Ecos De Sangre Y Plomo

CAPITULO 17: ASALTO EN LA CIENAGA

En el interior de la oficina, Minerva se reunía con Mike en completa soledad y discreción. La bióloga sacó un documento de entre los pliegues de su chaqueta y lo dejó con firmeza sobre el escritorio del comandante.

—Mike, descubrí algo importante. Necesito que lo hablemos con urgencia —dijo Minerva con voz clara y decidida.

—Dime, soy todo oídos —respondió él mientras recogía el papel—. ¿Es sobre esto?

—En parte sí, es el informe de la autopsia —comentó la bióloga—, pero lo realmente urgente es otro asunto. Necesito garantías de que no haya nadie más escuchándonos.

—Hasta el momento estamos solos —indicó Mike, al tiempo que desenfundaba su Desert Eagle y la dejaba sobre la mesa de madera—. Y en caso de que alguien pretenda oír de más, ya tengo un presente listo.

Esperaron unos segundos en estricto silencio antes de continuar. Al no percibir movimientos ni ver nada anómalo en el exterior a través de los ventanales, prosiguieron la charla con mayor calma, aunque la mano de Mike se mantuvo posada sobre la empuñadura del arma en todo momento.

—Ahora dime qué es eso tan grave que necesitas informar —solicitó el comandante.

—Creo que Oz es uno de los fanáticos. Ya sea un miembro activo o un desertor —comenzó a explicar Minerva.

Mike la observó en silencio, con la mirada fija y neutra, esperando paciente a que la científica terminara su exposición.

—Desde que llegué… que no fue hace mucho —prosiguió ella—, noté incongruencias entre su edad física aparente y sus capacidades biológicas. Así que, en un momento en que se distrajo, logré extraerle una muestra de las uñas. Al estudiarla en el microscopio, confirmé mis sospechas…

—¿Confirmaste que es un agente activo? —interrumpió Mike, entrecerrando los ojos.

—No fue eso lo que confirmé, sino que el suero de los fanáticos corre por sus venas. Eso genera que su cuerpo no resienta el paso del tiempo en cuanto a facultades físicas —concluyó Minerva.

—Entonces… ¿me estás diciendo que Oz, el miembro más antiguo de los Reavers, es un efectivo infiltrado de la secta? —cuestionó el comandante mientras se levantaba de su asiento.

Dio un par de pasos pausados antes de guardar el arma en la funda sobaba del pecho. Tenía la mirada perdida en sus pensamientos y el ceño fruncido, mientras Minerva lo observaba en un silencio sepulcral. El eco de sus botas de combate resonaba levemente en el suelo.

—¿Alguien más sabe de esto? —interrogó Mike.

—No, nadie más. No lo he comentado con nadie —aseguró la científica.

—Bien. Por lo visto te has metido en un problema serio tú sola —continuó él, reanudando su caminata—. Te pondré al tanto: hace unos días, Kael y Annie encontraron dosis del suero morado de los fanáticos en un punto poco vigilado del puesto. Como entenderás, he mantenido el área bajo el mismo nivel de vigilancia aparente, pero dejando a un observador oculto en todo momento. Su informe concuerda con lo que me estás comentando.

Se detuvo un instante frente a la pizarra táctica.

—Kat también conoce la situación; ella tiene una de las muestras del suero —continuó Mike—. Solo ciertas personas selectas saben lo ocurrido, por ende, te pediré la misma discreción. Cualquier avance que tengas será reportado únicamente por escrito. Solo puedes conversar sobre este tema a puertas cerradas, ya sea en esta oficina o en tu laboratorio, y exclusivamente con Kael, Annie, Kat y conmigo. Todos los demás quedan excluidos.

Unos pasos apresurados retumbaron en el pasillo, haciendo que Minerva se pusiera en alerta de inmediato. Mike la observó por un segundo con un gesto tranquilizador.

—Tranquila, es Kat quien viene —apaciguó Mike—. Conozco el andar de cada persona en este puesto.

La ingeniera golpeó la puerta antes de ingresar rápidamente. Sostenía en la mano la hoja manuscrita con sus anotaciones e intentó ocultarla torpemente a sus espaldas, pero Mike la interrumpió con un asentimiento de cabeza.

—Tranquila, Kat, ella ya lo sabe —dijo con calma—. Necesito que trabajen juntas. Nadie más, aparte de los que te nombré, Minerva, puede enterarse.

—Veo que se me adelantaron —dijo Kat con un dejo de frustración—. Y yo que pensé que esta vez me felicitarías por encontrar información relevante.

—No te pongas infantil, por favor —suspiró Mike con pesadez.

—¿Dónde tienes las muestras? —interrumpió Minerva, yendo al grano.

—Las tengo en un lugar seguro, lejos de fisgones y con protección térmica —respondió la ingeniera.

—Viendo que hemos zanjado el asunto, por favor abandonen mi oficina. Quiero tomarme un café, encender un puro y pensar un momento —ordenó Mike.

Ambas mujeres salieron con rapidez mientras el comandante abría los cajones de su escritorio en busca del tabaco. Las habilidades de las dos mentes científicas más brillantes del puesto trabajarían en conjunto para analizar el suero, determinar su composición y ver si era posible replicarlo o utilizarlo de alguna manera en beneficio de la comunidad.

Al quedarse completamente solo, Mike encendió el puro, liberó una densa nube de humo gris y clavó la vista en la puerta cerrada: el verdadero dilema no era solo tener un traidor a espaldas de su mando, sino saber que en la inminente misión a la ciénaga necesitaría la frialdad letal de Oz para mantener a todos con vida, obligado a confiarle las espaldas al mismo hombre que podía clavarle un puñal en cualquier momento.




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