Ecos De Sangre Y Plomo

CAPÍTULO 5 : PUESTO DE AVANZADA

Es la mañana del cuarto día cuando alcanzamos la ubicación de interés mencionada por Mike: una casona de hormigón sólido, casi intacta, de dos pisos y pintada de un tono café tierra. A los costados del camino principal —una vía serpenteante y sin ángulos rectos— se alzaban barricadas posicionadas estratégicamente, mientras que un cerco de malla de gallinero cerraba el perímetro. Las ventanas permanecían cubiertas por gruesas placas cincadas cuyos remaches mostraban parchados metálicos camuflados con una mano de pintura deficiente; en el metal se apreciaban marcas profundas de garras y dientes que apenas habían logrado mellar la superficie. La entrada principal consistía en una puerta de metal pesado, similar a la de una bóveda de seguridad. A un lado, una torre de vigilancia erigida con ladrillos, latones y púas metálicas gruesas capaces de empalar a un hombre dominaba el paisaje; por la envergadura de las protecciones, las palomas del sector debían medir al menos tres metros de largo.

La orientación de la estructura ofrecía una visual limpia del acceso. En los alrededores del cercado, casi toda la vegetación, piedras o estructuras que pudieran ofrecer cobertura habían sido despejadas, a excepción de algunos monolitos y vehículos abandonados dispersos a lo largo de la senda principal. El portón de entrada estaba cerrado con cadenas; bastó un disparo preciso de mi pistola para reventar el candado y abrirnos paso.

El terreno se asentaba sobre una pendiente no muy pronunciada, pero suficiente para alterar la precisión de tiro al apuntar hacia abajo. Los laterales de la edificación resultaban impracticables para un avance frontal: una densa pila de materiales, sacos de arena y escombros rellenaba el espacio entre la reja y la casa, dejando como única vía de tránsito unas puertas de malla metálica que obligaban a avanzar en estricta hilera.

Ingresamos al jardín, flanqueado por las barricadas. Al revisar la instalación por completo, el hallazgo superó nuestras expectativas: encontramos raciones de conserva, un pozo de agua funcional, barracones equipados, armamento y, en especial, un rifle de francotirador de largo alcance. También había una cantidad razonable de minas antipersonales de la Segunda Guerra Mundial, cócteles molotov, cargas Claymore M18A1 y munición de diversos calibres. El sistema eléctrico dependía de un motor a bobina conectado a bicicletas fijas; un ingenio notable. Descubrimos además un equipo radial de comunicación y un jeep todo terreno con el tanque lleno. Aunque el vehículo lucía abandonado por fuera, el motor mostraba un mantenimiento impecable y los instrumentos de la consola estaban calibrados. El último residente debió de haber pasado por allí en el último mes. Según Minerva, los militares habían huido del área años atrás dejando todo rezagado; sin embargo, no descarté que algún comando hubiera quedado rondando el sector. Si algo había aterrorizado a una guarnición entera, la amenaza seguía ahí fuera, pero por ahora la casona representaba nuestra mejor opción para un refugio seguro.

Le ordené a Annie que tomara el vehículo para regresar al refugio original. Arranqué la hoja con las coordenadas de mi libreta y se la entregué.

—¿Estás seguro de esto? —preguntó con preocupación evidente.

—Sí. El sonido del motor alertará a cualquiera en kilómetros a la redonda. Debo asegurar y defender la posición hasta que regresen con Mike y el resto —respondí.

—No podrás hacerlo solo... Si alguien viene, serán demasiados —insistió, tomándome del brazo.

—Tranquila. Encontré minas, cargas explosivas, bidones de combustible y cerillas —le aseguré—. Puedo crear un cerco de fuego y minar los cuellos de botella del camino. Sé cómo defender este sitio.

Me miró en silencio unos segundos y me abrazó con fuerza antes de desearme suerte. Encendió el motor y partió.

No perdí un solo segundo. Trabé los accesos secundarios, instalé cables trampa conectados a las minas antipersonales y distribuí cócteles molotov y munición en puntos clave de ambos pisos. Intenté posicionar una ametralladora pesada Browning M2 en la torre, pero un punzadas ardientes en la espalda me recordaron que mis heridas no habían sanado del todo. Librando un combate mental contra el dolor, preparé la instalación para un asedio imprevisto; la corazonada de que los saqueadores nos habían estado siguiendo desde la ciénaga me quemaba la nuca.

Al caer la noche, apostado en la torre de vigía, divisé sombras cruzando el límite de la vegetación. Al principio sospeché de una manada de Vigilantes, pero las figuras se desplazaban en formación táctica, agachadas y buscando cobertura tras los vehículos abandonados. Un vehículo ligero cerraba el avance. Tomé el rifle de francotirador, ajusté la mira telescópica y conté veintiún hombres. Suspiré con pesadez. Sería una noche larga.

Ajusté el alza de la mira hacia el sujeto que hacía señas al grupo. Apreté el gatillo; el estruendo del disparo quebró el silencio y el líder de vanguardia cayó sobre el asfalto. Los gritos estallaron abajo mientras la masa de saqueadores buscaba parapetarse. Accioné el cerrojo y ejecuté un segundo disparo que impactó en la pierna de otro atacante. Cuando dos de sus compañeros se asomaron para arrastrarlo hacia la cobertura, abatí al que lo sujetaba con un tiro certero en el cuello. La potencia del impacto lo proyectó hacia atrás.

El fuego enemigo se desató hacia la torre en una ráfaga desordenada; aún no precisaban mi ubicación exacta, pero las vibraciones del metal y el impacto de los proyectiles revivían a cada segundo el recuerdo del golpe recibido en el enfrentamiento previo. Eliminé a dos más antes de que fijaran mi posición. Cuando las trazadoras empezaron a astillar los bordes de hormigón de la torre, maldije entre dientes y me arrojé por la escotilla del acceso interior.




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