PRÓLOGO
Bajo la lluvia de noviembre estoy pensando sobre los distintos caminos que me llevaron
hasta aquí.
El tiempo siempre me pareció algo extraño. Todos dicen que avanza, que sana, que
cambia las cosas… pero nadie habla de cómo también puede devolverte exactamente al
mismo lugar donde empezó todo.
A veces pienso que nuestras vidas no avanzan.
Solo giran.
Como canciones viejas.
Como ciudades que no cambian.
Como personas que siguen viviendo dentro de ti incluso después de años.
Y Alastor…
Alastor siempre fue eso para mí.
El error que más felicidad me dio.
La herida que nunca aprendió a cerrar.
La única persona capaz de destruirme y hacerme sentir vivo al mismo tiempo.
Si cierro los ojos todavía puedo verlo bajo aquella lluvia de octubre.
Su uniforme mojado.
Su risa.
La forma en que sostenía el paraguas apenas inclinado hacia mí aunque él terminara
empapado.
Nunca imaginé que algo tan simple pudiera cambiar toda mi vida.
Mucho menos que años después seguiría pensando en él mientras intento conv encerme
de que ya no lo amo.
Dicen que hay personas que llegan para enseñarte algo.
Otras para destruirte.
Y algunas pocas…
para quedarse contigo aunque nunca realmente se queden.
Alastor fue las tres.
Y quizás esa es la razón por la que esta historia jam ás terminó realmente.
Porque incluso después de todo…
una parte de nosotros siempre encontró la forma de volver.
OCTUBRE 2018
Saliendo del trabajo me doy cuenta que olvidé la sombrilla.
Perfecto.
La lluvia caía con fuerza golpeando los ventanales del edificio mientras todos parecían
desaparecer rápidamente entre las calles mojadas. Me quedé bajo la entrada unos
segundos pensando si correr hasta la parada del autobús o resignarme a llegar
completamente empapado.
—Hola extraño… ¿problemas sombrillísticos ?
Volteé inmediatamente.
Alastor estaba detrás de mí sosteniendo un enorme paraguas negro mientras sonreía con
esa tranquilidad que siempre parecía contrastar con todo lo demás.
—No sabía que esa palabra existía.
—La acabo de inventar.
No pude evitar reírme.
—Ya que somos vecinos podemos irnos juntos, ¿te parece?
Asentí intentando actuar normal aunque sentía el corazón acelerarse absurdamente.
Empezamos a caminar bajo la lluvia.
El sonido del agua golpeando el paraguas llenaba los silencios entre nosotros mie ntras
el frío comenzaba a colarse lentamente entre mi ropa.
Alastor hablaba con naturalidad.
Sobre el trabajo.
Sobre Richard.
Sobre cómo el café de la oficina sabía peor cada semana.
Y yo solo podía pensar en lo fácil que era hablar con él.
—Vas muy callado hoy —dijo mirándome de reojo.
—Estoy tratando de no congelarme.
Alastor soltó una risa corta y después, sin previo aviso, pasó su brazo alrededor mío
acercándome más a él para cubrirme mejor con el paraguas.
—Ahora no deberías.
Mi respiración prácticamente se de tuvo.
Sentía el calor de su cuerpo incluso a través de la ropa húmeda y por un segundo todo el
ruido de la ciudad desapareció.
Solo existíamos él y yo caminando bajo la lluvia.
OCTUBRE / NOVIEMBRE 2018
Las semanas empezaron a pasar demasiado rápido.
Trabajo.
Universidad.
Dormir poco.
Repetir.
Pero entre toda la rutina empezaron a aparecer pequeñas constantes:
Richard insistiendo en salir.
Aurora quejándose del trabajo.
Y Alastor.
Siempre Alastor.
Una noche Richard regresó de vacaciones diciendo:
—Necesito alcohol y tomar malas decisiones inmediatamente.
—Eso explica tu existencia completa —respondió Aurora.
Todos terminamos riéndonos.
Alastor estaba sentado un poco apartado escuchando la conversación mientras revisaba
algo en su teléfono.
Y sin pensarlo demasiado le dije:
—Ven con nosotros. Hasta el diablo sale a veces de su guarida.
Alastor levantó la vista y sonrió apenas.
—¿Eso fue una invitación amistosa o una amenaza?
—Depende de cuánto tomes.
El bar estaba lleno de luces neón que normalmente habría odiado, pero esa noche todo
se sentía extrañamente cómodo.
Las conversaciones empezaron triviales.
Trabajo.
Clientes molestos.
Historias absurdas.
Pero conforme avanzaban las horas también empezamos a hablar de nosotros.
Richard habló de su divorcio y de lo difícil qu e era acostumbrarse a no despertar todos los
días viendo a su hija.
Aurora habló de cómo nunca se veía siendo madre aunque todos notábamos lo
maternal que era incluso sin darse cuenta.
Alastor tardó más en abrirse.
Pero cuando lo hizo… fue distinto.
Habló de sus hermanos.
De cómo sus padres lo echaron de casa años atrás.
De cómo había tenido que aprender a sobrevivir prácticamente solo.
Recuerdo perfectamente la forma en que evitaba mirarnos directamente mientras
hablaba.
Como si todavía le doliera demasiad o.
Y quizá por eso empecé a mirarlo diferente desde aquella noche.
Las salidas empezaron a hacerse constantes.
Ya sabíamos qué mesa elegir.
Qué canciones pedir en karaoke.
Qué bebida tomaba cada uno.
Y sin darme cuenta Alastor empezó a formar parte de mi rutina.
De mi espacio.
De mí.
Una noche terminamos regresando solos después del karaoke.
Alastor estaba completamente ebrio.
—Sabes algo… —dijo tambaleándose apenas— me gusta pasar tiempo contigo.
—Mañana vas a arrepentirte de todo lo que digas.
—No. Eso nunca.
Lo miré intentando mantenerse de pie mientras buscaba torpemente sus llaves.
—Vas a matarte intentando llegar así a tu apartamento. Mejor quédate en mi casa.