Ecos De Sangre Y Plomo

EPÍLOGO

La organización tras la defensa del Puesto de Avanzada era un caos absoluto. Los combatientes corrían de un lado a otro, inventariando provisiones y ayudando al resto de los refugiados a instalarse en los barracones. El sol terminaba de salir, pero la atmósfera seguía cargada con el olor a pólvora y sangre. Los cadáveres de los saqueadores se amontonaban en el jardín; serían un problema sanitario y de seguridad en un futuro muy próximo.

—Liam, necesito que tomes estos bultos —ordenó Mike, señalando con la bota los cuerpos esparcidos—. Llévalos lejos de aquí y quémalos.

—Mike, Liam no puede abandonar su posición ahora. No podemos permitirnos desproteger la torre de vigía —interrumpió Oz, adelantándose antes de que el joven pudiera responder—. El golpe de la última misión aún no me permite apuntar con precisión, pero todavía puedo cargar peso. Yo me haré cargo de la pira.

—Bien, pero que sea rápido. Necesito a todos los efectivos disponibles en sus puestos antes de que los Vigilantes huelan la carnicería —autorizó Mike, dándose la vuelta para regresar a su nuevo centro de mando.

Liam, con una sonrisa de alivio en el rostro, tomó sus binoculares y munición extra. Emprendió la carrera hacia la torre; si había algo que odiaba profundamente, era el olor de la carne humana quemándose.

Oz, por su parte, comenzó la labor con una calma inquietante. Revisó el estado de todos los caídos hasta llegar al cuerpo de Gunnar. Notó que el líder de la gabardina negra respiraba de forma casi imperceptible, una frecuencia superficial que solo un ojo entrenado detectaría. Comenzó a cargar los cuerpos en el vehículo, dejando al comandante para el final.

—Aguante, señor. Ya casi salimos de aquí —susurró Oz al oído del herido.

Gunnar hizo una pequeña muesca, un espasmo casi invisible. Oz captó el movimiento. Terminó de cargar el vehículo y condujo fuera del camino militar, avanzando campo traviesa en dirección a la carretera más próxima, asegurándose de quedar fuera del ángulo de visión de la torre de Liam.

Tras verificar que se encontraba completamente solo, detuvo el motor. Extrajo de su piernera un estuche médico y sacó un inyectable de un color morado fluorescente. Quedaba exactamente media dosis. Cambió la aguja con precisión mecánica y, en un movimiento rápido y carente de toda misericordia, hundió la jeringa en el pecho de Gunnar.

El cuerpo del comandante sufrió una serie de convulsiones violentas. Segundos después, Gunnar se incorporó de golpe, quedando sentado sobre la tierra. Estaba desorientado, con la mirada perdida por el choque químico, hasta que sus pupilas se fijaron en Oz.

—Gracias, Sombra 1 —dijo Gunnar con voz ronca mientras se ponía de pie, sintiendo el suero reconstruir su sistema—. Dame mi radio.

—Desde luego, señor —Oz le entregó el equipo con una reverencia que parecía sacada de otra época, tratándolo como si fuera la corona de un rey.

Mientras Oz descargaba el resto de los cadáveres para iniciar la pira real, Gunnar accionó el dial de la radio. Solicitó una extracción inmediata en las coordenadas de la quema. Una afirmación corta y codificada respondió desde el otro extremo. Casi al instante, las luces de un pequeño jeep se encendieron entre la espesura de unos árboles cercanos.

—Bien hecho, Oz —dijo Gunnar, estirando los músculos de sus brazos—. Ya puedes marcharte. Si tardas más, Mike y el chico comenzarán a sospechar.

—Sí, señor —Oz hizo la venia—. Pero necesito más suero. Usé lo último que me quedaba en usted.

Gunnar metió la mano en su vehículo de extracción y lanzó un objeto que voló hacia las manos de Oz: un lápiz de insulina rellenado con el líquido morado brillante.

—Este lote está potenciado —advirtió Gunnar mientras se acomodaba en el asiento del copiloto—. No te inyectes más de dos unidades de una vez o tu corazón estallará. Esperaré con ansias tu próximo informe sobre el Oasis.

El vehículo de los saqueadores giró de forma silenciosa y desapareció entre las sombras de las ruinas. Oz guardó el lápiz en su bota y prendió fuego a los cuerpos restantes para no dejar rastro de la huida de su líder. Una vez que las llamas se alzaron, se subió a su propio vehículo y emprendió el regreso al Puesto de Avanzada.

—Esta vez solo fue suerte, viejo —susurró Oz, dando un golpe seco al volante—. Si no hubieran estado tus observadores ahí fuera, te habría dejado morir en ese jardín.

El infiltrado volvió al refugio, informó a Mike del cumplimiento del encargo con su habitual gesto de fastidio y se retiró a su dormitorio, excusándose con los dolores de su "conmoción". En la oscuridad de su cuarto, Oz observó el brillo morado del suero, sabiendo que él era ahora el hombre más peligroso dentro de los muros del nuevo hogar de los Reaver.




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