Ecos De Sangre Y Plomo

CAPÍTULO 4: PRADO

Antes de ingresar de lleno al prado y dirigirnos hacia el recinto militar, hice un mapeo del área utilizando mis binoculares. Detecté la presencia de algunas vacas —o de las bestias que antes lo eran—; su cuerpo había crecido dos tallas, sus hocicos se habían alargado y les brotaban colmillos similares a los de un jabalí. Los cuernos de sus cabezas eran masivos y sus orejas se habían encogido, dejando casi expuesto el canal auditivo. Eran de color moteado, café con negro, y a simple vista su piel aparentaba ser cuero curtido. Los llamamos Behemont.

Decidimos ingresar al prado por un camino alejado del rebaño, siguiendo una ruta curva a paso lento para no alterar a las bestias ni provocar una estampida o un ataque defensivo. Con las armas en mano, avanzamos hacia el árbol más cercano, a unos cien metros sobre un pequeño montículo. Buscábamos un lugar elevado para mapear la zona, ya que el edificio objetivo quedaba sospechosamente en una línea demasiado recta. Al llegar a la colina, ayudé a Annie a trepar para que tuviera una mejor visual.

—Como pensábamos, la ruta no es totalmente recta —dijo ella, señalando con la mano derecha—. Un poco más adelante el terreno se deprime hasta formar un pequeño valle, pero la pendiente es progresiva.

—¿Ves más rebaños de Behemont? —consulté.

—Sí, hay varios dispersos. Esta planicie es enorme, y en el valle está el grupo más grande —respondió. —Bien. Define la ruta con menos encuentros y te sigo.

Ella se bajó del árbol cayendo en mis brazos. Nos miramos por un momento antes de que la bajara con delicadeza al suelo. Se colocó su mochila, tomó su fusil y continuamos el movimiento. Rodeamos la periferia del prado a paso lento. La brisa arrastraba nuestro aroma, pero los Behemont no parecían interesados en nosotros. Todo indicaba que el paso sería agradable y sin incidentes. No pude estar más equivocado.

Próximos a la bajada del valle, una manada de Vigilantes se aproximó desde el sur. Sus pasos eran ruidosos y sus aullidos rompieron la calma. Varios Behemont comenzaron a huir, excepto uno de tamaño colosal, mucho más grande que los demás, que se volvió para combatir. La bestia cargó con una fuerza que provocaba pequeños temblores en el suelo. El impacto fue brutal; lanzó a los primeros atacantes por los aires esparciendo sangre como si fuera rocío.

Los Vigilantes restantes rodearon al colosal Behemont y saltaron sobre él, pero la piel curtida impedía que los colmillos generaran daños profundos. El animal se arrojó sobre su lomo aplastando a un Vigilante y, con movimientos bruscos y coces al aire, logró sacudirse a los demás. De una patada destrozó el cráneo de otro atacante. Los sobrevivientes, ante la ferocidad de la presa, se retiraron a toda marcha tras el ladrido de su líder.

—La piel de esas bestias es dura —comenté impresionado.

—No podríamos dañarlos con nuestras armas —dijo Annie.

—Es posible, pero tendría que ser en su barriga —observé—. Tienen el vientre bajo; ese debe ser su punto débil.

—Aun así, no podríamos contra un rebaño completo —sentenció ella.

Retomamos la marcha bajando hacia el valle, una depresión de unos cinco kilómetros de ancho cruzada por un arroyo de agua cristalina, posiblemente proveniente de algún deshielo o planta de tratamiento cercana. Las huellas de los Behemont eran profundas y el pasto estaba muy corto en este sector. Al acercarnos al agua, la presencia de las bestias aumentó. Avanzamos agachados y decididos; de cerca eran imponentes, con sus bufidos potentes y sus dos hileras de dientes diseñadas para arrancar el pasto con lenguas sumamente largas.

Crucé el arroyo primero y ayudé a Annie a atravesarlo. La corriente no era fuerte, pero el fondo era traicionero y resbaladizo. Ella acababa de llegar a la otra orilla cuando se inició una nueva estampida. El retumbar de los pasos y una densa nube de polvo venían hacia nosotros. Me apresuré a salir del agua, pero resbalé, azotando mi pecho contra las piedras. Annie me levantó con rapidez y nos alejamos de la trayectoria de las bestias. A lo lejos, divisamos a los Vigilantes saltando entre el ganado.

Annie buscó una posición estable y abrió fuego con su fusil, abatiendo a un par de depredadores. La estampida cambió de dirección, pero los Vigilantes restantes nos detectaron y cargaron hacia nuestra posición. Corrimos a toda marcha hacia la salida del valle. Al ver que no lograríamos escapar a campo abierto, nos atrincheramos tras un tronco tumbado. Disparamos regulando la munición, logrando dar de baja a varios hasta que el resto de la manada decidió replegarse. Exhale prolongadamente buscando que el dolor del esfuerzo se fuera.

Sin perder tiempo, nos dirigimos a la pendiente. Los golpes que me dio Charlie en la ciénaga empezaron a pasar factura en mi respiración y uno de los rasguños de mi espalda se abrió, dejando correr un hilo de sangre. Al llegar a la cumbre me desplomé. El dolor me estaba ganando. Annie me dio analgésicos y me jaló de la pechera para obligarme a levantarme.

—¡Sigue, Kael! No podemos parar aquí —me instó.

Continuamos corriendo mientras los medicamentos hacían efecto. El sudor y la sangre se mezclaban bajo mi ropa, y la herida ardía, pero no podía desplomarme hasta encontrar refugio. Llegamos a una carretera de tierra antigua y la seguimos hasta un viejo paradero de microbús. Annie me dejó allí y fue a buscar ramas y arbustos para camuflar la entrada. Utilizando correas de lengua de sapo, construyó una pared falsa lo suficientemente buena para ocultarnos un par de horas. Decidimos descansar hasta el anochecer; el objetivo estaba a solo unos kilómetros.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.