Bajé de la torre justo al despuntar el alba. Eduardo ya me esperaba al pie de la estructura con una taza humeante en la mano, listo para recibir el informe de mi primer turno de guardia nocturna tras la larga recuperación.
—Espero que el turno no haya estado muy movido —dijo, extendiéndome el recipiente con un gesto pausado.
—La noche estuvo bastante helada, pero el perímetro permaneció tranquilo. Nada fuera de lo común —respondí, abrigando mis manos tiritonas alrededor de la loza caliente—. Aunque hacia el sur divisé movimiento de liebres salvajes... claro que eran bastante más grandes que las que Mike describió alguna vez.
—Lo tendré en cuenta. Veré si puedo enviar una patrulla a rastrear las madrigueras; estamos bastante cortos de proteína. —Hizo una breve pausa mientras una sonrisa pícara se dibujaba en su rostro—. Por cierto, te pido disculpas por adelantado, pero el café que te estoy ofreciendo no es el de Mike.
El primer sorbo me agarró desprevenido. Me atraganté al instante con el líquido hirviendo; mi garganta ardió con fuerza y me sobrevino un ataque de tos tan violento que terminé arqueándome para expulsar el líquido caliente.
—¡¿A... a qué te refieres?! —exclamé con la voz rasposa y ahogada por la sorpresa.
—Tranquilo, viejo. Fui yo quien le dio el grano molido a Annie; la vi algo afligida más temprano. No quiso explicarme el motivo, solo me dijo que buscaba una especie de ofrenda de paz. Asumí que algo había pasado entre ustedes —añadió, dándome un codazo cómplice mientras me guiñaba un ojo.
—Ah... a eso te refieres —balbuceé, intentando torpemente ocultar el nerviosismo que amenazaba con delatarme—. Sí, anoche apareció en la torre con una taza recién hecha. Se estaba disculpando por el codazo que me dio durante el entrenamiento matutino.
—Claro... «entrenamiento», digamos que así se llama —repuso Eduardo con mirada picarona, remarcando las palabras al hacer el gesto de las comillas con los dedos—. Lo dejaremos hasta ahí. Pero si tienes algún avance o necesitas un consejo, solo dímelo. Haría lo que fuera por mi mejor amigo.
Las palabras se atropellaron en mi garganta y apenas logré emitir un murmullo ininteligible. Sentí cómo una oleada de calor me subía de golpe por el cuello hasta el rostro. «¿Entrenamiento?», repetí en mi mente. Por un segundo, mi imaginación traicionera proyectó una escena nítida: Annie y yo besándonos, alejándonos hacia algún rincón apartado del puesto, lejos de las miradas de todos.
—Hey, no dejes volar tanto la imaginación... —interrumpió Eduardo, soltando una carcajada franca—. Estás rojo como un tomate maduro. Anda a descansar mejor; te necesito después del almuerzo para planificar la misión de mañana.
Me limité a asentir en silencio y eché a andar por el pasillo, sujetando la taza humeante con ambas manos. Miraba el líquido oscuro mientras los recuerdos de la madrugada regresaban en tropel. «No podré volver a tomar café en paz», me dije. La memoria de su presencia en la torre seguía intacta, y la frustración por mi torpe intento de llevar las cosas hacia algo más romántico me pesaba en el pecho. De a poco, la ansiedad de no saber qué pasaría entre los dos comenzó a ganar terreno en mi corazón.
El trayecto hacia mi dormitorio se sintió eterno. Me crucé con Liam en el camino y escuché que me decía algo, pero con la cabeza metida en otra parte apenas pude devolverle un saludo seco y brusco. Al llegar a mi habitación me detuve por unos segundos frente a la puerta, fijando la vista en el picaporte como si fuera el objeto más complejo del mundo; en realidad, era mi cuerpo el que se negaba a reaccionar.
Una mano delgada de dedos ágiles interrumpió mi trance, accionando la manilla por mí. Al levantar la mirada de golpe, mis ojos chocaron con los de Annie. Sentí un choque eléctrico en el pecho, como si un torbellino de ruido ahogara cualquier pensamiento lógico, interrumpiendo por completo la sinapsis de mi cerebro. El corazón se desbocó a paso de galope, latiendo con tanta fuerza que parecía a punto de salírseme por la boca.
—Gracias por el pinche... —murmuró con voz suave, retirando su mano del pomo—. Lo atesoraré por siempre.
Al rozarme, el calor de su mano pareció atravesar incluso la gruesa tela de mi chaqueta táctica. Se giró con rapidez hacia el pasillo y una estela con su aroma, una mezcla de notas florales y cítricas, quedó flotando en el aire fresco. Su silueta se alejó a pasos ágiles en dirección a las escaleras. Justo antes de doblar en la esquina, nuestros ojos se cruzaron una última vez durante un segundo eterno.
Sacudí la cabeza en un intento desesperado por hacer reaccionar a mis neuronas. Entré a la habitación y cerré de un portazo. Apoyé el fusil con cuidado a un costado de la entrada, dejé caer la chaqueta sobre el escritorio y me arrojé de lleno sobre la cama. Tras el rebote del colchón y el crujido del camastro, me quedé mirando al techo, tratando en vano de sofocar el torbellino de pensamientos. Cerré los ojos con fuerza y me obligué a descansar. Solo después de repasar cuatro veces cada detalle de lo sucedido en la torre y en la puerta del cuarto, el cansancio del turno finalmente venció mi mente y me quedé dormido.
Una atmósfera opresiva y el destello intermitente del fuego de los fusiles iluminaban el lugar. Los chillidos agudos de los Vigilantes, envueltos en una neblina carmesí, marcaban el pulso encarnizado del combate. De forma intempestiva, Gunnar emergió de entre las bestias; a su espalda se alzó rápidamente una pared de fuego que recortaba su imponente figura a contraluz. Soldados con atuendos negros, el rostro cubierto y marcas de calaveras pintadas a mano sobre el pecho avanzaban atravesando las llamas. Abrieron fuego a quemarropa en nuestra contra. Los fogonazos cegadores ensordecían el ambiente y, justo a mi espalda, escuché el grito desgarrador de Liam al ser alcanzado por los proyectiles.