Ecos De Sangre Y Plomo

CAPÍTULO 6: REPARACIONES

Liam y Oz observaron cómo Kael y Annie se retiraban de la sala de reuniones. Se quedaron a solas con Mike para revisar el cronograma de reparaciones críticas dentro del refugio. Las primeras actividades consistían en trabajar en las barricadas y casetas exteriores que utilizaban los vigías; debían ser estructuras capaces de resistir vendavales, tormentas de arena y ataques, pues los guardias no podían abandonar su posición bajo ninguna circunstancia.

La segunda tarea era más pesada: apoyar en la reparación de los pilotes del área norte. Días atrás, uno de los soportes había cedido, provocando un derrumbe parcial que comprometía la estructura. Debían limpiar los escombros y colocar nuevos puntales de madera para abovedar el lugar. Para ello, coordinarían con el equipo de mantenimiento y los guardias para retirar materiales de las bodegas exteriores durante la tarde.

Al terminar la reunión, Liam se dirigió al puesto de Kat para buscar los planos, mientras que Oz se fue a su carpa por herramientas. Oz, como siempre, arrastraba un humor de perros que hacía que todos se apartaran de su camino; a pesar de su mal genio, nadie dudaba de su eficiencia técnica.

Oz era uno de los refugiados más recientes. Mike y sus guardias lo habían rescatado de un ataque de Vigilantes cuando estaba a punto de ser devorado. Los vigías detectaron a un hombre acorralado que, tras agotar sus municiones, empuñaba un cuchillo contra la jauría. El rescate fue heroico y Oz fue llevado ante el Señor Lee, el médico, con heridas graves. Al recuperarse, Oz afirmó no recordar cómo había llegado allí, alegando una amnesia producto del trauma. Lo que nadie sospechaba es que su aparición no fue un accidente, sino el inicio de una infiltración profesional.

Liam obtuvo los planos y salió corriendo al encuentro de Oz. Al doblar una esquina, chocaron de frente, terminando ambos en el suelo.

—¡Eres idiota, chiquillo! —gritó Oz.

—Perdoné, señor, no lo vi —se disculpó Liam, levantándose rápido.

Liam extendió su mano, pero Oz se incorporó con un movimiento brusco, sacudiéndose el polvo mientras balbuceaba maldiciones.

—Ya tengo los planos —dijo Liam.

—Déjame ver eso —Oz le arrebató los documentos.

Revisaron los diseños. Las barricadas eran, en teoría, sacos de arena, aunque en la práctica se rellenaban con cualquier escombro que sirviera de contención, reforzados por marcos de madera.

—Tendremos que ir a los puestos de vigía y evaluar los daños —comentó Liam.

—¡Eres el rey de los obvios! —exclamó Oz—. No pudieron emparejarme con alguien más apto.

—Bien. Yo revisaré el sector Norte y usted el Sur. Nos vemos en el almacén en una hora.

Oz solo levantó el pulgar con una sonrisa sarcástica y Liam salió disparado hacia su sector.

Liam subió al segundo nivel por una escalera vertical. Se reunió con los vigías y, usando un trozo de carbón, anotó cada detalle. Las barricadas de ese nivel solo necesitaban limpieza, pero en el tercer nivel los daños eran mayores. El techo de una caseta estaba filtrando, así que planeó un parchado con lonas. Aprovechó para disfrutar del sol y la brisa un momento antes de bajar corriendo para la reunión.

Oz, en cambio, se tomó su tiempo. Caminó por la ruta más larga, sentándose a descansar en los peldaños de la escalera a mitad de camino. Al llegar al segundo piso, ni siquiera se acercó a las barricadas; se limitó a anotar desde lejos mientras los vigías lo observaban con extrañeza. No era normal ver a un Reaver tan desidioso. Uno de los guardias intentó acercarse, pero Oz lo fulminó con una mirada tan fría que el hombre se quedó paralizado.

El veterano subió al tercer piso, dejando atrás a los vigías. Al llegar a la zona de sombra detrás de la caseta, se aseguró de que nadie lo viera. En lugar de revisar el techo, Oz sacó un pequeño objeto metálico de un color llamativo, un naranja cobrizo. Simulaba ser un clavo oxidado.

Con movimientos rápidos, lo encajó en una grieta del pilote principal, justo donde el soporte de madera era más débil. Era una "marca" que entregaba una señal visible para los Hunters, indicándoles la misión de exploración. Cuando un vigía se asomó para preguntarle si necesitaba ayuda, Oz ya tenía su libreta en la mano, fingiendo anotar con su habitual gesto de fastidio.

Su cobertura era perfecta; nadie sospecharía que el veterano cascarrabias acababa de vender a sus propios compañeros del refugio. Tras repetir el mismo proceso de anotar materiales en el tercer piso, bajó lentamente y, viendo que aún le quedaba media hora, se fue a su carpa a dormir.

Liam llegó puntual al almacén, pero Oz no aparecía.

—Kat, ¿has visto a Oz? —preguntó Liam agitado.

—Eres el primero que veo hoy. Kael y Annie vendrán luego —respondió ella sin levantar la vista de sus registros.

Liam salió a buscarlo, pensando que el viejo podía haber sufrido un accidente. Fue hasta las barricadas del Sur y preguntó a los vigías.

—Estuvo aquí hace media hora —le dijeron.

En ese momento, Oz despertaba de su siesta. Salió de su carpa y se dirigió al almacén con la misma parsimonia de antes. Liam, que había ido a buscarlo a su tienda sin éxito, llegó al almacén y lo encontró sentado en un escritorio.




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