas para medir la profundidad del agua antes de cruzar, en mí solo rogaba porque la herida de mi espalda no decidiera abrirse en algún momento. Avanzamos lentamente por el terreno blando. Había zonas despejadas con marcas de pasos humanos y animales; no éramos los primeros en pasar por aquí. Llegamos a un corredor de tierra entre dos charcos de agua turbia que ocultaba cualquier amenaza bajo la superficie. Le indiqué a Annie que mantuviera la posición mientras yo avanzaba. Iba con una pistola en la mano derecha y el machete en la izquierda.
Había cruzado la mitad del corredor cuando un burbujeo repentino subió a la superficie a mi izquierda. Apunté hacia allí, pero desde el estanque a mi espalda, una lengua larga salió disparada y se enroló en mi brazo izquierdo. Antes de que pudiera reaccionar, una segunda lengua me sujetó el brazo derecho. La fuerza era colosal; sentía que me arrancarían las extremidades.
Una ráfaga de Annie impactó en el estanque de la izquierda. Una mancha de sangre brotó y la lengua cedió. Liberé el brazo izquierdo y corté con el machete la lengua que me sujetaba el derecho. Descargué varios disparos hacia el agua. Dos cuerpos de sapos café oscuro, con espinas y dientes de piraña, salieron a flote. Medían unos treinta centímetros.
Crucé al otro lado y revisé mis brazos; solo tenía moretones lineales. Annie atravesó el pasillo rápidamente. Divisamos unas telas rojas sobre estacas de dos metros que marcaban un camino, aunque la vegetación ocultaba las más lejanas. Seguimos de estaca a estaca. Al pasar la cuarta, una flema espesa del tamaño de una pelota de béisbol pasó rozando mi rostro. Miré hacia el estanque y vi decenas de ojos asomándose. Eran sapos más pequeños, pero mucho más numerosos.
—¡Corre! —gritó Annie—. ¡Hay más de esas cosas detrás!
—¡Ve adelante! —respondí jalándola para que me adelantara—. Yo cubro la huida.
Annie se puso el fusil a la espalda para correr mejor. Esquivaba escupitajos verdes y áreas de vegetación densa. Yo iba detrás cortando ramas y lenguas que salían disparadas. Un sapo golpeó mi machete y casi me arrastra; solté el arma blanca y saqué la pistola. Pateaba a los que saltaban al camino mientras me cubría el rostro. Cada golpe generaba tensión en mis heridas, y un dolor sordo poco a poco invadía mi cuerpo. La baba de los anfibios me generaba un ardor intenso en los brazos, dificultando el movimiento.