Ecos De Sangre Y Plomo

CAPÍTULO 13: UN MES DESPUES

Las recuperaciones son lentas. No recuerdo la última vez que descansé tanto. Más bien, lo recuerdo perfectamente.

En mi primera misión de exploración con el viejo cascarrabias, visitamos un área que parecía habitada por personas. Al llegar a una vieja casa, su pintura desgastada daba fe del descuido; la cerca perimetral era lo suficientemente baja como para saltarla de una carrera corta. Pensando que la información de los vigías era incorrecta, me precipité hacia la puerta y la abrí rápidamente. El quejido de aquella bisagra produjo un eco horrible, y con la ráfaga de viento llegó a mi nariz un olor a comida caliente: un aroma a especias y carne cocida.

Aseguré mi posición buscando indicios de alguna trampa, excepto en el suelo. Vi una olla humeante, un poco quemada para mi gusto, pero con comida caliente en su interior. Di un paso rápido y activé una cuerda trampa; oculta en el suelo, emergió una robusta pieza de madera que me impactó de lleno, arrojándome algunos metros hacia atrás. Un dolor potente inundó mi pecho, entrecortando mi respiración. Salió una pareja de ancianos armados con una escopeta recortada y una vieja carabina. Oz respiró de prisa a los pies de estos y, con un grito fuerte, los obligó a rendirse. Ellos bajaron sus armas y, al ver que yo solo era un crío, se relajaron.

—Dime, ¿a qué sabía esa madera? —se rió Oz con voz burlona. —¿Estás bien, hijo? —preguntó el anciano desde la distancia. —No te quedes ahí y ayúdalo. Está todo desnutrido, el pobre —reprendió la anciana.

El senil colgó su arma en la espalda: una carabina mantenida con tanto decoro que el metal no mostraba señales de óxido y un brillo limpio acompañaba su movimiento. Me levantaron rápidamente y, como si fuéramos una visita programada, nos dieron de comer. Lamentablemente, no quisieron abandonar su hogar y, a los días, el aroma de su comida atrajo a algo más que supervivientes. Aquel golpe me produjo algunos raspones y contusiones que me obligaron a descansar durante una semana.

Esta vez, fue un mes completo.

El despunte del alba se filtraba por la ventana de mi habitación: un pequeño premio de Mike, un cuarto propio. Las heridas de mi espalda ya no dolían, pero las cicatrices se sentían tirantes por momentos. Perdí la punta de mi oreja; a veces me acuerdo de aquel balazo y la sensación de que algo falta se hace presente. El golpe de Charlie en el pantano había fisurado mis costillas y causado algunos micro desgarros; aún me dolía al hacer movimientos rápidos o cargar cajas. Me incorporé lentamente. El frío del amanecer se filtraba por la junta de la ventana; me coloqué los zapatos con esfuerzo y, aunque tenía calcetines gruesos, el hielo traspasó la tela helándome los pies.

Annie entró rápidamente en la habitación, sin tocar la puerta. Se detuvo de golpe al verme de pie. Mi pecho descubierto mostraba las marcas de otros entrenamientos y, sobre mi hombro, asomaban las cicatrices del zarpazo del Vigilante. Ella apretó con fuerza un pequeño saco de lona; sus manos tenían algunas curitas, como si estuviera juntando fuerzas para algo.

—Buenos días, Annie. ¿Descansaste? —dije con calma, mientras buscaba mi polera. —Sí, pude descansar mejor. Venía a dejarte esto... —depositó el saco de lona en la pequeña mesa y se retiró de la habitación con la misma rapidez con la que había entrado. —¿Qué bicho le picó esta mañana? —musité para mí.

En el interior de la bolsa había una camiseta con refuerzo de tela y algodón en las partes blandas: una armadura ligera improvisada. Por un hábito compulsivo, revisé las costuras buscando algún bolsillo y, en algunas puntadas, la tela tenía unas pequeñas manchas de sangre. Como si alguien se hubiera pinchado los dedos repetidamente al confeccionarla. Me la coloqué sin pensarlo dos veces; si la hizo Annie, no pensaba despreciar su esfuerzo.

La mañana transcurrió con calma. Tomé desayuno en solitario: una pequeña taza de café y una hogaza de pan, sentado junto a la hoguera montada en la entrada principal. El personal encargado de las comidas aún no se levantaba para iniciar sus labores. Esperaba toparme con Annie, pero no la vi por ninguna parte. El rocío de la mañana, en conjunto con una suave brisa, rejuvenecía mi cuerpo y espantaba la somnolencia. El crepitar del fuego aportaba cierta calma, y el silencio solo era interrumpido por los movimientos periódicos de los vigías. Quién iba a pensar que hace un mes aproximadamente estuve a punto de conocer a San Pedro, como diría el comandante.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por el chasquido seco de un mecanismo metálico al otro lado del patio. Al levantar la mirada, vi a Kat caminando a pasos agigantados desde los talleres improvisados. Llevaba sus habituales antiparras de soldar sobre la frente y sostenía en las manos un artefacto que parecía el engendro mecánico de un fusil de asalto AR-15 mutilado con piezas de tubería de PVC y muelles expuestos. Sus ojos rojos denotaban el esfuerzo invertido en este proyecto, y sus ojeras indicaban que llevaba unas treinta horas o más de trabajo continuo.

Detrás de ella venía Annie. Llevaba el cabello atado en una coleta apresurada, la cara con manchas de tierra y restos de grasa mecánica. Al cruzar miradas conmigo por una fracción de segundo, bajó de inmediato los ojos, centrando toda su atención en el cachivache que Kat traía entre manos.

—¡Por fin despiertas, bella durmiente! —exclamó Kat, lanzando el extraño artefacto al aire para atraparlo con soltura—. Mike me pidió algo para que los reclutas no gasten munición real en prácticas de tiro, y tampoco se maten entre ellos. Presento el Prototipo Cero.




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