Ecos De Sangre Y Plomo

CAPÍTULO 15: CIELOS FLUORECENTES

Un golpe seco en la puerta de madera apolillada me despertó de golpe. Me incorporé en una fracción de segundo, desenfundando por instinto la Five-seveN que descansaba debajo de mi almohada. Me puse en guardia, listo para repeler el ingreso violento de algún intruso.

—¿Kael? —una voz suave resonó al otro lado del marco—. Soy Annie. Equípate, te espero aquí.

—Annie, buenos días —respondí, bajando la tensión y guardando el arma en la funda táctica—. Dame tres minutos.

Me equipé en menos del tiempo prometido. Pese a la amenaza latente del topo en la madriguera, no pude evitar mantener el seguro en mis pistolas para moverme con rapidez. Colgué el fusil al hombro, ajusté la correa de transporte en un movimiento fluido y guardé el resto de mis objetos esenciales en la piernera y compartimentos laterales: un cuchillo de combate, mi encendedor Zippo algo abollado, la libreta de apuntes, una navaja multiuso, la linterna de mano y un pequeño cargador de dinamo manual a cuerda, uno de los últimos inventos salidos del taller de Kat.

Al abrir la puerta, Annie aguardaba con su habitual atuendo oscuro, el fusil cruzado en la espalda y las gafas protectoras colgando del cuello. Tenía el cabello suelto, recién lavado y cepillado, desprendiendo un aroma a limón y miel tan suave que resultaba relajante para el olfato. Alzó la mirada hacia mí y la seriedad de su rostro fue reemplazada de inmediato por una cálida sonrisa.

—Por fin sales —dijo, acercándose un paso para examinarme la cara—. Por lo que veo, no dormiste muy bien que digamos.

—Con lo de ayer estuve inquieto casi toda la noche. Desperté un par de veces —admití con algo de vergüenza, consciente de lo cerca que estaba su rostro del mío.

—Qué lástima. Yo pude descansar bastante; esto me ayudó —murmuró, tocando con delicadeza el pinche del panda sujeto en su cabello.

El corazón se me aceleró de golpe y las palabras se transformaron en un nudo en mi garganta. Solo atiné a tragar saliva y devolverle la sonrisa. Me observó durante un par de segundos en silencio, como si estuviera descifrando un mapa en mis facciones. De pronto, se inclinó y me dio un beso rápido en la mejilla, dejando sentir la calidez de sus labios muy cerca de la comisura de los míos.

Se alejó con pasos suaves, ágiles y cortos, dedicándome una última mirada traviesa antes de avanzar hacia la escalera que conducía a la planta baja.

—Vamos, se nos hace tarde. Eduardo ya está en el vehículo —dijo, haciendo un gesto con la mano para invitarme a seguirla.

Recorrimos el pasillo y bajamos los peldaños a paso Ligero. Pese a lo temprano de la hora, el personal ya se movilizaba en los niveles inferiores: preparaban armamento, relevaban a los vigías en los puestos y cargaban pertrechos. Kat estaba de pie junto a la salida hacia el patio interior, en donde Eduardo afinaba los últimos detalles del vehículo de transporte.

Al salir, me crucé de frente con Kat, quien me saludó con un gesto seco de cabeza mientras coordinaba las labores con la gente de bodega. Me indicó con el brazo un pequeño bolso, poco más grande que un morral táctico. Dentro de él encontré raciones de combate calculadas para tres días, munición adicional, una manta térmica de aluminio y un juego de bengalas de señalización.

En un rincón alejado del patio, Oz revisaba su riñonera en silencio mientras fumaba cigarrillos quebrados. Las bocanadas de humo gris contrastaban con la penumbra de la madrugada.

Liam, por su parte, se encontraba unos metros más allá inspeccionando sus armas. Organizaba los cartuchos y los unía en pares usando cinta aislante negra para facilitar recargas rápidas en combate. Su actitud proyectaba una confianza mucho mayor a la de meses atrás; su contextura lucía más fornida, con hombros anchos y brazos musculosos que hacían que los bíceps se marcaran bajo su chaqueta de cuerina emparchada.

—Te has preparado bastante —le comenté, acercándome—. Has estado entrenando duro, por lo que veo.

—Entrené tanto que Mike terminó regañándome por el gasto de munición —aclaró Liam con una sonrisa amplia.— Kat tuvo que fabricar armas y cartuchos de simulación para ayudarme, además de seguir una rutina de acondicionamiento que el mismo vejestorio me diseñó.

Liam exhibió los brazos con orgullo y posó los puños en las caderas, sacando el pecho para mostrar la definición de sus pectorales y espalda. El chispazo de la bocina del vehículo interrumpió la charla; Eduardo y Annie ya nos esperaban con el motor en marcha.

Oz se puso a la cabeza de una escuadra de vigías que abrió la puerta corredera del portón. Pese a que el recinto contaba con un corral perimetral de enrejado que permitía visibilidad hacia el exterior, Mike había ordenado mantener los mismos protocolos estrictos de un refugio cerrado: cada vez que un vehículo o patrulla salía al exterior, una escuadra mínima de dos personas y máxima de seis debía despejar y asegurar previamente el perímetro inmediato antes de dar paso. Para esta ocasión, el viejo comandante había autorizado personalmente la liberación de la maniobra de aseguramiento.

El motor rugía con fuerza mientras el camino de tierra se abría paso por un amplio terreno desolado. El cielo comenzaba a encenderse por el sol que estaba pronto a asomar detrás de la cadena montañosa hacia el este; la helada había caído con saña sobre el valle, formando denso vaho en nuestros alientos y tiñendo de un tono rosado la nariz de Annie. La humedad de la vegetación cercana resultaba agradable y la brisa se sentía fría, pero tolerable. Los focos del jeep irrumpían en la penumbra como dos potentes faros que cortaban cualquier sombra en la ruta. A la lejanía, un grupo de Vigilantes huyó en desbandada al sentir el retumbo de aquella máquina.




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