Ecos De Sangre Y Plomo

CAPÍTULO 7 : EXPEDICIÓN AL SUR

Nos reunimos de urgencia en la oficina de Mike. Nadie comprendía la premura, pero todos los citados nos presentamos sin demora. Mike entró rápidamente, aun cargando su equipamiento; lanzó su fusil sobre el escritorio con un golpe seco, seguido de su cuchillo de combate y su cinturón portaherramientas. Sacó una petaca de su primer cajón y tomó un largo trago, como si necesitara quemar el rastro de algo amargo en su garganta.

—Por favor, tomen asiento, colegas —dijo, secándose la boca con el antebrazo—. Necesito que ambos responsables de los vigías me entreguen su reporte de actividad.

—George por aquí, de la barricada Sur —respondió él—. No hemos avistado nada fuera de lo común, más que las habituales batallas por territorio y actividades de caza entre las bestias.

—Y dime... ¿algo proveniente del nido Sur? —consultó Mike con la mirada fija en él.

—Nada, señor. El nido lleva un tiempo sin movimientos visibles, aunque admito que hace semanas no enviamos a un explorador a reconocer el área —contestó George.

—Coordinaré ese reconocimiento pronto... ¿Alguien del norte? —insistió Mike.

—Por aquí, señor —dijo Alfonso levantando la mano—. Alfonso, de la barricada norte. Nosotros avistamos hoy un enfrentamiento entre dos manadas de Vigilantes. La vencedora absorbió a los sobrevivientes, sumando unos veinte individuos, y luego se retiraron en dirección sur.

—Hoy, al abrir nuestras bodegas, recibimos el ataque de una manada —Mike tomó un trago de su cantimplora—. Fueron treinta y cinco bestias en total. El problema es que no sabemos de dónde salieron de forma tan repentina. Creo que la manada que atacó hoy es la misma que avistaron en el norte, y sospecho que están usando túneles para movilizarse sin ser vistos.

—¿En qué basas esa suposición? —preguntó Kat, cruzándose de brazos.

—Ha pasado mucho tiempo desde el último ataque organizado. Los nidos no han mostrado actividad en la superficie, así que me surge la duda: ¿dónde demonios se esconden? —respondió Mike.

—Bajo tierra, es lo más lógico —intervino Liam—. Debieron establecer una jerarquía nueva en los nidos, o quizás ya están conectados por túneles y tienen una especie de Reina dirigiendo el enjambre.

—Excelente razonamiento, novato —dijo Mike, apuntándolo con su cantimplora—. Por eso mismo cambiaremos las prioridades: los Reaver saldrán mañana en dirección al nido Sur. Necesito que se acerquen lo más posible, revisen las condiciones del terreno, busquen señales de túneles y reporten cada detalle.

—¡Entendido, señor! —exclamó Liam con una mezcla de emoción y nervios. Oz, a su lado, se limitó a asentir con un gesto hosco.

—En cuanto a tu equipo, Kat —ordenó Mike—, necesito que los accesos sean reforzados de inmediato. Hagan mantenimiento preventivo y designa personal para fabricar munición a tiempo completo.

—De inmediato, Mike. Entiendo que consideras que este ataque fue una maniobra para medir nuestras defensas, ¿me equivoco? —respondió Kat con seriedad.

—Los vigías reforzarán las rondas. Cualquier anomalía, por pequeña que sea, debe informarse. Estaremos en alerta máxima hasta que abandonemos este lugar —sentenció Mike.

Tras la reunión, cada uno tomó su rumbo. Kat volvió a la logística, Oz se encerró en su carpa y Liam se dirigió con Alfonso a las barricadas del norte, ansioso por aprender de la experiencia de los vigías, dado que Oz era un muro de silencio. Mientras tanto, Kael y Annie ya se encontraban lejos, buscando el nuevo refugio.

A la mañana siguiente, los Reaver se prepararon al alba. Retiraron raciones con la Señora Sara y luego fueron con Kat para el equipo: mochilas para dos días, fusiles semiautomáticos y munición pesada. Se acercaron a los vigías del sector sur y, para evitar el ruido de la compuerta principal, abandonaron el refugio descendiendo por una soga.

Avanzaron por las calles desoladas, donde las manchas de sangre del combate anterior aún oscurecían el pavimento. El viento arrastraba la humedad del océano y el polvo de los edificios derrumbados. Los pasos de Liam y Oz apenas producían un susurro mientras se movían como espectros entre esqueletos de vehículos y estructuras en ruinas. Caminaron cerca de un kilómetro hasta llegar a un edificio con grietas masivas en las paredes, del cual emanaba un hedor rancio y animal.

—Mantén los ojos abiertos, muchacho. Aún faltan kilómetros para el nido, pero ya se siente su rastro en el aire —advirtió Oz.

—Lo haré, siempre y cuando la peste a mierda no me haga perder el sentido —respondió Liam, ajustándose el equipo.

—Aún eres un niño —Oz soltó una carcajada seca—. Mejor cúbreme la espalda; revisaré este "baño" que tenemos enfrente.

Oz se ajustó el respirador y las antiparras antes de acercarse. Con una linterna, inspeccionó el interior: cúmulos de fecas y marcas de orina de hacía pocos días. No había evidencias de excavaciones. Liam anotó meticulosamente las observaciones en su libreta antes de proseguir.

Caminaron cuatro kilómetros más y tropezaron con un escenario macabro: cadáveres de Vigilantes a medio devorar, con aves carroñeras disputándose los restos. En el suelo, las huellas de ratas se mezclaban con rastros más grandes.

—Liam, acércate —llamó Oz con voz tensa.




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