Annie abandonó el puesto de avanzada montada en el jeep militar, con el motor rugiendo en dirección al refugio. Al bajar por el camino que conducía a la carretera, se encontró con un bloqueo masivo de troncos y escombros, obligándola a desviarse por rutas secundarias. Durante una hora, vagó entre callejones sin salida y senderos circulares que no hacían más que aumentar su ansiedad. Frustrada, decidió regresar al punto de origen; utilizó el cabrestante metálico del vehículo y, forzando la potencia del motor, logró arrastrar el árbol que obstruía la vía principal. Condujo veinte minutos más hasta incorporarse a la carretera que serpenteaba hacia el valle, cerca de la cordillera.
El camino estaba mayormente libre, aunque restos de vehículos calcinados la obligaban a maniobrar constantemente. Llevaba una hora de trayecto cuando, de pronto, un grupo de ladrones de carretera saltó de entre los matorrales apuntando con armas hechizas. Annie reaccionó por instinto: frenó en seco y cruzó el jeep lateralmente para usarlo como barricada. Antes de que los asaltantes pudieran gritar una orden, ella ya había asomado su fusil.
El estruendo de los disparos rompió el silencio del valle. Los ladrones no esperaban una resistencia tan feroz; muchos ni siquiera tenían sus armas cargadas. Annie, con una frialdad técnica, eliminó a la mitad de los hostiles con disparos certeros al pecho y la cabeza en cuestión de segundos. Los supervivientes se lanzaron tras un auto abandonado buscando cobertura. Annie divisó una caja de herramientas instalada en el lateral del jeep; la abrió de un golpe y encontró un par de granadas. Sin dudarlo, quitó el seguro de una y la deslizó por el pavimento, haciéndola rodar por debajo de los vehículos enemigos. La explosión fue devastadora. Los pocos que no murieron al instante quedaron tendidos con heridas de metralla y miembros cercenados.
Sin mirar atrás, Annie retomó la marcha. A medida que se acercaba a la ciudad, la acumulación de vehículos se volvió impenetrable. Estaba cerca del territorio de la ciénaga. Consultó el mapa de Kael y buscó una conexión alternativa. Tras media hora de búsqueda, divisó las pañoletas rojas de Minerva. Ingresó a la ciénaga a velocidad moderada, esquivando el estanque principal y rodeando el área por la periferia. Le tomó tres horas de avance agónico salir del fango.
Al llegar a la arboleda, el terreno se volvió su peor enemigo. El jeep saltaba sobre raíces masivas y se hundía en tierra suelta. Annie luchó con el volante para no volcar, desviándose una y otra vez ante la presencia de árboles cerrados y rocas prominentes. El sol ya se hundía en el horizonte cuando finalmente logró salir a la explanada donde la bomba de magma había dejado su huella imborrable.
Atravesó las calles en ruinas hasta llegar al nido norte. Al cruzar la plazoleta donde habían cazado al Yaruk, un basurero carbonizado bloqueaba el paso. Apretó los dientes, sujetó el volante con fuerza y embistió el obstáculo, apartándolo con un golpe seco de metal contra metal. Las marcas de fuego y las manchas de sangre seca en el suelo le recordaron la brutalidad de la zona.
—En cuanto llegue, informaré sobre las condiciones del área —se dijo a sí misma.
Los vigías de las barricadas norte la identificaron de inmediato. Alfonso corrió hacia la oficina de Mike, entrando sin llamar.
—¡Comandante, Annie ha vuelto! —gritó Alfonso—. Viene sola y trae un vehículo.
—Excelente —Mike se levantó de golpe—. Voy al acceso sur. Alfonso, busca a Liam e infórmale de inmediato.
Alfonso salió disparado hacia las carpas. En el camino se cruzó con Oz.
—¡Oz! Mike va al acceso sur, Annie acaba de llegar —le gritó sin detenerse.
—Voy para allá —respondió Oz, con una expresión ilegible.
El vigía llegó a la carpa de Liam y abrió la solapa de un tirón. —Liam, Annie está en la puerta sur. Mike te necesita allí ahora.
Annie detuvo el jeep a escasos metros de la entrada. La pesada puerta se abrió antes de que pudiera bajar; Mike ya la esperaba con los brazos abiertos.
—Bienvenida, Annie. ¿Cómo les fue?
—Encontramos el puesto —respondió ella, bajando del vehículo con el rostro cubierto de polvo—. Tiene pozo de agua, sistema eléctrico, municiones y comida. Es perfecto.
—Excelente trabajo. ¿Y Kael? —preguntó Mike, frunciendo el ceño al ver el asiento del copiloto vacío.
—Se quedó allí. Sospechábamos que nos seguían; tenía la corazonada de que los saqueadores intentarían tomar la posición.
—¿Se enfrentaron a ellos?
—Vimos a un observador cuando partimos.
—Maldita sea... se quedó solo —masculló Mike.
Eduardo, Oz y Liam llegaron corriendo en ese momento. Mike no perdió el tiempo.
—¿Cuánto combustible queda?
—Suficiente para volver —aseguró Annie. —Eduardo, Liam, Oz... prepárense. Salen de inmediato al rescate de Kael —ordenó el comandante—. Es un buen combatiente, pero no hace milagros.
Los tres recogieron su equipo y en cinco minutos estaban de vuelta. Annie ya había pasado por la armería para reponer suministros. Mientras cargaban, Mike organizó un segundo equipo de apoyo y ordenó a Kat que preparara la mudanza general para salir en cuanto recibieran la señal.